En la Barcelona de 1924, el color de la franja que llevaba un taxi bajo las ventanillas decía cuánto iba a costar el viaje: blanca, 40 céntimos por kilómetro; roja, 50; amarilla, 60, y azul, 80. Pocos años después, harto de la guerra de tarifas, el Ayuntamiento impuso un precio único, el de la franja amarilla, y desde entonces los taxis de la ciudad son amarillos. El negro, según la prensa local, era el color de la mayoría de los coches de la época.
De los coches de plaza al taxímetro
El alquiler de coches con conductor en Barcelona viene de lejos. Hacia 1820, según el Institut Metropolità del Taxi que cita el Sindicat del Taxi de Catalunya, José Riera, conocido como el Ros, alquilaba carruajes desde unas cuadras de la calle Calders, y la familia Bigorra hacía lo mismo en la plaza del Pi.
El derribo de las murallas y el Eixample de Ildefons Cerdà, a partir de 1859, multiplicaron el tráfico y obligaron a ponerle reglas. El 14 de octubre de 1864, el Ayuntamiento aprobó un reglamento que creaba los «coches de plaza», el antecedente directo del taxi.
Los primeros taxis a motor llegaron en 1906, el mismo año que los primeros autobuses: seis coches, con una sola parada en la Rambla, cerca del Arc del Teatre. El 3 de agosto de 1907 se matriculó el primer vehículo oficial. El 5 de julio de 1910, la Hispano-Suiza puso en marcha una flota de 21 coches con conductores propios, y en 1917 los taxistas independientes se agruparon en la Federación de Arrendadores de Automóviles.
David y su propio Goliat
En 1914, Josep M. Armangué fundó la empresa David, que ofrecía taxis de lujo con chófer uniformado y en los años veinte casi monopolizó el sector: unos 250 taxis con matrícula y más de mil automóviles de plaza de alquiler, según Barcelona Memory. En 1931 levantó el Edificio David, y cuando hubo que competir en precio creó una filial de bajo coste con el único nombre posible: Goliat.
Cuatro franjas, cuatro precios
Con los coches de motor llegó el desorden, y en 1924 un nuevo código de circulación urbana puso normas comunes para todos los taxis. Tenían que llevar taxímetro y una franja pintada bajo las ventanillas que indicaba la tarifa:
- Blanca: 40 céntimos por kilómetro, la más barata.
- Roja: 50 céntimos.
- Amarilla: 60 céntimos.
- Azul: 80 céntimos, la más cara.
La empresa David recuerda otro código, de tres clases: la roja, la más cara; la amarilla, intermedia, y la azul, la más barata.
La Exposición Internacional, que duró de mayo de 1929 a enero de 1930, llenó la ciudad de visitantes. Según La Razón, la flota llegó a 4.000 coches y estalló una guerra de precios entre las compañías de taxis y los conductores por su cuenta. Salía a un taxi por cada 220 habitantes, según las cuentas de Miguel Tomàs. Cuando acabó la feria, sobraban coches: muchas empresas cerraron, los taxis competían con tranvías, autobuses y metro, algunos llevaban a varios pasajeros a la vez, aunque estaba prohibido, y aparecieron hasta mototaxis con sidecar.
Una sola tarifa
Para acabar con el lío, el Ayuntamiento impuso una tarifa única, la de la franja amarilla. El Sindicat del Taxi de Catalunya y Metrópoli Abierta lo sitúan en 1934; La Razón precisa que fue en julio de 1930, con una tarifa de 60 céntimos por kilómetro y la exigencia de dos años de experiencia como chófer para obtener la licencia, y que el amarillo no se generalizó del todo hasta 1934. El negro, según Metrópoli Abierta, era sencillamente el color de la mayoría de los coches de entonces.

El amarillo no era un invento barcelonés. En Chicago, John Hertz y Walden W. Shaw sacaron a la calle en 1915 los primeros Yellow Cabs, pintados de amarillo para que se vieran bien; el Sindicat del Taxi de Catalunya sitúa la historia en Nueva York. En 1924, Hertz compró una empresa de alquiler de coches y le puso su apellido.
Colectivizados y guardados en Montjuïc
Durante la República, los taxis se convirtieron en un arma política: Esquerra Republicana impulsó una normativa que favorecía a las cooperativas de la Confederación de Entidades Taxistas. La Guerra Civil se llevó por delante todo aquello. El sindicato del transporte de la CNT tomó el control del sector, confiscó las principales cooperativas y colectivizó todos los taxis. Los coches acabaron almacenados en el Palacio de Congresos de Montjuïc, donde los encontraron las tropas franquistas al entrar en Barcelona.
El servicio se restableció el 2 de marzo de 1939, con escasez de coches y de recursos. El primer Ayuntamiento franquista devolvió 728 licencias a David, las paradas se limitaron a tres puntos (la Diagonal, la plaza de Catalunya y el Pla de Palau) y volvieron los coches de caballos de alquiler. En 1947, la bajada de bandera costaba 1,50 pesetas, lo mismo que cada kilómetro. La Cooperativa de la Industria del Taxi, presidida por Luciano Ortega, firmó convenios con el Ayuntamiento y con el Ministerio de Comercio para importar coches nuevos.
En 1955, Seat se comprometió a suministrar taxis y renovó casi toda la flota, que pasó de unos 4.400 coches en 1957 a unos 10.000 en 1977. El servicio iba creciendo: en 1961, un acuerdo unió las licencias de Barcelona y L’Hospitalet; en 1962 se pudo llamar a un taxi por teléfono desde un punto fijo; en 1970 llegaron los primeros radiotaxis, y en 1971 se sumaron Esplugues, Sant Just Desvern, Sant Adrià de Besòs y Santa Coloma de Gramenet. Las licencias, según Miguel Tomàs, se concedían en 1974 a policías, bomberos, funcionarios y amigos de concejales. En 1977, el Área Metropolitana de Barcelona unificó el servicio en 27 municipios, y El Prat perdió el monopolio de las paradas del aeropuerto. En 1981 llegaron las primeras adaptaciones para personas con movilidad reducida, y en 1988 el Institut Metropolità del Taxi sustituyó a la antigua corporación metropolitana.
Otras ciudades en negro y amarillo
Barcelona no es la única ciudad con taxis de estos colores: también los tienen Santiago de Chile y las argentinas Buenos Aires y Rosario. La diferencia, según La Razón, está en dónde va el amarillo: allí, en el techo; en Barcelona, en las puertas.

En Londres, en cambio, el taxi clásico, el black cab, es negro, aunque hoy circulan de cualquier color.
El canal Barcelona Memory, dedicado a la historia de la ciudad, cuenta en este vídeo el origen de los colores de sus taxis.
Taxi, de taxímetro
La palabra taxi, según el Diccionario de la lengua española, es una forma abreviada de taxímetro, que viene del griego y significa medir la tasa. El taxímetro moderno lo perfeccionaron tres inventores alemanes, y los taxis empezaron a circular en París en 1899, en Londres en 1903 y en Nueva York en 1907, según la Wikipedia. Barcelona lo hizo obligatorio en sus coches de alquiler en 1924.
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Fuentes consultadas
- Sindicat del Taxi de Catalunya (2016). ¿Por qué los taxis de Barcelona son negros y amarillos? https://stac.cat/por-que-los-taxis-de-barcelona-son-negros-y-amarillos/
- Metrópoli Abierta (2024). ¿Por qué los taxis de Barcelona son negros y amarillos? https://metropoliabierta.elespanol.com/vivir-en-barcelona/20240122/por-que-los-taxis-de-barcelona-son-negros-amarillos/826917374_0.html
- Martínez, A. (2022). Por qué los taxis de Barcelona son amarillos y negros. La Razón https://www.larazon.es/cataluna/barcelona/20221117/ixei4y3xfzc5tc7aoptpwix6mq.html
- Barcelona Memory. Los taxis de Barcelona https://barcelonamemory.com/los-taxis-de-barcelona
- Tomàs, Miguel (2020). Historia del taxi de Barcelona https://migueltomas.wordpress.com/2020/06/21/historia-del-taxi-de-barcelona/
- Taxis David. Los taxis David y su relación con la historia de Barcelona https://www.davidsa.com/historia-barcelona-y-los-taxis-david/
- Wikipedia. Taxi. https://es.wikipedia.org/wiki/Taxi
- Wikipedia. Yellow Cab Company https://en.wikipedia.org/wiki/Yellow_Cab_Company
- Wikipedia. John D. Hertz https://en.wikipedia.org/wiki/John_D._Hertz
- Wikipedia. Taxímetro https://es.wikipedia.org/wiki/Tax%C3%ADmetro
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Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El Café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto. Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
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