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El inventor de las Pringles que quiso ser enterrado en una lata

Tres tubos verdes de Pringles de crema agria y cebolla sobre fondo blanco, con dos patatas delante

Camino de la funeraria, en mayo de 2008, los hijos de Fredric Baur pararon en un Walgreens a comprar un tubo de Pringles. Discutieron un momento el sabor y ganó el original. En él guardaron parte de las cenizas de su padre, el químico de Procter & Gamble que había diseñado aquel envase y que llevaba desde los años ochenta pidiendo acabar dentro de uno.

Fredric J. Baur: el químico que se tomó muy en serio el “envase familiar”

Fredric John Baur nació en 1918 en Toledo (Ohio), estudió en la universidad de su ciudad y se doctoró en química orgánica en la Universidad Estatal de Ohio. Era de esos químicos que encuentran poesía en la acidez de un aceite.

Retrato coloreado de Fredric J. Baur de joven, con traje, camisa de rayas y corbata
Fredric J. Baur de joven. Foto: Jmoran18251 / CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

En la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Marina estadounidense como fisiólogo de aviación.

Terminada la guerra entró en Procter & Gamble, en Cincinnati, y allí pasó más de treinta años entre aceites de freír y control de calidad. También inventó un helado liofilizado: se patentó y llegó a las tiendas, pero el público no le hizo caso.

El problema de las patatas rotas y la solución cilíndrica

En 1956, P&G le encargó acabar con la queja de siempre: bolsas de patatas fritas que llegaban a casa con medio contenido roto o rancio. Para una sociedad que empezaba a tomarse muy en serio lo de picar entre horas, aquello era una afrenta.

Patatas Pringles sobre fondo azul: una suelta, con su forma de silla de montar, y varias apiladas
La forma de silla de montar, pensada para apilarlas. Foto: MBq, uso libre, vía Wikimedia Commons

Baur pasó dos años con el problema. De ahí salieron una patata moldeada con masa de patata deshidratada, curvada como una silla de montar para que se apilaran sin romperse, y un tubo para guardarlas.

El tubo acabó siendo uno de los envases más reconocibles del supermercado, con su tapa de plástico y su aire de producto que promete llegar entero hasta el fondo.

Había un pequeño problema: aquellas primeras Pringles se apilaban de maravilla y no sabían a nada. A Baur lo pasaron a otro proyecto, y a mediados de los sesenta otro investigador de la casa, Alexander Liepa, retomó la receta y consiguió darles sabor. Por eso es su nombre el que figura en la patente de las patatas: la eterna historia del que diseña el envase y el que pone el sabor.

En la máquina que las fríe trabajó un ingeniero mecánico de la casa, Gene Wolfe, que años después se haría famoso como autor de ciencia ficción con El libro del Sol Nuevo.

Baur solicitó en 1966 la patente del tubo y del método de envasado, y se la concedieron el 3 de marzo de 1970.

El nombre, por cierto, tampoco tiene un origen glorioso: una de las teorías lo atribuye a Pringle Drive, una calle de las afueras de Cincinnati donde vivían dos publicistas de la casa. La inmortalidad, a veces, se decide en el buzón de un vecino.

Orgullo de inventor: el testamento más pringlero de la historia

Según su hija Linda, aquel tubo era el invento del que su padre estaba más orgulloso. Tanto, que pidió que, llegado el momento, guardaran en uno parte de sus cenizas.

Cuando lo planteó por primera vez, en los años ochenta, su hijo mayor, Larry, se lo tomó a risa. Tardó poco en darse cuenta de que iba en serio. Baur murió de alzhéimer el 4 de mayo de 2008, a los 89 años.

A la izquierda, la tumba de Fredric Baur con un tubo de Pringles; a la derecha, retrato de Baur
La tumba de Fredric Baur en un cementerio de las afueras de Cincinnati, con un tubo de Pringles, y un retrato del inventor

Los hijos cumplieron. El tubo se enterró en su tumba, en un cementerio de Springfield Township, a las afueras de Cincinnati, junto a una urna con el resto de las cenizas. Una pequeña parte fue a otra urna, para un nieto.

Una lata convertida en epitafio de marca

La historia de los entierros está llena de excentricidades, pero pocas tan coherentes como esta: el químico que dedicó su vida a que las patatas llegaran enteras acabó, en parte, dentro del mismo envase. Control de calidad hasta el final.

El tubo, rígido y fácil de apilar en las estanterías, cambió la forma de vender algo que hasta entonces se arrugaba dentro de una bolsa. Que su creador quisiera acabar dentro tiene su lógica. Ni Steve Jobs pidió que lo enterraran dentro de un iPhone.

La anécdota se cuenta casi siempre en versión resumida —«al inventor de las Pringles lo enterraron en una lata de Pringles»—, que es un poco como decir que Colón llegó a la India. La realidad tiene más matices: solo una parte de las cenizas acabó en el tubo, y el resto se repartió entre una urna tradicional y un nieto. Pero el titular, como las propias Pringles, es imposible de dejar a la mitad.

Pringles, reciclaje y otras ironías modernas

Hoy, el envase que hizo famoso a Baur es un quebradero de cabeza. En 2017, la Recycling Association británica lo coronó como «el villano número uno del reciclaje»: cartón, aluminio, metal y plástico en un mismo tubo e imposibles de separar. Una ironía para el legado de un hombre que lo diseñó, precisamente, para que nada se rompiera.

En 2020 la marca se dio por aludida y probó un tubo de papel reciclado en tres supermercados Tesco de Inglaterra. Baur, sospechamos, habría seguido prefiriendo el modelo clásico.

La historia de Fredric Baur reaparece cada cierto tiempo en redes, casi siempre resumida. La completa tiene más química y menos cenizas dentro del tubo.

Vídeo: “¿Enterrado en una lata de Pringles?”

Para quien prefiera verlo que leerlo, aquí va la historia en vídeo:

¿Enterrado en una lata de Pringles?

Si te quedan ganas de entierros raros, están los ataúdes de seguridad para quienes temían despertar bajo tierra y el funeral de Guillermo el Conquistador, que reventó al meterlo en la tumba. Hay incluso muertos que acabaron convertidos en decoración, como los de la capilla checa de Sedlec, adornada con los huesos de miles de personas. Y, entre inventos y cocina, el inventor de la yogurtera y el artista japonés que cocinó sus propios genitales. Otro invento de supermercado con historia: el carrito de Sylvan Goldman, que nadie quería empujar hasta que contrató a falsos clientes. De publicistas: San Publicito y Santa Publicita. Calvin Klein, que acabó con su nombre en el bolsillo de los vaqueros, empezó de forma más modesta: con un perchero en una habitación de hotel y un ascensor que se abrió en el momento justo.

Lee también: Cuando el agua del grifo “te vuelve gay”: el estroncio de Huarmey y Pepsi y el Harrier: el caza de los 7 millones de puntos

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