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La cinta de correr nació como castigo para los presos

Grabado de presos con uniforme numerado pisando los peldaños de una rueda de castigo, separados por tabiques de madera

Los presos de la cárcel de Bury St Edmunds se pasaban el día sin hacer nada, y a William Cubitt, ingeniero e hijo de molinero, aquello le pareció un desperdicio de energía. En 1818 los puso a pisar una rueda con peldaños, como quien sube una escalera que no se acaba nunca, y la idea se extendió por las cárceles británicas durante casi un siglo. La cinta de correr que hoy se vende para ponerse en forma tiene ese antepasado, aunque la versión moderna nació en un laboratorio de cardiología y en el taller de un ingeniero de Nueva Jersey que había leído un libro sobre ejercicio aeróbico.

De los molinos a las cárceles

La rueda de andar no era nueva. Desde la Antigüedad, personas y animales hacían girar ruedas con sus músculos para subir agua, moler grano o mover grúas, y en Roma se condenaba a esclavos a mover las muelas de los molinos.

William Cubitt (1785-1861) venía de ese mundo: era hijo de un molinero de Norfolk, había patentado en 1807 unas aspas de molino que se regulaban solas y acabaría siendo uno de los grandes ingenieros de su tiempo, con canales, puertos y ferrocarriles a su cargo. En 1851, como presidente de la Institución de Ingenieros Civiles, tuvo buena parte de la responsabilidad de levantar el Crystal Palace de la Gran Exposición de Londres, y la reina lo nombró caballero por ello.

La rueda de castigo

En 1818, al ver a los presos ociosos de Bury St Edmunds, Cubitt propuso usar su fuerza para curarles la pereza y, de paso, sacar algún trabajo útil. Sus ruedas giraban sobre un eje horizontal y los presos, agarrados a una barandilla, pisaban los peldaños uno detrás de otro, como si subieran una escalera sin fin.

Grabado de una fila de presos pisando una rueda de castigo bajo un tejadillo en el patio de la cárcel de Brixton, vigilados por guardias
La rueda de castigo de la cárcel de Brixton (Londres), en un pliego de principios del siglo XIX. British Library (dominio público).

Solían ser cilindros de unos seis metros de largo con veinticuatro peldaños, en los que varios presos trabajaban a la vez seis horas o más al día. Sumando, era como subir entre 1.500 y 4.000 metros de desnivel diarios. Algunas molían grano o bombeaban agua, aunque el fin principal era castigar. La de Brixton, instalada en 1821, se hizo tan famosa por su dureza que acabó siendo la metáfora favorita de los satíricos para hablar de las cárceles de la época.

La cosa no se quedó en una moda. La Ley de Prisiones de 1865 obligó a todo preso varón de más de dieciséis años condenado a trabajos forzados a pasar al menos tres meses en los trabajos de primera clase, que consistían sobre todo en la rueda.

Grabado de presos trabajando en la rueda de castigo y otros caminando en círculo en un patio de la cárcel de Coldbath Fields
Presos en la rueda de castigo de la cárcel de Coldbath Fields (Londres), según The Criminal Prisons of London, de Henry Mayhew y John Binny (dominio público).

El invento viajó también a las colonias. En Jamaica, tras la abolición de la esclavitud en 1834, los antiguos esclavos quedaron sujetos a un periodo de «aprendizaje», y las casas de corrección usaron la rueda para castigarlos. Las denuncias de los abolicionistas británicos ayudaron a acabar con aquel sistema en 1838.

Grabado de hombres y mujeres obligados a pisar una rueda de castigo en una casa de corrección de Jamaica mientras los vigilan
Interior de una casa de corrección de Jamaica hacia 1837, durante el llamado periodo de aprendizaje que siguió a la abolición de la esclavitud. J. Snow, editor (dominio público).

En el Reino Unido, las ruedas fueron cayendo en desuso en la segunda mitad del siglo XIX, y en 1902 el Gobierno británico las prohibió como castigo.

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De la cárcel al laboratorio

El 17 de junio de 1913, Claude Lauraine Hagen obtuvo en Estados Unidos la primera patente de una cinta de correr pensada para el ejercicio, una «máquina de entrenamiento» (training-machine) para caminar o correr sin moverse del sitio. Pero la antecesora directa de las de hoy nació en un hospital: en 1952, el cardiólogo Robert Bruce y el ingeniero Wayne Quinton, de la Universidad de Washington, diseñaron una cinta para diagnosticar enfermedades del corazón y los pulmones. La prueba de esfuerzo que salió de ahí, el protocolo de Bruce, se sigue usando en los hospitales.

La PaceMaster 600

La cinta doméstica llegó gracias a un libro. En 1968, el médico Kenneth H. Cooper publicó Aerobics, donde sostenía que corriendo ocho minutos cuatro o cinco veces por semana se estaba en mejor forma. William Staub, un ingeniero mecánico de Nueva Jersey, lo leyó, vio que no había cintas de correr asequibles para casa y se fabricó una. La llamó PaceMaster 600, le mandó el prototipo a Cooper y este le encontró los primeros clientes. Staub empezó a fabricarlas en Clifton y después en Little Falls.

Hoy las cintas de correr son, con diferencia, el aparato de gimnasia que más se vende. Así que la próxima vez que se suba a una y le parezca un castigo, no se sienta exagerado: durante casi un siglo lo fue, y por sentencia judicial.

Si le van los inventos con un pasado inesperado, aquí contamos la historia del sombrero de copa, la de la tarjeta roja y la del inventor de las Pringles que quiso ser enterrado en una lata.

Vídeo: el pasado oscuro de la cinta de correr

TED-Ed lo cuenta en esta lección animada de Conor Heffernan, doblada al español:

El pasado oscuro y retorcido de la cinta caminadora - Conor Heffernan

Fuentes consultadas

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