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El ataúd que reventó en pleno velatorio: el macabro entierro de la señora Peterson

Cuadro El velorio de Francisco Oller: una sala de madera llena de gente alrededor de una mesa con un difunto

La señora Peterson pesaba casi trescientas libras, unos 136 kilos, cuando murió de hidropesía en Springfork (Misuri) un jueves de julio de 1890. El ataúd más grande que se encontró en Sedalia llegó con un día de retraso y hubo que meterla a presión. A medianoche, ante los vecinos que la velaban, los gases del cadáver reventaron el cristal de la tapa y la cabeza asomó fuera de la caja. De madrugada, al bajarla a una fosa cavada en el jardín, el féretro cayó de cabeza y se hizo pedazos.

Un ataúd con la medida de la víspera

Springfork estaba a quince millas de Sedalia, unos 24 kilómetros, en el condado de Pettis. Entre los primeros colonos de la zona había llegado un joven alemán, John Peterson, con su mujer recién casada. De muchacha, contaba la crónica, ella había sido delgada; con los años fue engordando hasta convertirse en una mujer «notablemente grande». Murió de hidropesía, el nombre que se daba entonces al edema, la acumulación de líquido en los tejidos del cuerpo.

En Sedalia encontraron el ataúd más grande que había, y tenía la medida justa del cuerpo el día de la muerte. Pero no lo entregaron hasta el viernes por la mañana, y en pleno julio un cadáver no espera por nadie: se había hinchado tanto que costó Dios y ayuda encajarlo. Una versión de la noticia añade un detalle que lo explica casi todo: no se pudo conseguir hielo. Atornillaron la tapa y dejaron el entierro para el sábado por la tarde.

Vista a vista de pájaro de Sedalia, Misuri, en 1869, con su cuadrícula de calles en medio de la pradera
Sedalia, la ciudad de donde salió el ataúd, dibujada a vista de pájaro por A. Ruger en 1869. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Un estampido en el salón

Esa noche, como era costumbre, unos cuantos vecinos se quedaron a velar a la difunta. Poco antes de las doce oyeron una detonación en el salón, donde estaba el féretro. Las mujeres salieron de la casa gritando. Los hombres reunieron el valor que hacía falta y entraron a mirar.

La caja llevaba una ventanilla de cristal a la altura de la cara y el pecho, para ver a la difunta sin levantar la tapa, y los gases acumulados dentro la habían hecho saltar. Según la crónica, el empujón fue tal que el cuerpo salió despedido hacia delante y hacia arriba, con la cabeza fuera del ataúd, mientras una nube de olor a podrido se adueñaba de la habitación.

Fueron a buscar a John Peterson, que se vistió y bajó las escaleras. Hubo consejo a medianoche y una sola conclusión: con el cuerpo en aquel estado, el entierro no podía esperar al sábado por la tarde. Media docena de vecinos cogió las palas y se puso a cavar una fosa en el jardín.

El segundo golpe, ya en la tumba

Llevaron el ataúd hasta la fosa y lo estaban bajando con cuerdas cuando uno de los ayudantes soltó su extremo. Todo el peso se fue hacia la cabecera, a los de ese lado se les escaparon las cuerdas y la caja cayó de cabeza, con tanta fuerza que reventó.

Nadie quiso esperar a un ataúd nuevo, así que rellenaron la tumba allí mismo y la señora Peterson quedó enterrada entre los restos del suyo, en el jardín de su casa y antes de que se hiciera de día.

Dibujo de la patente de 1848 de un ataúd metálico de Almond Fisk con una ventanilla redonda sobre la cara
Ataúd metálico patentado por Almond D. Fisk en 1848, con una ventanilla para ver la cara del difunto. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

¿Puede reventar un ataúd?

Puede, aunque casi nunca con la violencia que contaban los periódicos. Cuando alguien muere, las bacterias que viven sin oxígeno empiezan a descomponer los tejidos y fabrican gases como metano, dióxido de carbono y ácido sulfhídrico. El investigador Roger Byard, de la Universidad de Adelaida, repasó en 2024 lo que hace esa presión: hincha el cuerpo, empuja líquidos por la nariz y la boca y hasta puede cambiarle la postura, como si alguien lo hubiera movido.

Si la caja cierra bien, el gas no tiene por dónde salir. En las funerarias de Estados Unidos lo llaman «síndrome del ataúd que explota». Caitlin Doughty, que trabaja en pompas fúnebres y lo cuenta en su serie de vídeos Ask a Mortician, explica que un cuerpo sellado sin aire acaba convertido en una especie de ciénaga. El museo Henry Ford recoge un caso de 1886 en el que el cristal de un ataúd metálico se hizo añicos por la presión. También avisa de que la prensa solía inflar la fuerza de estas «explosiones».

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El problema no es nuevo. Guillermo el Conquistador murió en 1087, un caballero llevó el cuerpo hasta Caen, a unos 110 kilómetros, y cuando quisieron meterlo en el sarcófago ya no cabía. Al apretar, se le reventó el vientre delante de todos.

Una noticia con matasellos de Sedalia

El blog Strange Company la encontró en el Daily Democrat de Huntington (Indiana) del 21 de julio de 1890, y la web Improbable Research publicó otra versión del mismo día, titulada «The Coffin Blew Up» («El ataúd reventó») y atribuida a un Daily Republican. Las dos llevan el mismo encabezamiento, «Sedalia, Mo., July 21». Solo cambian detalles: en una el viudo se llama John N. Peterson, y es la única que menciona la falta de hielo.

No hemos encontrado nada más que la respalde, ni una esquela ni una noticia del periódico de Sedalia. Hoy corre por webs de curiosidades como Neatorama, que la rescató en 2020. Así que hay que tomarla por una crónica de 1890 que nadie ha podido confirmar por otra vía.

Si pasó como lo contaron, el ataúd más grande de Sedalia no llegó a durar un día entero en servicio, y los vecinos que se ofrecieron a velar a la señora Peterson acabaron la noche con una pala en la mano.

Hay otros muertos que dieron guerra después de muertos. A Sigurd el Poderoso, por ejemplo, lo mató el diente de un enemigo al que él mismo había cortado la cabeza. Y el de Abraham Lincoln estuvo a punto de acabar enterrado en unas dunas de Indiana: en 1876, unos falsificadores intentaron robarlo para pedir un rescate.

El síndrome del ataúd que explota, en vídeo

Caitlin Doughty dedicó en 2012 este capítulo de Ask a Mortician a explicar por qué un ataúd sellado puede acabar reventando.

Ask a Mortician- Exploding Caskets

Dura menos de cuatro minutos y está en inglés.

Fuentes consultadas

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