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El síndrome de Jerusalén: cuando el viaje a Tierra Santa acaba en sermón

Acuarela de David Roberts de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en 1839, con peregrinos ante la entrada

Entre 1980 y 1993, el hospital psiquiátrico Kfar Shaul, en Jerusalén, atendió a 1.200 turistas que habían perdido el norte en la ciudad santa; 470 acabaron ingresados. Había hombres convencidos de ser Jesucristo o Juan el Bautista y mujeres que se creían la Virgen María. Un puñado, sin antecedentes conocidos, llegaba a hacerse una túnica con las sábanas del hotel para salir a predicar. Los psiquiatras lo llamaron síndrome de Jerusalén, y todavía discuten si existe como tal: casi todos los afectados estaban enfermos antes del viaje.

Una fiebre con siglos de historia

Los peregrinos trastornados por la ciudad aparecen ya en relatos medievales, como el del fraile dominico Felix Fabri o el de la mística inglesa Margery Kempe. En el siglo XIX los viajeros hablaban de «fiebre de Jerusalén» y la tomaban por una forma de histeria. La primera descripción clínica se atribuye al psiquiatra Heinz Hermann, en los años treinta.

No todos los casos fueron inofensivos. En agosto de 1969, el australiano Denis Michael Rohan prendió fuego a la mezquita de Al Aqsa convencido de que cumplía una misión divina, y el incendio provocó disturbios en toda la ciudad. El fenómeno también tiene su versión de dibujos animados: en un capítulo de Los Simpson, Homer se convence en Jerusalén de que es el Mesías.

Vista de la Ciudad Vieja de Jerusalén con la Cúpula de la Roca desde el monte de los Olivos
La Ciudad Vieja de Jerusalén y la Cúpula de la Roca desde el monte de los Olivos. Foto: Yoav Dothan, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Tres tipos y siete pasos

En 2000, el psiquiatra Yair Bar-El y otros cinco médicos publicaron en The British Journal of Psychiatry el estudio que puso el síndrome en los manuales de curiosidades. Distinguían tres tipos. En el primero, el viaje se sumaba a una psicosis ya diagnosticada, y muchos llegaban a la ciudad con una misión religiosa en la cabeza. En el segundo, a ideas extravagantes sin enfermedad mental declarada. El tercero, el más famoso aunque no el más frecuente, era el de personas sanas que se trastornaban al llegar.

De este último contaron 42 casos en trece años. Cuarenta eran protestantes de «familias ultrarreligiosas», uno era católico y otro, un judío que había vivido como protestante escondido durante la Segunda Guerra Mundial.

Para ellos describieron una secuencia de siete fases. Primero, nervios y agitación. Después, el empeño en separarse del grupo y recorrer la ciudad a solas, y una obsesión por la pureza: duchas y baños sin fin, uñas cortadas una y otra vez. Luego llegaba la túnica blanca hasta los tobillos, cosida a menudo con la ropa de cama del hotel; los salmos o himnos a gritos; la marcha hacia algún lugar santo y, como colofón, un sermón confuso que pedía una vida más sencilla y más moral. El episodio solía durar de cinco a siete días y se curaba sin secuelas, a veces sin más tratamiento que alejarse de Jerusalén.

Cien al año, o dos

Los números de Kfar Shaul se citan mucho y se leen mal. Aquel centro recibía todos los casos de turistas porque así se había decidido, y la media de cien pacientes al año, cuarenta de ellos ingresados, se refiere a las derivaciones a ese hospital entre 1980 y 1993.

En el mismo número de la revista, los psiquiatras Moshe Kalian y Eliezer Witztum respondieron que las cuentas no salían: unos cincuenta ingresos al año entre casi dos millones de turistas, pocos comparados con los que atienden las urgencias de Londres. Para ellos, el delirio empezaba antes del viaje y Jerusalén solo lo agravaba. Bar-El había previsto una avalancha de casos con el cambio de milenio, que tampoco llegó. En 2011, un psiquiatra del hospital contaba dos o tres casos al año. El síndrome no figura en el DSM ni en la CIE, los grandes catálogos de enfermedades mentales.

El ciclista del Néguev

En enero de 2018 el síndrome volvió a los titulares con Oliver McAfee, un jardinero de 29 años de Dromore, en Irlanda del Norte, que vivía en Chelmsford, en Inglaterra. Cristiano practicante, recorría Israel en bicicleta y fue visto por última vez el 21 de noviembre de 2017 en el Sendero Nacional de Israel, cerca de Mitzpe Ramón, en pleno desierto del Néguev. Tenía previsto volver a casa el 1 de diciembre.

Vista del cráter de Ramón en el desierto del Néguev, en Israel
El cráter de Ramón, en el desierto del Néguev, cerca de donde se perdió la pista de Oliver McAfee. Foto: Godot13, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Unos senderistas encontraron su cartera, sus llaves y su tableta. Después aparecieron páginas arrancadas de una Biblia, sujetas con piedras, y notas sobre los cuarenta días de Jesús en el desierto. Moshe Kalian, el mismo que había discutido el estudio de Bar-El, dijo al Telegraph que aquello podía sonar a síndrome de Jerusalén, aunque sin haberle examinado nunca. En febrero, su hermano Matt y su tío Clive rechazaron la idea en una rueda de prensa en Tel Aviv: Oliver llevaba un diario detallado, y para él era «un viaje normal».

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En septiembre de 2021, unos excursionistas hallaron unos restos humanos a unos 65 kilómetros de donde se le perdió la pista. La policía no los relacionó con él, y su desaparición sigue sin resolver.

Del síndrome de Jerusalén queda una lección que los psiquiatras repiten: la ciudad no vuelve loco a nadie, pero puede ponerle escenario a una crisis que ya estaba en camino.

Jerusalén tampoco tiene la exclusiva de los síndromes urbanos. París tiene el suyo, el de los turistas japoneses que chocaban con la ciudad real, y Florencia el de Stendhal.

El síndrome de Jerusalén, en vídeo

Holy Madness, un documental de Mira Hamermesh para el canal británico Channel 4, siguió en 1993 a los peregrinos que acababan en la comisaría de turistas de Jerusalén.

HOLY MADNESS (1993), Channel 4, 50 mins

Dura unos 54 minutos y está en inglés.

Fuentes consultadas

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