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El día que Winnie the Pooh se sentó en el banquillo

Recreación ilustrada de Winnie the Pooh con un tarro de miel en la cabeza junto a una niña en una sala de juicio

La justicia estadounidense, ese ecosistema trufado de momentos que rozan lo surrealista como ya vimos con los Stella Awards, los premios a las demandas más absurdas, siempre nos reserva alguna sorpresa oculta como la que traemos hoy. Y es que es difícil competir con el juicio de 1980 en el que Disney tuvo que defender ante un jurado a su Winnie the Pooh, acusado de haber golpeado a una niña en Disneylandia.

Lo que sigue no es un capítulo de Los Simpson ni una comedia judicial ochentera. Es América en estado puro.

Un oso en problemas

El protagonista de esta tierna y desconcertante epopeya fue Robert Hill, un actor que interpretaba al entrañable Winnie the Pooh en el parque Disneyland de California. Hill era uno de esos empleados que, enfundados en disfraces que pesaban como una armadura y bajo temperaturas que harían sudar a un cactus, debían repartir abrazos, sonrisas (invisibles) y hacer reverencias como si cada niño fuese la reencarnación de Walt Disney.

La acusación era seria: según la familia de una niña de nueve años, aquel Pooh le había dado un golpe en la cabeza durante una visita al parque en el verano de 1974, con moratones y dolores de cabeza incluidos. Seis años después, el asunto llegó a los tribunales en forma de demanda civil contra Disney, por 15.000 dólares. Hill sostenía que todo había sido un accidente: la niña tiraba de él por detrás y, al girarse para ver quién era, la rozó con una de las orejas del traje. Nada de ataques ni malas intenciones: un giro mal calculado y una oreja de fibra de vidrio en el sitio equivocado.

Lo más delicioso es que el pleito pudo haberse quedado en nada. En un arbitraje previo se fijó una compensación de 1.000 dólares; Disney ofrecía 500 y no estaba dispuesta a soltar ni un centavo más. Así que, por quinientos dólares de diferencia, el oso más famoso del mundo acabó sentado en un juzgado.

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Disney y sus reglas: más rígidas que los muñecos

Para entender el enredo, hay que abrir una ventanita al delirante universo de reglas internas de Disney. Los actores que interpretan a los personajes no solo deben mantener la compostura: deben ser el personaje. No pueden hablar como humanos, ni quitarse la cabeza (del disfraz, se entiende), ni abandonar el rol, ni siquiera ante situaciones límite. Un resbalón, una insolación, un niño psicótico mordiendo el traje… da igual. Winnie sigue siendo Winnie. Siempre. No es el primer animal que se las ve con la justicia —en la Edad Media se juzgaba a ratas, cerdos y hasta orugas—, pero sí el primero que acudió al juicio bailando.

Recreación ilustrada de Winnie the Pooh sentado ante el juez en una sala de tribunal

Por eso el gran momento del juicio fue un golpe de teatro. Hill declaró primero como cualquier testigo, a cara descubierta. Pero después, a petición del abogado de Disney, salió de la sala y volvió… convertido en Winnie the Pooh. Con todo el traje. Incluido el hocico.

Ya en el estrado, el abogado le fue haciendo preguntas y Pooh respondía como manda el reglamento de la casa: asintiendo con la cabeza y dando pisotones. Cuando le preguntaron qué hacía en Disneylandia, se levantó y se marcó un bailecito por el pasillo de la sala. Una pantomima legal que dejaba a los presentes con la difícil disyuntiva entre la risa y el desconcierto.

Pero la exhibición tenía un propósito muy serio: demostrar lo poco que daban de sí aquellos brazos. Las extremidades del disfraz eran poco más que muñones acolchados que no se levantaban más de un metro del suelo, y a la niña la habían golpeado a metro y medio de altura. O Pooh había pegado un estirón aquella tarde, o las cuentas no salían.

La sentencia: veintiún minutos de deliberación y una absolución

El jurado, compuesto por personas que muy probablemente jamás volverían a mirar igual a un oso de peluche, tardó apenas veintiún minutos en alcanzar un veredicto. Disney no tenía que pagar ni un centavo. Ni agresión, ni malas artes, ni premeditación peluchil. Sólo un desafortunado accidente con hocico y una demanda que acabó cayéndose por su propio peso.

Recorte de prensa de 1980 con el titular «Winnie The Pooh Vindicated!» y una foto del personaje

Cabe preguntarse cómo influyó la puesta en escena en la decisión del jurado. ¿Fue la ternura del personaje? ¿La guasa teatral de ver a un acusado mudo, moviéndose como si estuviera en un desfile infantil? ¿O el pequeño detalle de que aquellos brazos no llegaban a la altura del golpe?

Sea como fuere, Pooh salió del juzgado con la reputación intacta y Disney, con sus 500 dólares a salvo. Quizá se replanteó algunas de sus políticas internas… aunque no mucho.

Un juicio que pedía palomitas

No consta lo que pensó el juez al ver a un oso de peluche bailando ante el estrado, pero es fácil imaginar su cara: la de alguien que estudió Derecho durante años sin que nadie le avisara de que algún día tendría que tomar declaración a un personaje de Disney. El jurado, por su parte, tuvo que decidir si estaba en un tribunal o en una versión experimental del Club Disney.

La prensa, por supuesto, se dio un festín. The Washington Post resumió el veredicto con un juego de palabras intraducible: el jurado había «pooh-poohed» —despreciado, en inglés coloquial— la teoría de la zarpa de plástico. Si alguna vez un juicio mereció un Emmy, fue este.

Hay tribunales todavía más peculiares que este: en València, cada jueves a mediodía, el Tribunal de las Aguas juzga a la puerta de la catedral los pleitos de los regantes, de viva voz, en valenciano y sin derecho a recurso.

Y es que en Estados Unidos, donde la justicia convive sin rubor con el espectáculo, incluso un juicio puede transformarse en una función con aroma a estreno, focos imaginarios y público conteniendo la respiración. Como en Broadway, pero con toga en lugar de telón y veredicto como aplauso final. Al fin y al cabo, es el país donde un chaval llegó a demandar a Pepsi para que le diera el avión de combate de uno de sus anuncios.

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Y para quien no se crea que un oso de peluche puede marcarse un baile ante un jurado, aquí va la historia en formato corto:

Winnie the Pooh Went to Court?!

Fuentes consultadas