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El explosivo entierro de Guillermo el Conquistador

Escena del tapiz de Bayeux con Guillermo a caballo levantándose el casco en la batalla de Hastings

El incienso no bastó. Según el monje e historiador Orderico Vital, cuando en septiembre de 1087 intentaron meter el cadáver hinchado de Guillermo el Conquistador en un sarcófago de piedra demasiado corto, las entrañas reventaron y un hedor insoportable llenó la iglesia de Saint-Étienne de Caen. Fue el remate de un funeral desastroso: el hombre que había conquistado Inglaterra murió casi abandonado en Rouen, su cuerpo llegó a Caen gracias a un caballero de la zona, un incendio dejó la procesión sin público y un vecino interrumpió la misa para reclamar el terreno de la tumba.

El duque que se quedó con Inglaterra

Guillermo, duque de Normandía, descendía de Rollón, el jefe vikingo que hacia el año 911 había recibido del rey de Francia la región de Rouen. El 28 de septiembre de 1066 desembarcó en la bahía de Pevensey, el 14 de octubre ganó la batalla de Hastings y el día de Navidad se coronó rey de Inglaterra.

En sus últimos años engordó bastante. Guillermo de Malmesbury, cronista del siglo XII, cuenta que en 1087 llevaba un tiempo en Rouen, en cama y tomando un remedio para la tripa, y que el rey Felipe I de Francia se burló de él diciendo que el rey de Inglaterra guardaba cama como una parturienta. Guillermo respondió que, cuando se levantara para ir a misa, le encendería cien mil velas. Lo cumplió a su manera.

Mantes, 1087

En julio de 1087, Guillermo atacó la ciudad francesa de Mantes y la incendió. Allí cayó enfermo o se hirió: según Malmesbury, al saltar su caballo una zanja, o al acercarse demasiado al fuego, se golpeó el vientre contra el arzón de la silla y se lesionó por dentro. Lo llevaron al priorato de Saint-Gervais, en Rouen, y allí murió el 9 de septiembre, con unos 59 años.

Lo que vino después lo cuenta Orderico Vital, que escribió varias décadas más tarde y que no siempre es fiable con los detalles, pero que es la fuente de casi todo. Los nobles más ricos salieron a caballo a poner a salvo sus intereses, y los criados se llevaron lo que pudieron y dejaron el cuerpo casi desnudo en el suelo.

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Como no quedaba nadie de la casa real que se ocupara del entierro, lo hizo un caballero de la zona, Herluin, que pagó de su bolsillo el embalsamamiento y el traslado. El cuerpo bajó por el Sena y siguió por tierra hasta Caen, donde Guillermo había querido ser enterrado: en la Abadía de los Hombres, que él mismo había fundado.

Las dos torres de la fachada de la iglesia de Saint-Étienne de la Abadía de los Hombres de Caen contra un cielo con nubes
La iglesia de Saint-Étienne de la Abadía de los Hombres de Caen, que fundó Guillermo y donde está enterrado. Foto: Zairon (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons

Cuando el abad y los monjes salieron a recibir el féretro, se declaró un incendio que arrasó buena parte de la ciudad. Todo el mundo corrió a apagarlo, y solo los monjes siguieron con el cortejo.

El funeral

Al funeral asistieron los obispos y abades de Normandía y uno de sus hijos, el futuro Enrique I. En plena misa, un vecino de Caen se levantó y protestó: la iglesia estaba construida en un terreno que Guillermo le había quitado a su padre. Comprobaron que tenía razón y allí mismo le pagaron sesenta chelines por el sitio de la tumba; Enrique abonó después el resto, que según Malmesbury fueron cien libras.

Quedaba lo peor. El sarcófago de piedra se había hecho demasiado corto, y al empujar el cuerpo para que entrara, las entrañas hinchadas reventaron. El olor pudo con el incienso y los clérigos terminaron el oficio a toda prisa. La versión popular, con el rey estallando como un globo y los asistentes empapados de vísceras, es un adorno moderno: Orderico habla de entrañas que revientan y de un hedor espantoso, que tampoco es poco.

Lo que queda de Guillermo

Su hijo Guillermo el Rojo le encargó una tumba en condiciones. En 1522 la abrieron por orden de Roma y el cuerpo seguía entero, pero unos cuarenta años después, en las guerras de religión, una turba calvinista la saqueó y esparció los huesos. Solo se salvó un fémur, que se volvió a enterrar en 1642 bajo un nuevo monumento. La Revolución francesa destruyó ese monumento, y hoy una losa delante del altar marca el lugar donde, según se cree, sigue aquel hueso.

Losa de la tumba de Guillermo el Conquistador ante el altar de Saint-Étienne de Caen, con un estandarte rojo de leones dorados
La losa que cubre la tumba de Guillermo en Saint-Étienne de Caen. Debajo, al parecer, solo queda un fémur. Foto: Antoine Rex (CC0), vía Wikimedia Commons

Guillermo conquistó un reino en una tarde de octubre, pero no consiguió caber en su propia tumba.

Y de todo aquel corpachón, con el tiempo, solo ha quedado un hueso del muslo. Sic transit gloria mundi, que habrían dicho los monjes de Saint-Étienne si hubieran podido respirar.

Vídeo: Guillermo el Conquistador

El canal Pero eso es otra Historia repasa la vida de Guillermo y la conquista normanda de Inglaterra.

INGLATERRA MEDIEVAL 4: Guillermo el conquistador Normandos - Dinastía Normanda (Documental Historia)

Si les ha gustado, en el blog hay más historias de entierros con problemas: la del inventor de las Pringles, que acabó en un tubo de patatas; la de los ataúdes de seguridad para enterrados vivos; y la del robo del cadáver de Charles Chaplin. Y, si las sagas islandesas aciertan, a Guillermo le venía de familia lo de los finales poco solemnes: descendía de Rollo, sobrino de Sigurd el Poderoso, el jarl vikingo al que mató el diente de un enemigo decapitado. Y en 1184, en Erfurt, una reunión de nobles convocada por el rey Enrique VI terminó con el suelo hundido y decenas de asistentes ahogados en una letrina.

Fuentes consultadas

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