«Ha muerto», dijo la enfermera. John Macintire lo oyó todo: a su padre cerrándole los ojos, la tierra cayendo sobre el ataúd, a los ladrones de tumbas que lo desenterraron y, ya en la sala de disección, el bisturí del demostrador de anatomía en el pecho. Entonces despertó. Lo contaba un pliego impreso en Gateshead, que fechaba el entierro en Edimburgo el 15 de abril de 1824. Casi todo el texto estaba copiado de un cuento publicado en 1821. El miedo a ser enterrado vivo, en cambio, era de verdad.
Un pliego de Gateshead
Lo que se sabe de Macintire viene de un libro de 1896, The Diary of a Resurrectionist, en el que James Blake Bailey, bibliotecario del Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra, publicó el diario de una banda de ladrones de cadáveres de Londres de 1811 y 1812. Al explicar cómo trabajaban, Bailey copió un pliego suelto titulado «Miraculous Circumstance» y lo presentó con prudencia: si hubiera que creérselo, los ladrones de tumbas habrían hecho alguna vez un gran servicio a los enterrados.
Según el pliego, Macintire llevaba tiempo con una fiebre lenta que no se le iba. Una tarde le dieron unos temblores extraños, vio alrededor de la cama caras luminosas sin cuerpo y perdió la capacidad de moverse, aunque seguía oyéndolo y sintiéndolo todo. Oyó llorar junto a la almohada y a la enfermera decir: «Ha muerto». Su padre le pasó la mano por la cara y le cerró los ojos. Durante tres días desfilaron amigos que hablaban de él en voz baja, y más de uno lo tocó con el dedo.
Después llegaron el ataúd, el coche fúnebre y los hombros de los porteadores. Notó cómo lo bajaban a la fosa con las cuerdas, y el ruido de la tierra al caer sobre la tapa le pareció más tremendo que un trueno. Cuando ya imaginaba a los gusanos, oyó un rumor sordo que se acercaba y pensó que sus amigos se habían dado cuenta del error. No eran sus amigos. Lo sacaron del ataúd tirándole de la cabeza, lo dejaron caer «como un terrón» y, por un par de frases, comprendió que estaba en manos de dos de esos ladrones que viven de saquear tumbas y vender los cuerpos.
Lo desnudaron, lo tumbaron en una mesa y oyó llegar a médicos y estudiantes. Cuando todo estuvo listo, el demostrador de anatomía le clavó el bisturí en el pecho. Macintire sintió un crujido espantoso por todo el cuerpo, le recorrió una sacudida y de los presentes salió un grito de horror. Se había acabado el trance. Después, según el pliego, hicieron todo lo posible por reanimarlo, y en una hora había recuperado todas sus facultades. Al pie figura el impresor: Stephenson, de Gateshead.
Copiado de un cuento
El relato tenía un problema: ya estaba publicado. En octubre de 1821, la revista Blackwood’s, de Edimburgo, sacó sin firma «The Buried Alive», un cuento que hoy se atribuye al escritor escocés John Galt. Empieza igual que el pliego, con la misma fiebre lenta y las mismas caras sin cuerpo, y sigue con la enfermera que dice «Ha muerto», la tierra que suena más que un trueno, los dos ladrones de tumbas y el demostrador que clava el cuchillo en el pecho. El pliego lo resume y cambia un detalle: en el cuento, quien le cierra los ojos es un amigo; en el pliego, su padre.
Lo más probable, por tanto, es que el entierro de John Macintire no ocurriera nunca, y que alguien le pusiera nombre, fecha y ciudad a un cuento de Blackwood’s.
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Ladrones de cadáveres
Los ladrones de tumbas, en cambio, eran muy reales. Las escuelas de anatomía británicas apenas tenían cadáveres legales, y la demanda la cubrían los resurrection men, los «resucitadores», que desenterraban muertos recientes y los vendían. Un cadáver no era propiedad de nadie, así que el negocio se movía en una zona gris. En 1828, el cirujano Astley Cooper contó ante una comisión del Parlamento que un cuerpo se pagaba a unas ocho guineas, aunque él había llegado a pagar desde dos hasta catorce.

En Edimburgo, William Burke y William Hare se ahorraron la pala: entre noviembre de 1827 y octubre de 1828 mataron a dieciséis personas y vendieron los cuerpos al anatomista Robert Knox. Su manera de asfixiar a las víctimas, tapándoles la nariz y la boca, le dio al inglés un verbo, to burke. El escándalo acabó llevando a la Ley de Anatomía de 1832, que dejó sin negocio a los resucitadores al entregar a los anatomistas los muertos de los asilos para pobres.
El miedo a despertar bajo tierra
El pánico a ser enterrado vivo, la tafofobia, llegó a su punto más alto con las epidemias de cólera del siglo XIX, cuando el miedo al contagio hacía enterrar deprisa, sin distinguir bien a los muertos de los moribundos. Un médico, Henry Jacques Garrigues, llegó a asegurar que de cada doscientos ataúdes que se enterraban en su país, en al menos uno había alguien vivo en estado letárgico.
En 1896, William Tebb y Walter Hadwen fundaron en Londres la Asociación para la Prevención del Entierro Prematuro. Tebb, por si acaso, dejó escrito en su testamento que antes de despedirlo hubiera «pruebas inequívocas de descomposición». Murió en 1917 y lo incineraron una semana después.
La literatura no desaprovechó el filón. Edgar Allan Poe volvió al tema en «La caída de la casa Usher» y «El tonel de amontillado», y en 1844 le dedicó un cuento entero, «El entierro prematuro», cuyo narrador sufre catalepsia: cae en trances que lo dejan como muerto y vive aterrado por la idea de que lo entierren así.
Ataúdes con campanilla
Para los más precavidos se inventaron los ataúdes de seguridad. El primero del que hay noticia lo encargó el duque Fernando de Brunswick antes de morir, en 1792: tenía una ventana para la luz, un tubo para el aire y, en vez de clavos, una cerradura; en un bolsillo de la mortaja llevaba dos llaves, una para la tapa y otra para la puerta de la cripta. En 1822, el doctor Adolf Gutsmuth se hizo enterrar vivo para demostrar el suyo, conectado a la superficie por un tubo, y pasó varias horas bajo tierra. Por el tubo le bajaron la comida: sopa, cerveza y salchichas.
Lo más corriente era una cuerda atada al cuerpo y una campanilla en la superficie, con un inconveniente: al hincharse o moverse, los cadáveres tiraban de la cuerda y daban falsas alarmas. Franz Vester lo resolvió en 1868 con un tubo por el que se podía ver la cara del difunto, además de la campanilla y una escalera, por si el enterrado tenía fuerzas para salir por su pie.
El más aparatoso fue Le Karnice, del conde Michel de Karnice-Karnicki, chambelán del zar Nicolás II, que al parecer había visto a una niña belga a punto de ser enterrada viva. Sobre el pecho del difunto colgaba una bola de cristal unida por un tubo de hierro a una caja en la superficie; al menor movimiento, la caja se abría para dejar pasar aire y luz, sonaba una campana y saltaba una bandera de más de un metro. Lo patentó en 1897. En una demostración enterraron vivo a un ayudante, las señales fallaron y lo salvó el tubo del aire. El invento nunca cuajó.
Con tanto ingenio, el balance es pobre: no hay ningún caso documentado de alguien a quien haya salvado un ataúd de seguridad.
Macintire tampoco lo necesitó. Para salir de la tumba le bastó con un cuento de 1821 y una imprenta de Gateshead.
De muertos que no lo estaban hay más casos en esta casa, y con papeles. Lal Bihari, un campesino indio, se enteró en 1976 de que unos parientes lo habían dado por muerto sobornando a un funcionario, y tardó dieciocho años en convencer a la administración de que seguía vivo. Noela Rukundo llegó a su casa de Melbourne en 2015 justo cuando acababa su funeral, para espanto del marido que había pagado para que la mataran. Carl Tanzler, en cambio, hizo de ladrón de cadáveres por su cuenta: sacó del panteón el cuerpo de Elena de Hoyos y lo tuvo siete años en casa. Y de entierros que salieron mal saben algo Guillermo el Conquistador, que reventó al meterlo en un sarcófago demasiado corto, y el inventor de las Pringles, que acabó en parte en un tubo de patatas.
Fuentes consultadas
- Bailey, J. B. (1896). The Diary of a Resurrectionist, 1811-1812. Swan Sonnenschein. Project Gutenberg. https://www.gutenberg.org/files/32614/32614-h/32614-h.htm
- [Galt, J.] (1821, octubre). The Buried Alive. Blackwood’s Edinburgh Magazine, 10(56). Internet Archive. https://archive.org/details/sim_blackwoods-magazine_1821-10_10_56
- Hirst, S. (2025, 19 de septiembre). The Buried Alive by John Galt (1821). Romancing the Gothic. https://romancingthegothic.com/2025/09/19/the-buried-alive-by-john-galt-1821/
- Wikipedia. (s. f.). Asesinatos de Burke y Hare. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Asesinatos_de_Burke_y_Hare
- Wikipedia. (s. f.). Resurrectionists in the United Kingdom. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Resurrectionists_in_the_United_Kingdom
- Wikipedia. (s. f.). Safety coffin. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Safety_coffin
- Wikipedia. (s. f.). William Tebb. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/William_Tebb
- Wikipedia. (s. f.). The Premature Burial. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/The_Premature_Burial
- Voon, C. (2016, 19 de octubre). Le Karnice: The Victorian Coffin Designed to Save Lives. Mental Floss. https://www.mentalfloss.com/history/le-karnice-victorian-coffin-designed-save-lives
- Wikipedia. (s. f.). Noela Rukundo. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Noela_Rukundo
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