Para ir al colegio en Whittier no hace falta abrigo: basta con bajar en ascensor y cruzar un túnel. Cerca de la mitad de los 272 vecinos de este pueblo de Alaska vive en las Begich Towers, un bloque de 14 plantas que el Ejército levantó en plena Guerra Fría y que hoy tiene dentro correos, comisaría, tienda e iglesia. Fuera caen cinco metros de agua al año, y la única carretera que llega pasa por un túnel que cierra de noche.
Orígenes militares y transformación urbana
Antes de que nadie hablara de “minicasas” o de “cohousing extremo”, Whittier ya era un experimento social forzado por la estrategia militar. En 1941, cuando Estados Unidos entraba de lleno en la Segunda Guerra Mundial, el ejército decidió que esta bahía gélida, azotada por vientos casi constantes y rodeada de montañas imposibles, era el lugar idóneo para instalar un puerto estratégico y conectarlo por ferrocarril con Anchorage. La elección no fue casual: su localización permitía ocultar barcos en un fiordo estrecho y, al mismo tiempo, garantizar una entrada relativamente segura de suministros en caso de ataque japonés. El clima, eso sí, era tan poco amable como eficaz a la hora de mantener alejados a curiosos y enemigos.
Con el inicio de la Guerra Fría, la apuesta se redobló. No bastaba con una base; hacía falta un complejo autosuficiente. Primero llegó el Buckner Building, terminado en 1953 y bautizado como la «ciudad bajo un único techo», con gimnasio, hospital, cine, comisaría y hasta un pequeño supermercado. Cuatro años después, en 1957, se terminó el Hodge Building, parte del mismo plan de levantar estructuras masivas que centralizaran la vida de militares y familias en un entorno cerrado, protegido del clima y de cualquier amenaza externa.
El Ejército se va
Cuando el ejército se retiró en los años 60, la mayor parte de las instalaciones quedaron desiertas. Sin embargo, el Hodge Building resistió. La comunidad local vio en él una oportunidad y, en lugar de dejarlo caer, lo adaptó para uso civil. En 1972 recibió un nuevo nombre, Begich Towers, en honor al congresista Nick Begich, desaparecido trágicamente en un accidente aéreo, y empezó una segunda vida mucho menos marcial, pero infinitamente más peculiar: convertirse en el edificio donde se concentraría la vida entera del pueblo.
Entre medias, en 1964, llegó el peor momento de su historia: el terremoto de Viernes Santo, de magnitud 9,2, levantó en el fiordo un tsunami con olas de hasta 13 metros que mató a 13 personas en Whittier y causó más de diez millones de dólares de daños.
El Buckner, en cambio, se quedó como estaba: abandonado desde 1966, lleno de amianto y demasiado caro tanto para rehabilitarlo como para derribarlo. Hubo quien quiso darle otra vida —un propietario, Pete Zamarello, pretendía convertirlo en prisión estatal—, pero la idea no prosperó. Ahí sigue, vallado, con las ventanas reventadas y los pasillos llenos de charcos y grafitis.

Begich Towers: más que un edificio
Lo de vivir «bajo un solo techo» va bastante en serio. Las Begich Towers tienen 14 plantas, repartidas en tres torres unidas entre sí, y alrededor de 150 apartamentos, desde estudios hasta pisos de tres dormitorios que no compiten con un ático de Manhattan, pero que se agradecen cuando fuera sopla el viento.
El edificio no se limita a ser un bloque residencial: funciona como una especie de ayuntamiento vertical, con oficina de correos, tienda de comestibles, lavandería comunitaria, clínica, iglesia, comisaría, varias salas polivalentes y, para rematar, un pequeño hotel en las plantas superiores que recibe a turistas y curiosos deseosos de experimentar cómo se siente dormir dentro de “la comunidad más compacta de Estados Unidos”.

La escuela no está dentro del bloque, pero casi: un túnel la une con los pasillos de las torres, así que niños y profesores van a clase sin pisar la nieve. En invierno, el recreo también es bajo techo: columpios, arena y luz de fluorescente.
Problemas estructurales
Lo de la calefacción, visto desde lejos, tiene su gracia. Durante décadas, las torres tiraron de dos viejas calderas de la época militar y de unas tuberías de hierro que la cal y la corrosión habían ido estrechando hasta el absurdo: una de una pulgada de diámetro se había quedado del grosor de una aguja de coser. Si las calderas fallaban en pleno invierno, el agua se congelaría en las tuberías y reventaría medio edificio. En 2015 llegó por fin un préstamo de 3 millones de dólares del Departamento de Agricultura, y en 2016 se instalaron calderas nuevas, se cambiaron las tuberías por otras de PVC, se rehízo el saneamiento y, de paso, se pintó la fachada de tres colores. Los ascensores son otra historia: en 2021, los cuatro necesitaban un arreglo de cientos de miles de dólares, una factura seria para un pueblo de 272 habitantes.
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Vida diaria en un pueblo “compacto”
Según el censo de 2020, la población de Whittier apenas alcanza los 272 habitantes, lo que equivale a llenar un cine de barrio en sesión de tarde. De esa pequeña cifra, una buena parte vive en las Begich Towers (las cifras bailan: el Anchorage Daily News hablaba en 2016 de la mitad, y otras fuentes, de casi todos); el resto se reparte en un condominio vecino de apenas dos plantas, algo así como la “urbanización satélite” del gran bloque. Los de este último disfrutan de un lujo exótico en Whittier: puerta a la calle.
Los pasillos hacen de calles: allí se cruza uno con el vecino que baja a la tienda, con el que va a misa o con el que recoge un paquete en correos, todo sin pisar la nieve. La otra cara es que, con medio pueblo en el mismo bloque, pasar desapercibido es complicado.
Geografía, clima y aislamiento
Whittier se levanta en la cabecera del Passage Canal, un fiordo largo y estrecho que parece diseñado para esconder barcos y mantener alejados a curiosos. Se encuentra a unas 60 millas al sureste de Anchorage, rodeado por un muro natural de montañas abruptas y por aguas que en invierno se vuelven tan frías como el acero.

Llegar hasta allí no es precisamente un paseo dominical: el acceso terrestre se realiza por el Anton Anderson Memorial Tunnel, un paso de 4 050 metros que ostenta el título de ser el túnel combinado de carretera y ferrocarril más largo de Norteamérica. El detalle pintoresco es que de noche el túnel se cierra a cal y canto, y durante el día coches y trenes se turnan para atravesarlo en horarios estrictos, como si se tratara de un gigantesco semáforo con vocación ferroviaria. Entrar o salir de Whittier, por tanto, exige no solo vehículo, sino paciencia y una buena planificación horaria. Y eso que ahora es fácil: hasta el año 2000 el túnel solo admitía trenes, y quien quería llegar en coche tenía que subirlo a una plataforma del ferrocarril.
Y luego está el clima, que es el que manda. Llueve casi siempre, la temperatura media ronda los 5 °C y en invierno el viento convierte cualquier paseo en una expedición polar.
Las cifras dan escalofríos, nunca mejor dicho: caen unos 5.000 litros de agua por metro cuadrado al año y casi siete metros de nieve, lo que convierte a Whittier en uno de los lugares más lluviosos de Estados Unidos.
Con ese tiempo, vivir apretados pero calientes no es una extravagancia: es sentido común.
Urbanismo complicado
Para complicar más el panorama, el gobierno local es dueño de la mayor parte de los terrenos de Whittier, lo cual limita cualquier sueño de urbanismo expansivo. El resultado es un pueblo sin apenas margen para nuevas construcciones privadas: si alguien sueña con su chalet de madera con vistas al fiordo, mejor que lo pinte en un lienzo y lo cuelgue en el salón del Begich.
Así que en Whittier quien sueñe con un chalé con vistas al fiordo tendrá que conformarse con un piso en la planta catorce. Las vistas, eso sí, son las mismas.
Alaska, por cierto, da para mucho: también allí, en la bahía Lituya, se registró en 1958 la ola más alta de la historia, y en Talkeetna un gato llamado Stubbs fue alcalde honorario durante veinte años.
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Vídeo: así es Whittier por dentro
Para quien quiera dar un paseo por los pasillos sin pasar frío, este reportaje recorre el edificio de arriba abajo:
Fuentes consultadas
- Alaska Department of Transportation & Public Facilities. (s. f.). Tunnel History — Anton Anderson Memorial Tunnel. https://dot.alaska.gov/creg/whittiertunnel/history.shtml
- Begich Towers. (s. f.). Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Begich_Towers
- Alaska Department of Environmental Conservation. (2016). Buckner Building — Brownfields project. https://dec.alaska.gov/spar/csp/brownfields/projects/buckner-building/
- Dunham, M. (2016, 19 de agosto). Begich Towers, home to about half the population of Whittier, gets a much-needed overhaul. Anchorage Daily News. https://www.adn.com/alaska-life/2016/08/18/begich-towers-home-to-about-half-the-population-of-whittier-gets-a-much-needed-overhaul/
- City of Whittier. (s. f.). Visiting Whittier. https://www.whittieralaska.gov/community-resources/page/visiting-whittier
- Whittier, Alaska. (s. f.). Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Whittier%2C_Alaska
- Snopes.com. (2021, 7 de junio). Do all residents of Whittier, Alaska, live in this one building? Snopes. https://www.snopes.com/fact-check/whittier-alaska-residents-building/
- Federal Highway Administration. (s. f.). Anton Anderson Memorial Tunnel — Project profile.https://www.fhwa.dot.gov/ipd/project_profiles/ak_anderson_tunnel.aspx
- Wikipedia. Whittier (Alaska)
- Wikipedia. Buckner Building
- Wikipedia. Anton Anderson Memorial Tunnel
- Wikipedia. Nick Begich
- Wikipedia. Terremoto de Alaska de 1964

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
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