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La guerra más corta de la historia: Gran Bretaña se merienda a Zanzíbar en 38 minutos

Marineros británicos junto a un cañón capturado entre los escombros del palacio del sultán de Zanzíbar, tras el bombardeo de 1896

A las nueve y dos minutos de la mañana del 27 de agosto de 1896, cinco buques de la Royal Navy abrieron fuego contra el palacio del sultán de Zanzíbar. A las nueve y cuarenta, el palacio ardía, el yate real descansaba en el fondo del puerto con los mástiles asomando y el sultán, que llevaba dos días en el trono, se había refugiado en el consulado alemán. Treinta y ocho minutos: la guerra más corta de la historia. Y, para rematar, los británicos pasaron a sus partidarios la factura de los proyectiles.

Un sultán con tutor

Zanzíbar, isla estratégica en el Índico y corazón de una economía que durante siglos había pivotado sobre el comercio (incluida la esclavitud), había acabado bajo la influencia británica tras el tratado de Heligoland-Zanzíbar de 1890, un trueque de manual por el que Alemania se quedó con un islote del mar del Norte y Gran Bretaña con la tutela de Zanzíbar. El sultán seguía teniendo trono, palacio y bandera, pero quien mandaba era el cónsul británico. El poder británico no consistía tanto en la ocupación formal del país como la capacidad de decidir quién podía sentarse en el trono del sultán.

Un sultán muerto y otro con prisa

El detonante fue casi burocrático y a la vez dramático: el sultán Hamad bin Thuwaini, dócil aliado de los británicos, murió de repente el 25 de agosto de 1896, y no faltó quien sospechara que su primo y rival, Khalid bin Barghash, le había echado una mano con algún veneno. Khalid, desde luego, no perdió el tiempo: ese mismo día ocupó el palacio sin pedir permiso a las potencias tutelares, un gesto que equivalía a declararse en rebeldía ante su Graciosa Majestad.

Londres prefería otro candidato, más manejable y acorde a sus intereses, y su cónsul, Basil Cave, transmitió la consigna: Khalid debía abdicar. Khalid se negó, se atrincheró en el palacio con su guardia y los británicos empezaron a contar las horas.

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La mañana del 27: un ultimátum con hora fijada

Los británicos fijaron la hora límite: las nueve de la mañana del 27 de agosto. Al mando estaba el contraalmirante Harry Rawson, y en tierra le cubría las espaldas el general Lloyd Mathews, un británico que ejercía nada menos que de primer ministro de Zanzíbar, con cerca de un millar de soldados zanzibaríes leales a Londres. Cumplido el plazo, a las 09:02, cruceros y cañoneras empezaron a bombardear la residencia del sultán, construida casi toda en madera.

La respuesta zanzibarí fue casi simbólica: una batería costera, algunos fusileros y el Glasgow, el yate real del sultán, armado con unos pocos cañones ligeros y una ametralladora Gatling que, ironías de la vida, había sido un regalo de la reina Victoria. Duró lo que tardó en hundirse, aunque el puerto era tan poco profundo que sus mástiles se quedaron asomando sobre el agua, y su tripulación acabó izando una bandera británica en señal de rendición. Poco después, la bandera del palacio fue arriada y las llamas devoraron buena parte del edificio y la célebre zona del harén.

Ruinas del palacio del sultán de Zanzíbar, con la fachada destrozada y escombros por el suelo, tras el bombardeo británico de 1896
El palacio del sultán tras el bombardeo del 27 de agosto de 1896. Foto: Wikimedia Commons (dominio público).

38 minutos

¿Fue una guerra? Sí: hubo muertos, barcos, artillería y consecuencias políticas. ¿Fue una operación corta? También: los registros navales y las crónicas contemporáneas sitúan el fin del tiroteo alrededor de las 09:40–09:45, de ahí la variación entre 38 y 45 minutos según qué hora exacta se tome como inicio. Las cifras —siempre tozudas— hablan de alrededor de 500 muertos o heridos entre la población zanzibarí, y prácticamente bajas nulas en la parte británica (un marinero herido de gravedad, según las actas). Tiempo de sobra, eso sí, para entrar en el Libro Guinness como la guerra más corta jamás registrada, una marca que, por fortuna, nadie ha intentado batir.

Lo que vino después

Aquella misma tarde, los británicos ya habían logrado su propósito: Hamud bin Muhammed fue entronizado como sultán, con un poder puramente decorativo y sometido a la férrea tutela de Londres. El sultanato sobrevivió como una fachada vistosa —mantenerlo salía más barato que gobernar la isla como colonia—, mientras el protectorado afianzaba su control político y administrativo.

Unos meses después, con el empujón británico, Hamud abolió la esclavitud en todas sus formas. Sobre el papel, un gesto moral que el Imperio exhibió con orgullo; en la práctica, un proceso lentísimo: los esclavos tenían que presentarse en una oficina del Gobierno para reclamar su libertad, y en diez años solo se liberó a unas 17 300 personas.

La factura y la huida

Y luego está la factura. Por si la humillación fuera poca, los británicos obligaron a los partidarios de Khalid a pagar como reparación el coste de los proyectiles que les habían disparado. Debe de ser de los pocos casos de la historia en que el bombardeado paga la munición.

En cuanto a Khalid, no se quedó a esperar el final: se refugió en el consulado alemán, desde donde los alemanes lo sacaron en un bote hasta uno de sus barcos y lo llevaron a Dar es Salaam, en el África Oriental Alemana. Allí vivió hasta que, en plena Primera Guerra Mundial, en 1916, los británicos por fin le echaron el guante y lo desterraron a las Seychelles y después a Santa Elena, la misma isla donde había acabado Napoleón. Le dejaron volver a África oriental y murió en Mombasa en 1927, treinta y un años después de un reinado de apenas dos días.

Hoy, la llamada “guerra más corta” se recuerda como lo que fue: una disputa sucesoria que podría haberse resuelto con paciencia y diplomacia, pero que se decidió con pólvora y un reloj de bolsillo en la mano. En el extremo opuesto del escalafón estaría Andorra, que según una leyenda muy extendida pasó décadas técnicamente en guerra con Alemania; y en la categoría de conflictos absurdos, poca cosa supera a la guerra del cerdo. Al fin y al cabo, hablamos del país que, según algunas cuentas, ha invadido casi el 90 % del mundo.

Puestos a hablar de la afición británica por plantar banderas, ninguna tan efímera como la de 1831: un capitán de la Royal Navy reclamó para la Corona la isla Ferdinandea, recién surgida de un volcán frente a Sicilia, que a los pocos meses volvió a hundirse en el mar.

Treinta y ocho minutos dieron para mucho: un palacio en llamas, unos quinientos muertos y heridos, un yate en el fondo del puerto y un sultán de dos días. A los británicos, en cambio, no les costó ni la munición: esa, como queda dicho, la pagó el otro bando.

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Vídeo: «La guerra más corta de la historia. Zanzíbar contra Reino Unido» (Crónicas de la Historia)

Para quien prefiera verlo contado en imágenes, aquí va un repaso en vídeo de los 38 minutos más rápidos de la historia militar.

La Guerra MAS CORTA de la  HISTORIA. Zanzibar contra Reino Unido

Fuentes consultadas