Saltar al contenido

Los lemmings, Disney y el suicidio colectivo: una historia de cámara, acción y empujón

Un lemming noruego, de pelaje anaranjado y negro, entre las piedras de la tundra

En 1958, Disney estrenó White Wilderness, un documental que ganaría el Óscar y en el que decenas de lemmings se arrojaban al mar desde un acantilado del Ártico, supuestamente para aliviar la superpoblación. Ni era el Ártico ni se arrojaban: los habían traído en avión desde la bahía de Hudson, los rodaron sobre plataformas giratorias para que pareciesen miles y después los empujaron a un río de Alberta. Los lemmings no se suicidan. A aquellos los ayudaron.

Lemmings: esos ratones que no leyeron a Séneca

Los lemmings son pequeños roedores del Ártico, de esos que uno nunca ve pero que existen. Habitan en tundras inhóspitas, se alimentan de musgo y raíces y, a pesar de su escaso carisma mediático, han sido víctimas de uno de los bulos más persistentes de la historia moderna: el suicidio colectivo como solución a la sobrepoblación.

¿De dónde salió esta historia? ¿Por qué medio mundo cree que, cuando hay demasiados lemmings, todos se lanzan al vacío?

El gran salto: Disney, 1958

La fama, cómo no, se la dio una cámara. En 1958, Disney estrenó un documental de naturaleza titulado White Wilderness, dentro de su serie True-Life Adventures. Una serie que, dicho sea de paso, tenía más de «aventuras» que de «vida real». En este episodio, el espectador asistía a una escena memorable: decenas de lemmings corriendo hacia un acantilado y arrojándose al mar, supuestamente como respuesta biológica a la superpoblación.

El narrador explicaba la escena con tono trágico y solemne, como si estuviera relatando el final de una tragedia griega. Solo que, a diferencia de las tragedias griegas, a esta le habían escrito el final a empujones.

Lo curioso es que Disney no se inventó el mito. Ya rondaba en un cuento de ciencia ficción de 1951 y, sobre todo, en un cómic de 1955 de Carl Barks, dibujante de la propia casa, en el que el tío Gilito se topaba con miles de lemmings arrojándose por los acantilados de Noruega. Es decir: Disney acabó rodando como documental lo que antes había publicado como tebeo. Hay que reconocerles la coherencia.

DEL BLOG AL LIBRO

¿Creías que esto era extraño? Es porque todavía no conoces nuestro libro.

Más de 300 páginas de historias reales que parecen inventadas: personajes extravagantes, decisiones absurdas y episodios que cuesta creer que ocurrieran.

📖 Entrar en Mundo Estrambótico →

Tapa blanda · Tapa dura · Kindle

Ni suicidio ni océano: el arte del documental creativo

Resulta que los lemmings no se suicidan. Ni por amor, ni por ansiedad existencial, ni porque no les tocó esa plaza en las oposiciones. La verdad es bastante más aburrida y menos cinematográfica: cuando su población crece mucho, algunos grupos emigran buscando nuevos territorios, lo cual a veces implica cruzar ríos o lagos. En el proceso, algunos pueden ahogarse, pero no hay voluntad suicida, por mucho que la antropomorfización nos tiente.

Pero volvamos al documental. La escena se rodó en el río Bow, cerca de Canmore, en la provincia canadiense de Alberta. Un lugar tan ártico como una tostadora. En esa región, no hay lemmings ni en calendario. Así que los productores, ni cortos ni perezosos, se trajeron los roedores en avión desde la bahía de Hudson. Los pusieron sobre plataformas giratorias cubiertas de nieve, para que unas pocas docenas pareciesen una migración de miles, y luego los arrearon por un barranco hasta el río, mientras el narrador aseguraba que los animalitos «se lanzaban al espacio» por voluntad propia. Y, para redondear, la voz en off juraba que todo aquello ocurría en el Ártico. Puro cine.

Un Óscar para la farsa

El documental ganó el Óscar al Mejor Documental en 1959. Así, Disney se llevó la estatuilla, el mito se convirtió en verdad global y los lemmings pasaron a la historia como los Hamlet peludos de la tundra.

Pantalla de título del videojuego Lemmings, con el logotipo verde y una fila de lemmings caminando
Pantalla de título de Lemmings (DMA Design, 1991)

Durante décadas, esta escena se replicó en libros, dibujos animados, videojuegos (¿quién no recuerda Lemmings, ese clásico de los 90 donde había que evitar que se matasen?) y documentales posteriores que copiaban el error con toda la alegría de la ignorancia. El juego, por cierto, lo hizo DMA Design, el mismo estudio escocés que años después crearía Grand Theft Auto: de salvar roedores a atropellar peatones hay menos distancia de lo que parece.

La historia detrás de la historia

En 1982, un periodista de la Canadian Broadcasting Corporation (CBC), Bob McKeown, investigó el origen de aquella escena y descubrió el pastel: los lemmings fueron literalmente lanzados fuera de cámara por los productores. El reportaje se titulaba Cruel Camera y no iba solo de lemmings: denunciaba el maltrato a los animales en el cine y la televisión, incluida la serie Wild Kingdom.

Este hallazgo fue parte de un episodio del programa CBC’s The Fifth Estate, donde se desmontaba con pruebas lo que ya muchos biólogos sabían pero nadie se había molestado en contar con imágenes: que los lemmings no se suicidan y que Disney había aplicado su varita mágica a la realidad.

¿Y por qué sigue el mito?

La explicación más sencilla es que la escena era potente, dramática y fácil de recordar. Una verdad a medias (o un bulo con buena producción y un Oscar) puede recorrer medio mundo antes de que la biología se ate los zapatos. Y, puestos a elegir entre una tragedia con música de orquesta y un roedor que emigra sin rumbo, el público siempre se queda con la tragedia.

No es la primera vez que atribuimos a los animales intenciones humanas: a principios del siglo XX, medio Berlín creyó que un caballo sabía hacer cuentas. Y lo de los lemmings no fue la única historia insólita de la casa del ratón: años después, uno de sus Winnie the Pooh acabaría bailando ante un jurado, y la factura de El rey león acabó salpicada por el pleito de los derechos de The Lion Sleeps Tonight.

Si los lemmings cargan con una mala fama inmerecida, los chimpancés se ganaron la suya a pulso: en Gombe, dos comunidades rivales libraron una guerra de cuatro años ante los ojos de Jane Goodall.

No es el único mito suicida con éxito de taquilla: en la Budapest de los años treinta, a una canción la acusaron de empujar a sus oyentes al Danubio, como contamos en la historia de Gloomy Sunday. Y en Escocia hay hasta un puente con fama de empujar a los perros al vacío: el puente de Overtoun, donde la explicación, de nuevo, resultó bastante menos sobrenatural.

No te pierdas la próxima historia

Cada semana publicamos una nueva historia. Recíbela gratis en tu correo.

Únete a más de 5.490 lectores

Fuentes consultadas