Viena, 1892. La princesa Paulina von Metternich y la condesa Anastasia von Kielmansegg discuten por cómo colocar las flores de una exposición. Según la leyenda, la discusión acabó en Liechtenstein, a punta de estoque, con las dos aristócratas desnudas de cintura para arriba por consejo de la médica y con una nariz cortada como balance final. Es una de las historias más repetidas de los libros de curiosidades. Solo tiene un problema: la propia Paulina la desmintió en la prensa y la llamó «ridícula invención de periodistas italianos».
Paulina von Metternich, la gran dama de Viena
Paulina Sándor nació en Viena en 1836. En 1856, con veinte años, se casó con su tío, el príncipe Richard von Metternich, hijo del célebre canciller, diplomático de carrera y aficionado a los amoríos con actrices y cantantes de ópera. El matrimonio aguantó, y ella acabó convertida en una de las mujeres más modernas de su tiempo, y en una de las más temidas por su lengua.
París, Worth y Wagner
En 1859 su marido fue nombrado embajador de Austria en París, y Paulina se convirtió en una de las reinas de la corte de Napoleón III. Amiga íntima de la emperatriz Eugenia, fue ella quien en 1860 le presentó a un modisto inglés llamado Charles Frederick Worth, que acabaría inventando la alta costura; y fue ella quien convenció al emperador de estrenar en la Ópera de París el Tannhäuser de Wagner, en 1861. El estreno fue tal desastre que la obra se retiró a la tercera función, pero nadie podrá decir que no lo intentó.
Con su audacia y su lengua afilada, introdujo en la alta sociedad aficiones hasta entonces reservadas a los hombres, como el patinaje o el cigarrillo. Y cuando en 1870 se hundió el Imperio francés, fue de las pocas que no abandonó a Eugenia: la ayudó a huir a Inglaterra sacando sus joyas de París en la valija diplomática. De vuelta en Viena, se convirtió en la gran dama de la vida social de la capital, y allí reinó hasta su muerte, en 1921.
Unas flores en la Exposición de 1892
En 1892, Viena acogió la Exposición Internacional de Música y Teatro, y Paulina, que a sus 56 años organizaba media vida social de la capital, se encargó de buena parte de los preparativos. Según la historia que corrió después, su rival fue la condesa Anastasia von Kielmansegg, esposa del gobernador de la Baja Austria, Erich Kielmansegg. ¿El motivo de la discordia? Ni la política ni el amor: los arreglos florales. Cada una tenía una idea distinta de cómo debían colocarse las flores, y ninguna estaba dispuesta a ceder ni un pétalo.
Y aquí empieza la leyenda. Según el relato, lo que en otros tiempos se habría resuelto con un par de caballeros como representantes acabó en un desafío directo entre las dos damas.
Cada una nombró a su testigo y a su médica, de modo que, siempre según el relato, todas las presentes eran mujeres.
Liechtenstein, a punta de estoque
El lugar elegido fueron las afueras de Vaduz, en Liechtenstein, porque en Austria los duelos estaban prohibidos.
Según la versión más extendida, el combate se libró en un cuadrado de unos veinte pasos de lado, y salirse de él equivalía a rendirse.
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Las armas fueron estoques, y el combate, siempre según los relatos que publicó la prensa, duró tres asaltos.
En los dos primeros no pasó nada. En el tercero, Paulina se llevó un corte en la nariz y Anastasia una herida en el brazo, y con el honor de ambas a salvo se dio el asunto por terminado.
¿Por qué en topless?
El detalle que ha hecho famosa la historia es que las duelistas pelearon desnudas de cintura para arriba. La idea, según el relato, fue de la baronesa Lubinska, una médica polaca partidaria de las ideas de Lister sobre la antisepsia: si el estoque no atravesaba ropa, no arrastraría restos de tela sucia hasta la herida.
Como argumento médico tenía su lógica. Como argumento para vender periódicos, todavía más.
Una noticia demasiado buena
La historia corrió por la prensa europea con una mezcla de asombro y morbo fácil de imaginar: dos aristócratas resolviendo sus diferencias a estocadas, sin caballeros de por medio y, encima, con el pecho al aire.
Dicen que la noticia llegó hasta Inglaterra, donde la sociedad victoriana se llevó las manos a la cabeza ante la imagen de dos damas batiéndose a estocadas, aunque de eso, como de casi todo en esta historia, no hay más prueba que el boca a boca de las gacetas.
El reparto que ha llegado hasta nosotros es de lo más completo: la princesa Schwarzenberg como testigo de Paulina, la condesa Kinsky como testigo de Anastasia y la baronesa Lubinska como médica.

Tanto detalle, en una historia sin un solo documento que la respalde, ya debería haber hecho sospechar a alguien.
El desmentido
Y aquí llega el giro final. Por mucho que la historia se haya repetido durante más de un siglo, no existe ninguna fuente primaria que la confirme: ni actas, ni cartas, ni crónicas de testigos. Lo único documentado es lo contrario: la propia Paulina negó el duelo en un periódico francés y lo calificó de «ridícula invención de periodistas italianos». Los estoques, las tres rondas, el corte en la nariz y el pecho al aire podrían ser, por tanto, el mejor bulo de la prensa del siglo XIX.
Las versiones más novelescas añaden incluso que el duelo terminó con un abrazo y un beso entre las dos rivales. Con o sin beso, lo que nadie discute es que la historia era demasiado buena para dejar que la verdad la estropeara.
De haber ocurrido, tampoco habría sido la primera vez que una mujer empuñaba la espada: dos siglos y medio antes, la monja alférez, Catalina de Erauso, ya se había batido en más de un duelo vestida de hombre. Y en materia de duelos los hubo bastante más largos, como el de Dupont y Fournier, que se pasaron diecinueve años batiéndose, y bastante más ceremoniosos, como el Passo Honroso de Suero de Quiñones, que en 1434 convirtió un puente leonés en un torneo de un mes.
Verdadero o no, el duelo de Metternich y Kielmansegg se ha ganado su sitio en los libros de curiosidades: una disputa por unas flores que, al menos en la imaginación de los periodistas, acabó a punta de estoque y con el pecho al aire.
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Vídeo: «Aristocrats at Arms: A Bare Chested Battle!» (Chris Show)
Para quien quiera verlo contado (y dramatizado) en imágenes, aquí va un vídeo en inglés sobre la famosa leyenda.
Fuentes consultadas
- The History Blog. (2019, marzo 9). Princess vs. Countess: a topless duel over flowers. Recuperado de https://www.thehistoryblog.com/archives/54537
- Historical Fencer. (2018, agosto 15). That time when a countess duelled a princess. Recuperado de https://historicalfencer.com/that-time-when-a-countess-duelled-a-princess/
- Wikipedia. (s. f.). Pauline von Metternich. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Pauline_von_Metternich
- Wikipedia. (s. f.). Pauline von Metternich. Wikipedia, die freie Enzyklopädie. https://de.wikipedia.org/wiki/Pauline_von_Metternich
- Wikipedia. (s. f.). Richard von Metternich. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Richard_von_Metternich
- Wikipedia. (s. f.). Count Erich Kielmansegg. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Count_Erich_Kielmansegg
- Wikipedia. (s. f.). Internationale Ausstellung für Musik- und Theaterwesen. Wikipedia, die freie Enzyklopädie. https://de.wikipedia.org/wiki/Internationale_Ausstellung_f%C3%BCr_Musik-_und_Theaterwesen
- The Vintage News. (2023, 5 de mayo). The Surprising Story of a Topless Sword Fight Between Two Austrian Noblewomen. https://www.thevintagenews.com/2023/05/05/noblewomen-swords/
- Kinsella, E. (s. f.). Throwback Thursday: Petticoat Duels. https://erinkinsella.com/blog/throwback-thursday-petticoat-duels/
- Wikipedia. (s. f.). Duel. Wikipedia, the free encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Duel

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
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