La monja alférez

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Autor: El café de la Historia


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Vida y aventuras de Catalina de Erauso, «La monja alférez»

La vida de la conocida como «La monja alférez» es un apasionante relato sobre una de las figuras más legendarias y controvertidas del Siglo de Oro español.

En el siguiente artículo nos hemos limitado a resumir y trasladar a un lenguaje más coloquial para facilitar su lectura las aventuras y las peripecias de Catalina de Erauso a partir de su autobiografía.

A pesar de que existe cierta controversia sobre la veracidad y exactitud de algunos episodios de lo que explica con gran desenvoltura de su puño y letra en «Historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso«, no hay duda de la existencia histórica del personaje, avalada tanto por partidas de nacimiento como por el rosario de documentación desperdigado por los lugares por los que pasó.

A continuación, el relato cronológico de su vida. Sus andanzas, sus aventuras y sus circunstancias.

Están a punto de entrar en un trepidante viaje de incontables kilómetros, en el que no faltan travestismo, batallas, pendencias tabernarias, ludopatía, sombras de lesbianismo, violencia, mucha muerte, y continuos tropiezos con la justicia.

Vamos a seguir los pasos a esta especie de Forrest Gump del Siglo de Oro: por trotamundos, por los sorprendentes giros en su trayectoria vital, y por haberse codeado con los personajes más importantes y poderosos de su tiempo. Siguiendo con el símil cinematográfico, aquí van a encontrar más sangre y cadáveres que en una película de Tarantino, y a un personaje pendenciero que ni hace concesiones ni parece sobrado de escrúpulos, siempre con una espada en una mano y dados o naipes en la otra.

Avisados quedan.

Nacimiento y embarque al Nuevo Mundo

Nace en la calle de la Trinidad de San Sebastián en 1585 (o 1592) en el seno de una familia de buena posición. Su padre es el capitán de los ejércitos reales don Miguel de Erauso y su madre doña María Pérez de Galarraga. A la edad de cuatro años la ingresan en un convento dominicano de San Sebastián.

Cuando contaba ya con quince años tuvo un altercado con otra monja que la maltrataba y, hurtando las llaves a su tía Úrsula, también monja interna en el convento, huyó de allí.

Sale a la calle y se queda anonadada ya que nunca la había visto. Da vueltas al azar y acaba en un castañar en el que se refugia varios días mientras se confecciona con unas telas y unas tijeras y otros utensilios que había sustraído del convento, ropa de calle. Echa a andar por los caminos y tras muchos días comiendo sólo hierbas, llega a Vitoria.

Entra en la ciudad y es acogida en casa del doctor don Francisco de Cerralta, que resultó ser pariente de su madre aunque ella no se dio a conocer. Estuvo allí tres meses hasta que huyó a Valladolid.

En Valladolid estaba por aquel entonces instalada la corte, y había un trasiego importante de personajes ilustres y todo el movimiento asociado con la capital del reino. Allí se caracteriza como hombre, se hace llamar Francisco Loyola, y se convierte en el paje de Don Juan de Idiáquez, secretario del rey.

Una noche, estando en la puerta de la casa con otro paje, se presenta su propio padre preguntando por Don Juan sin reconocer en aquel mozo a su hija huida del convento meses atrás.

Su compañero le pidió que esperase y subió a buscarlo, quedándose mientras Catalina a solas con su padre. Por fin apareció el otro paje y acompañaron al padre a la audiencia con el secretario del rey. Don Juan le preguntó al padre de Catalina por el asunto que le traía a Valladolid y éste le contestó que venía en busca de su hija fugada del convento, mostrando gran pesar por su ausencia, a lo que Catalina salió de la estancia, fue a sus aposentos, recogió sus cosas y pasó esa noche en un mesón.

Al día siguiente se puso de acuerdo con un arriero que partía hacia Bilbao. Una vez allí, unos muchachos se metieron con ella e hirió de una pedrada a uno de ellos, asunto que le valió un mes en la cárcel. Una vez cumplida la condena puso camino a Estella y encontró trabajo de paje de Don Carlos de Arellano, caballero de la Orden de Santiago, quien le dio trabajo, comida y protección durante dos años. Incluso aprovechó para viajar a su ciudad, San Sebastián, y pasearse por allí bien vestido sin que nadie la reconociese llegando a ir a su antiguo convento a oír misa, viendo a su madre a una distancia prudente.

En Pasajes compró un billete de barco para viajar a Sanlúcar y de allí a Sevilla donde se enroló de grumete en una flota de galeones que partían para el Nuevo Mundo, dándose la circunstancia de que el capitán era tío suyo.

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Are you talking to me?

Llegada a Perú y empleo de mercader

Una vez arriban a América le roba quinientos pesos a su tío y escapa desembarcando en Nombre de Dios, Panamá.

Tras agotar lo robado a su pariente, se pone a trabajar para el mercader Juan de Urquiza, con el que se encuentra bastante a gusto y viajan en su barco a la ciudad peruana de Paita, pero antes de llegar a puerto se produce un terrible temporal que hunde el barco, salvándose sólo las pocas personas que sabían nadar, entre ellas el mercader y Catalina.

Una vez llegados a su destino y repuestos, el mercader le ordena que haga las gestiones para que cierto cargamento viaje a su destino, ya que él se ha de ausentar, gestión que hace con gran diligencia ganándose el afecto del mercader.

A las órdenes de Juan de Urquiza tiene una vida más sosegada y desahogada hasta que un día, en el teatro, un pendenciero apellidado Reyes se le sienta delante y no le deja ver bien la representación, se enzarzan en una discusión en la que éste le amenazó con cortarle la cara que no llegó a mayores por no ir Catalina armada, y gracias a que sus acompañantes la apaciguaron.

Al día siguiente, el bravucón aparece por la tienda donde ella trabajaba y sin pensárselo dos veces corrió al barbero para que le afilase la daga y le embistió, y quien le cortó la cara a él fue Catalina, además de asestar un mandoble a un amigo que le acompañaba. Tras la trifulca fue encarcelada tres meses y mandó avisar a Juan de Trujillo el cual vino en su auxilio con gestiones para que la liberaran.

A pesar de haber salido más o menos indemne del pleito, a Juan de Trujillo se le ocurrió una solución para que Reyes no urdiera una venganza letal contra ella. Y esta solución consistía en que Catalina se casase con Beatriz de Cárdenas.

La jugada consistía en que la tal Beatriz era familia del tal Reyes, cosa que frenaría una más que segura venganza. Por otro lado, Catalina sabía que Beatriz también se entendía con su jefe así que a Juan de Trujillo la jugada le salía redonda: tenia bajo su techo a su mejor trabajador y a su querida, todo cerca y a mano. Beatriz consintió en llevar adelante la cosa pero ocurrió que por las noches ella hacía a Catalina ir a su casa, y cada noche se ponía más juguetona buscando algo de Catalina que, obviamente, no podía darle. Intentando salir de todo este embrollo, le dijo a su jefe que no iba a casarse con tal dama, y aquél al final accedió a trasladarle a la ciudad de Trujillo con tal de alejarle de todo este lío.

En Trujillo estuvo dos meses tranquilos atendiendo los negocios de su jefe hasta que un día le tienden una encerrona Reyes y dos amigos más que se habían desplazado hasta allí para cobrar venganza resultando de la trifulca muerto uno de los agresores. Aparece el corregidor y mientras la llevaba presa le pregunta por su nombre y procedencia. Al oír que era de Bilbao como él, le susurró en euskera que al pasar por la iglesia mayor saliese corriendo hacia ella y se acogiese a sagrado.

Así lo hizo y el corregidor quedó gritando en la calle como si se le hubiese escapado. Ella hizo llamar de nuevo a su jefe y protector que llegó a la conclusión que ahora no había más solución que esfumarse de la ciudad. Le dio ropa nueva, una pequeña fortuna, una carta de recomendación y le arregló la huida a Lima.

Allí, y gracias a la carta de recomendación, entró al servicio de otro mercader desempeñando unas funciones similares que las ejercidas con Juan de Trujillo. Vivía en la casa de éste con su familia y dos cuñadas suyas. Una de ellas se enamoriscó de Catalina y una noche su jefe los pilló manoseándose mientras la cuñada le pedía que se casasen.

Fue despedida fulminantemente.

Sin saber qué hacer, se enroló de soldado en una expedición que marchaba a tierras de Chile.

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Estancia en Chile y alistamiento militar

Desembarcan en Concepción y es recibida por el capitán Miguel de Erauso.

Ni más ni menos que el hermano de Catalina al que no conocía al haber partido a América cuando ella sólo contaba con dos años. El capitán va pasando lista y cuando llega a Catalina, al decir ella que era un soldado vizcaíno, Miguel le preguntó por toda su familia en Bilbao.

¡También por su hermana que estaba en un convento!

Ella improvisó las respuestas y el capitán acogió a ese soldado paisano suyo bajo su protección comiendo en su casa cada día durante tres años.

Por otro lío de faldas que acabó en trifulca fue desterrada y abandonó la ciudad acabando enrolada en un gran ejército de cinco mil hombres que batallaba en las campañas contra los indios en el interior de Chile. Participó en cuatro o cinco escaramuzas en las que relata que aplicaron serios correctivos a los indios, pero en una ocasión las cosas se pusieron muy feas y cayeron muchos soldados alrededor suyo. La compañía estaba siendo masacrada y los indios arrebataron el pendón, a lo cual ella y dos soldados más se lanzaron a caballo tras la bandera. Primero cayó un compañero, luego de un golpe de lanza el otro pero ella, en medio del caos de la batalla, hirió mortalmente al cacique y aunque también herida en una pierna logró regresar con la bandera, hazaña que le valió el ascenso a alférez.

Fue alférez durante cinco años en los que batalló contra diferentes caudillos indios en la zona, siendo herida de flecha en varias ocasiones hasta que obtuvo plaza para volver a la más tranquila ciudad de Concepción.

Pero a Catalina parece que la vida no le deparaba largas temporadas tranquilas estuviese donde estuviese, y en medio de una partida de cartas se volvió a liar una riña que acabó con dos muertos atravesados por su espada. Tuvo que huir a una iglesia y allí estuvo encerrada seis meses hasta que las cosas se calmaron. Los amigos la iban a visitar de manera frecuente al templo y cierto amigo suyo llamado Juan de Silva le pidió si podía hacer una excepción y salir esa noche para acompañarle en un duelo en el que cada contendiente había de ir acompañado de un amigo.

La prudencia aconsejaría a cualquiera no acudir, pero la prudencia y Catalina nunca fueron muy buenas compañeras.

El duelo empezó a las once en punto de la noche y se enzarzaron a espadazos los dos contendientes. Al poco, los dos acompañantes también estaban cruzando los aceros y Catalina, de un certero estoque atravesó el pecho de su rival.

Había matado a su hermano Miguel.

Huida a Argentina y campanas de boda

El revuelo por la muerte del capitán Miguel de Erauso fue colosal y sólo la más que firme determinación de los frailes impidieron que sacasen a Catalina de suelo sagrado. Catalina quedó muy afectada por haber matado a su propio hermano, y sabiendo que fuera de la iglesia le esperaba un juicio del que no escaparía con vida, se las ingenió para huir a Tucumán.

La huida a Tucumán fue un infierno. Empezó a caminar por la costa junto a dos hombres más, que a saber de qué huían también, y no hallaban ni agua ni comida por el camino. Tras comerse los caballos, vagaron penosamente por las montañas bajo un frío intenso. En medio de las penurias del viaje se alegraron sobremanera de encontrarse a dos hombres arrimados a una peña, y cuando se acercaron a ellos se dieron cuenta que estaban muertos y congelados con una sonrisa macabra en sus rostros que les causó verdadero pavor. Y es que estaban atravesando los Andes.

Uno tras otro, sus compañeros murieron y ella continuó de manera penosa su camino y al límite de sus fuerzas dos jinetes la recogieron y la llevaron a una finca cercana. La finca era propiedad de una viuda que se alegró de su presencia, ya que dado lo apartado de su ubicación no aparecían muchos españoles por allí. La viuda cuidó durante días a Catalina, le proporcionó ropa y cuidados, y cuando estaba restablecida la amable viuda le ofreció ser el cabeza de la heredad casándose con su hija. Según las propias palabras de Catalina «era muy negra y fea como un diablo» pero, quizás en agradecimiento por los cuidados, accedió a la boda. Con tal efecto se trasladaron a Tucumán pero allí Catalina desapareció y nunca más la volvieron a ver. Ni la hija de la viuda, ni la sobrina del canónigo de Tucumán con la que también tuvo tiempo de prometerse en su corta estancia en la hoy ciudad argentina.

Su siguiente parada fue Potosí donde, para no perder la costumbre, se metió en jaleos de los que tuvo que huir enrolándose en una compañía militar recalando en Los Chuncos, donde batallaría de nuevo contra indios de guerra.

Tras huir de noche por unas diferencias de criterio con el capitán, recala en La Plata y se acomoda a las órdenes de un rico capitán vizcaíno llamado Francisco de Aganumen y al cual abandonó por ciertas discusiones con un amigo suyo. Paró entonces en casa de una viuda, Catalina de Chaves, y trabajó al servicio suyo.

Apenas llevaba unos días en esa casa cuando la viuda Catalina fue a la iglesia y por razones que se desconocen discutió agriamente con otra dama, doña Francisca Marmolejo y ésta le arreó un zapatazo a la viuda que desembocó en una riña monumental de la que hubo que separarlas. La segunda se quedó en la iglesia a la espera que su marido viniese a recogerla y la viuda se fue a su casa acompañada de sus amistades que intentaban calmarla.

El marido de la señora Marmolejo fue a buscarla acompañada de los alguaciles pero cuando volvían a casa, ya de noche, se toparon con una reyerta a cuchilladas y los guardias fueron a sofocarla quedándose doña Francisca sola con su marido. En esas pasó un indio corriendo y le rajó de punta a punta la cara con un cuchillo a la señora. Fue tan rápido todo que el marido no se percató de lo ocurrido y cuando así lo hizo se organizó tal jaleo de voces, correrías y cuchilladas de nuevo, que despertó a media ciudad.

Nuestra protagonista estaba en casa de su dueña cuando entró el indio y le dijo a la señora de la casa «Ya está hecho» y todos los presentes se temieron lo peor.

Las diligencias investigatorias se demoraron tres días, al cabo de los cuales entró el corregidor a la casa a interrogar a la viuda. Le tomó juramento y le preguntó si sabía quién había rajado la cara a doña Francisca a lo que ella contestó que sí. El corregidor le preguntó entonces «quién», y ella contestó «una navaja y esta mano«. El funcionario se fue pero dejó guardas en la casa.

Cuando volvió interrogó uno a uno a los presentes en la casa y al llegar a un indio, le atemorizó con torturarlo si no decía la verdad. Entonces, el indio dijo que había sido nuestra Catalina que vistiéndose de indio con ropajes y peluca propios, y un cuchillo provisto por un barbero había rajado la cara a la señora, y al acabar el trabajito había entrado en la casa diciendo a la viuda «Ya está hecho«.

Inmediatamente fue presa y torturada en el potro hasta que llegó una nota de la viuda, el corregidor la leyó y ordenó parar el potro pero Catalina pasó a prisión tiempo indeterminado hasta que salió el juicio, en el que quedó libre en lo que ella define como un milagro de los que solo se dan en tierras americanas.

La llegada a Perú de la monja alférez

Una vez libre, huyó de la ciudad para recalar en Las Charcas en el actual Perú, en la que entabla relación con su antiguo amigo, Juan López de Arguijo, que le encarga ciertos negocios que ella cumple con diligencia y, una vez más, cuando parece que la vida se le presenta plácida y cómoda, en una partida nocturna discute con otro jugador dándole muerte y otra vez vuelta a empezar, acogiéndose en sagrado hasta poder huir de noche de la ciudad con destino incierto.

Aterriza en Piscobamba, también Perú, pasa unos días en casa de un amigo, Juan Torrico, y a los pocos días, otra vez a las andadas: discute en una partida de cartas con un portugués.

La cosa no llega a mayores gracias a que todos los presentes interceden para frenar la disputa y, aparentemente, la cosa acaba entre risas y bromas. A los pocos días, el portugués la asalta de noche y en la reyerta, éste muere. Sin testigos del hecho, abandona el lugar y se recoge en casa de su amigo pero a la mañana siguiente se presenta el corregidor de la ciudad y la detiene.

La acusan de asesinato y la condenan a muerte. La conducen a un lugar apartado y la hacen subir al cadalso, le colocan la soga al cuello y en el último momento llega a caballo un mensajero que trae una misiva del gobernador para paralizar la ejecución.

Pasó veinticuatro días más en prisión y al final vuelve a ser puesta en libertad.

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La monja alférez aterriza en Bolivia

Tras tan amargo trago recala en Cochabamba, actual Bolivia, y por cuenta de su amigo Juan López de Arguijo, cierra unos asuntos de éste con un tal Pedro de Chavarría, en la casa del cual se hospeda mientras dura el negociado. Liquidados con gran eficacia los asuntos y ya estando en la calle marchando de la ciudad montada en una mula, en la casa de Chavarría se empiezan a escuchar gritos y golpes y María de Dávalos, la esposa de éste, desde la ventana le pide que se la lleve con ella al tiempo que se arroja desde el primer piso. Aparecen unos frailes que le insisten en que se la lleve ya que el marido, Chavarría, la había encontrado en la cama con el sobrino del obispo, lo había matado y ahora estaba intentando matarla a ella también. En cuestión de segundos ya estaban saliendo de la ciudad los dos montados en una mula, y no pararon hasta bien entrada la noche en el Río de la Plata donde, una vez cruzado, pararon en una venta a descansar tanto ellos como la montura.

Al día siguiente les dio caza el marido, que venía persiguiéndolos y se abalanzó sobre Catalina, y en la riña a espada entraron en una iglesia para gran escándalo de los allí presentes. Él, que debía ser muy diestro, la hirió dos veces y en el mismo altar, cuando parecía que ella lo tenía ya muy mal, consiguió darle un estocazo en las costillas. A esas alturas del espectáculo no cabía un alma en la iglesia y la justicia tuvo problemas para abrirse paso entre el gentío y llegar a detenerla. Aprovechando la confusión, unos frailes la sacaron y llevaron al convento cercano de San Francisco donde la curaron y allí permaneció por cinco meses, tras los cuales y aclarado el asunto con el marido burlado, la dejaron libre.

Su siguiente ocupación fue como alguacil en Mizque, Bolivia, y se le encomendó investigar unos hechos denunciados y acaecidos allí, pero cuyos sospechosos se encontraban en Piscobamba . Y allá que fue de nuevo en su papel de representante de la justicia en busca de Francisco de Escobar, un alférez al que se le acusaba de robar y asesinar a dos indios. La investigación de Catalina dio sus frutos, localizando los dos cuerpos enterrados en su casa, lo cual le valió ser condenado a muerte en la horca al acusado.

Tras este asunto viaja a La Paz y en una discusión mata con la daga a su adversario. La detienen y la condenan a muerte. Otra vez.

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Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz
Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz

Vuelta a Perú

Por una serie de acontecimientos que no se aclaran en su biografía pero tras los que seguramente está la mano de algún amigo detrás, los frailes la protegen y cierta noche la proveen de una mula y dinero, y consigue escapar amparada en la oscuridad rumbo a Cuzco.

En Cuzco, ciudad que le maravilla, a los pocos días le acusan del crimen del corregidor Don Luis de Godoy, crimen que ella no cometió. Estuvo meses detenida hasta que, aclaradas las circunstancias, demostrada su inocencia y detenido el verdadero autor, vuelve a quedar libre.

Marcha a Lima y se encuentra que la ciudad está siendo atacada por una flota holandesa. Se enrola en las tropas de defensa y su barco es hundido por los holandeses pereciendo toda la tripulación menos ella, un fraile y otro soldado que son recogidos por un barco enemigo.

Estuvo presa de los holandeses durante veintiséis días, maltratada tanto ella como sus compañeros, y cuando se temía que, o los mataran o se los llevaran presos a Holanda, los liberaron en una playa abandonados a su suerte.

Consigue volver a Lima, permaneciendo allí por espacio de siete meses y se compra un caballo con el que viajar a Cuzco. Estando un día por la ciudad paseando a lomos del animal, se le acercan los guardas y le piden que les acompañe. La llevan a una plaza en la que está el alcalde y dos soldados. Los soldados le acusan de haberles robado el caballo y ella, totalmente desprevenida, balbucea como una delincuente y cuando le mandan ir detenida, en un acto de rapidez mental, echa la capa encima de la cabeza del animal y les pregunta a los soldados que de qué ojo es tuerto el caballo. El primer soldado dice que el izquierdo y el otro que el derecho para cambiar rápidamente al izquierdo también.

El alcalde duda de la versión de los soldados y Catalina en ese momento retira la capa para enseñar que no le falta ningún ojo al animal.

Sale airosa del trance y los dos soldados acaban detenidos.

Ya en Cuzco de nuevo, se topa en una partida de cartas con un personaje al que le llamaban el Nuevo Cid, un gigante pendenciero que le intentó robar dinero. Al segundo intento le clavó la mano a la mesa con la daga y a partir de aquí se organizó el consabido intercambio de golpes, estocadas y porrazos acostumbrados, que acabó trasladándose a la calle entre gritos y empujones.

Una vez en la calle, entre el Nuevo Cid y sus amigos le dieron varias estocadas, y viendo que echaba un mar de sangre por varias heridas la dieron por muerta. Se marcharon y ella se levantó ciega de venganza y localizó a este personaje en la puerta de una iglesia. Al verla, éste le espetó ¿Perro, vives todavía? y se enzarzaron de nuevo hasta que Catalina le mete la espada en la misma boca del estómago, matándolo.

Ella cae también desfallecida y con grandes heridas, y es llevada a curar siendo operada perdiendo la conciencia durante catorce horas. Fue retenida los meses que duró su curación hasta que sus múltiples amistades la proveyeron de mulas, dos esclavos negros y dinero para facilitar, una vez más, su enésima huida.

La escapada la hacía en compañía de los dos esclavos y de dos amigos vizcaínos pero antes de llegar al puente en el que acababa la jurisdicción de Cuzco, había un grupo de ocho hombres, amigos del Nuevo Cid en busca de venganza, que les cortaban la huida. Se lía la consabida escaramuza que acaba con tres cadáveres en el suelo y Catalina pasando al otro lado del puente.

Lejos ya de las garras de la justicia de Cuzco, sintiéndose más liberada, en Guancavélica se le presenta un alguacil que la reconoce y pretende detenerla con el resultado del alguacil muerto de un disparo y su ayudante atravesado de una estocada. Roba un caballo y sale pitando de allí hacia Guamanga sin mirar atrás.

En un descanso a la orilla de un río ve aparecer a tres jinetes y les pregunta desde la otra orilla que qué se les ofrece y le contestan que la vienen a prender. Catalina enseña dos pistolas a lo que los otros se excusan diciendo que sólo son unos mandados y le desean buen viaje. Ella en agradecimiento les deja tres doblones encima de una piedra y se marcha.

Entra en Guamanga y un soldado le compra el caballo por una buena cantidad y se dedica a recorrer, maravillada, la ciudad pareciéndole de las mejores que ha visto en el Nuevo Mundo. Para variar, se mete en una casa de juego y un corregidor la intenta detener al sospechar que ése es el vizcaíno buscado por los desmanes de Cuzco. Se monta un jaleo en la casa de juego y consigue, con esfuerzo y a base de pistola y espada, salir a la calle a trompicones huyendo a refugiarse a casa de un amigo en la que se resguarda unos días esperando que amaine la situación.

La paciencia no era una de sus virtudes y una noche sale y se topa con una pareja de guardias que le dan el alto y le preguntan quién va. Ella responde «El diablo» y ya tenemos liado otro altercado a espadazo limpio. Empieza a llegar gente gritando, el mismo corregidor hace acto de presencia y cae alguien de un mandoble, los heridos aullando de puro dolor y se organiza una trifulca monumental.

De manera providencial aparece por una calle el mismísimo obispo de la ciudad acompañado de cuatro soldados, la coge del brazo, le pide que entregue las armas que con él estará a salvo, y se dirige al corregidor diciéndole que se hace cargo de ella llevándosela a su casa para curarle las heridas.

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Una vez en su residencia, le da de cenar y posteriormente la encierra en una habitación. Al poco tiempo el corregidor entra en la casa y mantiene una larga conversación con el obispo.

A la mañana siguiente, a primera hora, el obispo Agustín de Carvajal, un agustino natural de Cáceres, la hace llamar para tener una larga charla con ella en la que le pregunta de manera intensiva por su nombre, sus orígenes, de dónde viene, a dónde va, todo lo que ha hecho…

Ella se derrumba viéndolo tan «santo varón» y le explica paso por paso toda la verdad sobre su vida: que es mujer, que escapó de un convento, que se embarcó para América, sus duelos y las muertes que dejó detrás de sí.

Durante toda esta larga confesión el obispo no habló, ni pestañeó. Estaba absorto escuchando la asombrosa historia y cuando acabó Catalina su relato, tampoco habló, sólo lloraba a lágrima viva.

La mandó a su cuarto a descansar y comer. Más tarde la volvió a llamar ante su presencia y la exhortó a preparar una confesión completa y que Dios ayudaría a lo que habría que hacer después.

Al día siguiente, el obispo dio misa a la que Catalina asistió y tras ella la invitó a que desayunase con él. La conversación giró en torno a su naturaleza femenina y Catalina, consciente que era algo difícil de creer, se ofrece para que «mediante matronas» compruebe su verdadero sexo. El obispo queda complacido por el ofrecimiento, la manda a descansar y al cabo de dos horas dos matronas aparecen en sus aposentos, hacen la comprobación pertinente y, bajo juramento, informan al obispo del resultado y de que Catalina era «virgen intacta«. Éste, enternecido, la abraza y se le ofrece para ayudarle en cuanto necesite de ese momento en adelante.

La instaló en un cuarto más confortable y ella fue preparando la muy extensa confesión. Así la hizo, el obispo le dio la comunión.

El caso se hizo popular en la zona y empezó un goteo incesante de personas que querían conocer a Catalina. A los seis días el obispo decidió que ingresaría en el único convento de la región, el convento de monjas de Santa Clara de Guamanga y le mandó ponerse el hábito y caminaron juntos el camino hasta dicho convento con tanta afluencia de gente que no quería perderse el espectáculo que, según sus propias palabras, «no hubo de quedar persona alguna en la ciudad que no viniese «. Abriéndose paso entre el gentío llegaron por fin a su destino, el obispo la abrazó, le echó una bendición y se marchó mientras ella entraba en el convento.

Fue la última vez que se vieron ya que el obispo fallecería cinco meses más tarde.

La noticia empezó a correr como la pólvora por todo el virreinato y todas las personas que se habían cruzado en la vida y correrías de Catalina quedaban maravillados de saber que era una mujer, magnificando y amplificando aún más la leyenda.

Tras unos meses de estancia en el convento y ya fallecido el obispo, requiere su presencia el arzobispo de Lima. Para el viaje se habilita un litera con la compañía de «seis clérigos, cuatro religiosos y seis hombres de espada».

A pesar de que la entrada en Lima fue ya de noche, la multitud que se agolpaba para ver de cerca a la «monja alférez» hizo difícil el tránsito hasta la casa del señor arzobispo. Una vez acomodada, pasa la noche y al día siguiente es requerida por el mismísimo virrey, don Francisco de Borja, conde de Mayalde, príncipe de Esquilache, que le ofreció una comida en su honor.

Al día siguiente, el arzobispo le dice a Catalina que escoja de entre todos los conventos de la ciudad en cuál quiere ingresar, a lo que ella le pide permiso para verlos todos decidiéndose al final por el de la Santísima Trinidad.

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Regreso a España

Y allí estuvo, en una vivencia tranquila y sosegada, por espacio de dos años y cinco meses tras el que decide volver a España.

Tras un largo periplo por el virreinato, por fin embarca en la nave capitana de la armada del general Tomás de Larraspuru el cual la recibe con gran educación y cortesía. Y así fue hasta pasadas doscientas leguas de viaje en el que en una partida tuvo que marcarle la cara a cuchillo a otro jugador, cosa que inquietó mucho a don Tomás que ordenó que la cambiaran de barco por el resto de la travesía.

La flota llega a Cádiz el día uno de noviembre de 1624 permaneciendo en la ciudad por espacio de ocho días durante los cuales fue agasajada por don Fadrique de Toledo, general de la armada que tenía empleados a dos hermanos suyos a los que tuvo oportunidad de conocer.

De Cádiz pasó a Sevilla donde estuvo dos semanas para luego ir a Madrid. Allí se puso al servicio del Conde de Javier con el que viajó hasta Pamplona.

De Pamplona, dejando allí al Conde de Javier, partió a Roma, por ser el año santo del Grande Jubileo. Tomó camino por Francia ,y pasó grandes disgustos, porque, pasando el Piamonte y llegando a Turín, achacándole ser espía de España, la detuvieron y le quitaron todo el dinero y pertenencias. Al cabo de cinco días la dejaron libre pero con la prohibición de seguir su camino so pena de galeras, ante lo cual tuvo que volver por Francia a pie y mendigando. Llega a Toulouse y se presenta ante el Conde de Agramonte, virrey de Pau y gobernador de Bayona, para el cual, a la ida, ya había traído y entregado cartas de España. El conde, al verla, se compadeció y mandó entregarle ropa y proporcionarle cien escudos y un caballo.

Emprende camino a Madrid y en agosto de 1625 se presenta ante Felipe IV con un memorial de todas sus hazañas suplicando que le recompense por sus servicios. Éste la deriva al Consejo de Indias y allí la premian con 800 escudos.

Decide un año más tarde partir para Barcelona, y en compañía de tres amigos emprende el viaje. Pasado Lérida, en Velpuche (Bellpuig), les salen al encuentro nueve bandoleros que les roban todo: caballos, ropas, dinero… y aún dieron gracias que les dejaron con vida aunque prácticamente desnudos que es como tuvieron que llegar a Barcelona. Se separó de sus amigos y, consiguiendo unos harapos de la caridad, se presentó ante el Marqués de Montes Claros, al cual conocía de su anterior estancia en Madrid, y en cuya casa se encontraba el rey Felipe IV al haber acudido a la reunión de las Cortes de Aragón. Hizo el Marqués por que Catalina fuese recibida por el mismísimo rey que, conmovido y sorprendido, le preguntó: «¿Pues cómo os dejasteis robar?» a lo que ella respondió: «Señor, no pude más.». El rey: «¿Cuántos eran?» Dijo ella: «Señor, nueve, con escopetas, altos los gatos, que nos cogieron de repente al pasar unas breñas

La monja alférez en Italia

El rey le concede ayuda y se embarca en la galera San Martín rumbo a Génova. Una vez allí va a visitar a un personaje importante, pero estando esperando audiencia «un hombre bien vestido, soldado galán, con una gran cabellera, que conocí en el habla ser italiano » le faltó el respeto a ella y a todos los españoles, y aquello acabó como nos podemos imaginar: un duelo al que se fue uniendo gente que pasaba por allí, cayó más de uno y hubo un momento que -según sus palabras- «ya no tenía sentido» así que huyó a su galera dejando que el tiempo sepultara el incidente.

En cuanto pudo huyó de Génova y se encaminó a Roma, donde la recibió el papa Urbano VIII al cual le refirió toda su vida y andanzas, poniendo hincapié en su condición de mujer y virgen. Extrañado pero con afabilidad, le concedió permiso para seguir vistiendo como hombre pero urgiéndole a que se condujese por el camino recto, no entrando en ofensas al prójimo y temerosa de Dios.

El caso de Catalina fue muy célebre en Roma y durante el mes y medio que estuvo allí fue invitada y regalada por príncipes. Lo que con más cariño recordaba era que fue invitada por una representación del senado romano y fue nombrada ciudadana romana de honor.

De Roma pasó a Nápoles y de ahí embarcó a España pero la narración, bien sea porque se detuvo aquí, bien sea porque se ha perdido, no continúa.

Resumen final

Si seguimos al detalle el periplo de Catalina, nuestra protagonista ha realizado bajo varios seudónimos masculinos (Alonso Díaz Ramírez de Guzmán fue el que más tiempo utilizó) 52.967 agotadores kilómetros según la herramienta de Google Maps y los parámetros de hoy en día. Casi una vuelta y media al mundo.

Ella los hizo en galeones, carretas, a caballo o a pie, y en las condiciones propias de hace cuatrocientos años.

Si no nos fallan las cuentas se vio involucrada hasta en veintiún incidentes graves, dio siete veces con sus huesos en la cárcel, sobrevivió a dos naufragios en el océano y al posterior cautiverio por parte de los holandeses. Mató a catorce personas (su propio hermano entre ellos), amén de batallar en varias ocasiones contra indios araucanos de guerra.

Un escalofriante balance.

Realmente, una vida de película. De película de Tarantino.

La monja alférez en el teatro

La monja alférez, versión teatral

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1 comentario en «La monja alférez»

  1. Hace años vi la película que dicho sea de paso no está nada mal pero su realidad supera con creces lo reflejado en la película.
    Saludos
    Lorenzo

Los comentarios están cerrados.