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Pintura de José García Ramos que muestra una pelea a farolazos en una procesión del rosario de la aurora

Cuando decimos «no hay tu tía», la tía no pinta nada: la frase viene de un ungüento árabe para los ojos. Y «a buenas horas, mangas verdes» se acordaba de una policía que llegaba siempre tarde, la marimorena era (dicen) una tabernera de Madrid y las cuentas del Gran Capitán, una respuesta legendaria a Fernando el Católico. Repasamos el origen de ocho frases hechas, separando lo que cuentan los documentos de lo que cuenta la tradición, que no siempre coinciden.

A buenas horas, mangas verdes

La Santa Hermandad nació en las Cortes de Madrigal de 1476, por iniciativa de Isabel la Católica, para unificar las hermandades que desde siglos atrás perseguían a los delincuentes por los caminos de Castilla. La pagaban los concejos, juzgaba sobre la marcha y aplicaba la pena en el acto, y algunos estudios la consideran el primer cuerpo de policía de Europa con una organización y una administración propias. Duró hasta 1834.

Portada de piedra del siglo XV de la sede de la Santa Hermandad en Toledo
Portada de la sede de la Santa Hermandad en Toledo, del siglo XV. Foto: José Luis Filpo Cabana (CC BY 3.0).

Sus hombres llevaban un coleto, un chaleco de piel sin mangas que dejaba a la vista las de la camisa, que eran verdes. Por eso se les llamaba «mangas verdes», o «cuadrilleros», porque patrullaban en cuadrillas. Y como tenían fama de presentarse cuando el ladrón ya estaba lejos, su retraso acabó convertido en refrán: «a buenas horas, mangas verdes» se dice de la ayuda que llega cuando ya no hace falta. Según Historia y Vida, el modismo surgió en el siglo XVII, aunque se documenta sobre todo a partir del XIX.

No hay tutía

La atutía, o tutía, era un medicamento de origen árabe (del árabe hispánico attutíyya) que se usaba sobre todo para los ojos. Se sacaba del hollín que quedaba pegado en las paredes de los hornos donde se fundía el cobre: óxido de zinc con otras sales, reducido a polvo o a ungüento. Un diccionario de 1770 todavía lo definía así.

Con el tiempo, «tutía» pasó a significar «remedio», y cuando algo no tenía arreglo se decía que no había tutía. Por falsa separación, la expresión se convirtió en «no hay tu tía», una forma que la Real Academia también admite, con el sentido de que no hay remedio.

Armarse la marimorena

Armarse la marimorena es armarse una riña de las gordas. Según cuenta Almudí, el origen está en una taberna de las Cavas de Madrid, en el barrio de La Latina, hacia 1579: sus dueños, Alonso de Zayas y su mujer, María Morena, acabaron ante la justicia por los desórdenes del local. La versión popular añade que el tabernero servía vino aguado y guardaba uno bueno para los visitantes distinguidos, y que un día un parroquiano exigió el bueno, la tabernera se negó y la discusión acabó en una trifulca de grandes proporciones. El propio artículo lo presenta como algo que «se cuenta».

Acabar como el rosario de la aurora

Los rosarios de la aurora son procesiones que recorren las calles rezando o cantando el rosario, y se extendieron por muchas zonas de España desde finales del siglo XVII. Llegó a haber tantos que en 1781 una Real Orden mandó al gobernador del Consejo y al arzobispo de Toledo ponerse de acuerdo para limitarlos. El diccionario recoge la expresión «acabar como el rosario de la aurora», que a veces se alarga: «acabar a farolazos, como el rosario de la aurora». Sobre su origen se barajan varias versiones: hechos ocurridos en distintos lugares y momentos, o la coincidencia de más de un rosario en las mismas calles, como pasó en Toledo.

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Quien fue a Sevilla perdió su silla

Este tiene detrás un episodio documentado. En 1464, Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, envuelto en las luchas de los nobles gallegos y en un escándalo por el intento de pagar su rescate con dinero y joyas de la catedral, cambió la sede con su tío materno, también Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla: cada uno se fue a la del otro como administrador. El tío arregló los problemas de Santiago en menos de cinco años, pero cuando quiso volver a Sevilla, en 1469, el sobrino se negó.

Hizo falta la intervención armada del duque de Medina Sidonia y de Beltrán de la Cueva, una visita de Enrique IV a Sevilla y una bula papal para que el sobrino obedeciera. De ahí, según la Wikipedia, el dicho «el que se fue de Sevilla perdió su silla», que hoy se dice «quien fue a Sevilla perdió su silla» y se aplica a quien deja su sitio y se lo ocupan.

A enemigo que huye, puente de plata

El refrán aconseja dejar escapar al enemigo que huye en lugar de acorralarlo, y Cervantes ya lo daba por sabido. En la segunda parte del Quijote (capítulo LVIII), cuando una manada de toros pasa por encima del caballero, este sale corriendo tras ella gritando que él no es «de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata». Los toros no se detuvieron.

Las cuentas del Gran Capitán

Retrato de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, con armadura
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, retratado por Eduardo Carrió hacia 1877. Museo del Prado (dominio público).

Puede que no sea más que una leyenda, y así lo presenta la Wikipedia. Cuentan que Fernando el Católico pidió a don Gonzalo cuentas de en qué había gastado el dinero del reino. Don Gonzalo se lo tomó como un insulto, y de su respuesta hay varias versiones; la más común empieza con «por picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo, cien millones de ducados», sigue con limosnas para que frailes y monjas rezaran por los españoles, guantes perfumados para que los soldados no olieran el hedor de la batalla y campanas averiadas de tanto repicar a victoria, y termina con cien millones más «por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino».

Cierta o no, la anécdota dejó la expresión: unas cuentas del Gran Capitán son unas cuentas exageradas, imposibles de cuadrar, o las que alguien pide sin tener derecho a pedirlas.

Más cuento que Calleja

Grabado con el retrato de Saturnino Calleja, con barba y bigote, publicado en 1890
Saturnino Calleja en La Ilustración Española y Americana, 22 de diciembre de 1890 (dominio público).

Saturnino Calleja nació en Burgos en 1853 y en 1879 compró la librería que su padre había abierto en Madrid. La convirtió en la Editorial Calleja, que llegó a ser la más popular de España, Hispanoamérica y Filipinas: publicó unos tres mil títulos, entre ellos libros de texto, diccionarios, ediciones del Quijote y la primera completa de Platero y yo, y en 1899 vendió 3,4 millones de volúmenes.

Lo que la hizo famosa fueron sus cuentos ilustrados a 5 y 10 céntimos, al alcance de cualquier bolsillo infantil. Medían unos cinco centímetros de ancho por siete de alto, y los niños los coleccionaban como cromos. De ahí, según la Wikipedia, la expresión «tienes más cuento que Calleja», que juega con el otro sentido de «cuento» y se dice de quien exagera o se inventa las excusas.

La traductora Rosina Iglesias explica la frase en su canal:

Explicación de la frase hecha «a buenas horas, mangas verdes»

Documentos y tradición

De las ocho frases, las que tienen detrás un episodio o un objeto documentado son la de los mangas verdes, la de la tutía, la de Fonseca y la de Calleja. En la marimorena, el rosario de la aurora y las cuentas del Gran Capitán pesa más lo que se cuenta que lo que consta.

Otras historias del blog: el guiri y la luna de Valencia, estar en Babia y el quinto pino y ¡Gerónimo! y hacerse el sueco.

Lee también: Tener buena o mala pinta: el origen de la expresión y Por qué se llama brazo de gitano: el origen del nombre

Fuentes consultadas

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