Saltar al contenido

Gloomy Sunday y el Club de las Sonrisas: la Budapest de los años treinta

En los años treinta, Hungría tenía una de las tasas de suicidio más altas del mundo, y la prensa extranjera llamaba a Budapest «la ciudad de los suicidios». Para colmo, en 1933 un pianista llamado Rezső Seress compuso una canción tan triste que la leyenda la culpó de decenas de muertes, sin una sola prueba: Gloomy Sunday. Y, por las mismas fechas, según los periódicos de medio mundo, alguien abrió en la ciudad un club para enseñar a la gente a sonreír como Clark Gable o la Mona Lisa.

El Tratado de Trianón había dejado a Hungría desmembrada y con la economía hundida. A eso se sumaban el paro, la inflación y una pobreza que alcanzaba tanto a obreros como a aristócratas venidos a menos.

Hungría llegó a tener una de las tasas de suicidio más altas del mundo, y la prensa de la época contaba que las autoridades habían apostado lanchas patrulla junto a los puentes del Danubio para rescatar a quienes intentaban arrojarse al río.

La banda sonora del desastre: «Gloomy Sunday»

En 1933, el pianista y compositor Rezső Seress compuso una melodía que acabaría con un apodo inquietante: la canción suicida de Hungría.

La letra original, por cierto, no hablaba de amores desgraciados sino del fin del mundo: Seress la tituló Vége a világnak («Se acaba el mundo»), un alegre repaso a la desesperación de la guerra, por si a alguien le faltaban motivos. Fue el poeta László Jávor quien le puso la letra que triunfó, la de un hombre que llora a su amada muerta un domingo cualquiera y decide reunirse con ella. Con eso, el éxito estaba garantizado: en 1936 la canción cruzó el Atlántico de la mano de Hal Kemp y Paul Robeson, que grabaron las primeras versiones en inglés.

Su título más célebre, Szomorú Vasárnap («Domingo triste»), fue rápidamente señalado por los tabloides sensacionalistas y por el imaginario colectivo como culpable de suicidios: la prensa de los años treinta llegó a atribuirle al menos un centenar, en Hungría y en Estados Unidos, casi todos imposibles de comprobar.

No existían, por supuesto, pruebas de tal relación, pero la historia se propagó deprisa y fue creciendo hasta alcanzar proporciones de mito urbano. Se dijo incluso que las emisoras húngaras la habían prohibido, algo de lo que no hay constancia y que huele sospechosamente a campaña promocional. Lo que sí ocurrió es que algunas emisoras y clubes de Estados Unidos vetaron la versión de Paul Robeson.

En 1941, Billie Holiday la grabó y la convirtió en un lamento hipnótico. Tan eficaz resultó que la BBC vetó su versión cantada, por «perjudicial para la moral en tiempos de guerra», aunque dejaba sonar las instrumentales. En 2002, el veto ya era historia.

El propio Seress nunca logró componer otro éxito parecido, y tampoco quiso ir a Estados Unidos a cobrar sus derechos: siguió de pianista en el Kispipa, un restaurante de Budapest, y vivió con estrecheces buena parte de su vida. Judío, había pasado por un campo de trabajo nazi. Se quitó la vida en enero de 1968, y la leyenda se apresuró a sumarlo a la lista.

Y como todo mito que se precie, acabó en el cine: en 1999, la película germano-húngara Gloomy Sunday – Ein Lied von Liebe und Tod le inventó a la canción un origen romántico a la altura de su leyenda, con triángulo amoroso incluido.

Sonríe o muere: nace el Club de las Sonrisas

En medio de aquel ambiente, según la prensa de la época, dos hombres decidieron que la cura del abatimiento nacional podía ser algo tan sencillo como enseñar a la gente a sonreír.

Recorte del Sunday Times de Perth de 1937: «City of Suicides becomes City of Smiles»
El Sunday Times de Perth, el 17 de octubre de 1937: «La ciudad de los suicidios se convierte en la ciudad de las sonrisas». Imagen: Trove, Biblioteca Nacional de Australia

Así nació el Club de las Sonrisas, con un aire a sketch de los Monty Python.

El cerebro detrás del invento fue un tal «profesor» Jenö, que se alió con un hipnotizador al que el Sunday Times llama Binczo y Life, Vincze. Según el periódico australiano, el club empezó «más como una broma».

El club se anunciaba en los periódicos, como cualquier academia.

Según relataba el Sunday Times de Perth el 17 de octubre de 1937, aquella ocurrencia acabó convertida en una escuela con todas las de la ley, con tarifas que variaban según la dificultad. Su propósito declarado: enseñar el noble arte de sonreír como antídoto contra la melancolía.

Y no se trataba de cualquier sonrisa, de esas que uno lanza por compromiso en la cena de empresa: el club ofrecía todo un catálogo de modelos.

Sonríe como Roosevelt, Clark Gable o la mismísima Mona Lisa

Los alumnos del Club de las Sonrisas podían escoger entre un surtido de sonrisas modelo, cuidadosamente copiadas de celebridades y figuras públicas del momento. Había donde elegir: la sonrisa diplomática y contenida de Roosevelt, ideal para reuniones tensas; la sonrisa galante y cinematográfica de Clark Gable; la sonrisa inocente de Loretta Young, pura dulzura de celuloide; o la misteriosa, casi esotérica sonrisa de la Mona Lisa, que llevaba siglos desafiando a los imitadores.

Los cursos no eran baratos. Según la revista Life del 6 de septiembre de 1937, aprender a sonreír como Roosevelt podía costar hasta 500 dólares de la época y llevaba seis semanas, con sesiones tan meticulosas que uno debía de salir del aula con los músculos de la cara como si hubiera masticado piedra pómez.

Un instructor del Club de las Sonrisas enseña la sonrisa de la Mona Lisa sobre un cartel
Un instructor del Club de las Sonrisas señala la sonrisa de la Mona Lisa. Fotografía de prensa de 1937

La sonrisa de la Mona Lisa, en cambio, era más asequible, aunque mucho más difícil de dominar. Los instructores recurrían a carteles con ejemplos y a máscaras que obligaban a sonreír, técnicas más expresionistas que psicológicas, como si el propio Doctor Caligari hubiera abierto un taller de risoterapia.

Una historia entre el esperpento y la genialidad

Aunque cueste creerlo, el Club de las Sonrisas dio la vuelta al mundo en periódicos y revistas. Según Life, el «profesor» Jenö tenía 45 alumnos, que preferían gastarse el dinero en una sonrisa de fábrica antes que tumbarse en el diván de un psicoanalista.

Claro que la propia Life lo despachó como un engaño. Lo cual, bien mirado, convertiría al Club de las Sonrisas en la broma más lograda de toda esta historia: la única que hizo sonreír de verdad.

Una familia posa con sonrisas sujetas con cinta junto a un retrato sonriente de Franklin D. Roosevelt
Una familia posa con sonrisas sujetas con esparadrapo junto a un retrato sonriente de Roosevelt. Fotografía de prensa de 1937

Real o inventado, el Club de las Sonrisas dice mucho de la Hungría de entreguerras: hasta para sonreír había que pagar.

Vídeo: la versión de Billie Holiday

Esta es la grabación de 1941 que la BBC no quiso emitir durante la guerra:

Billie Holiday - Gloomy Sunday (Take 1 - Official Audio) ft. Teddy Wilson

Si estás pasando por un mal momento, en España puedes llamar al 024, la línea gratuita y confidencial de atención a la conducta suicida.

La leyenda de la canción es de la misma estirpe que la de los lemmings que se arrojan en masa al mar o la del puente escocés del que saltan los perros. Y el Club de las Sonrisas tiene un primo lejano en el grito nocturno de los estudiantes de Flogsta, aunque allí, en vez de ensayar la sonrisa de Clark Gable, la gente se desgañita. Y la santa a la que los músicos dedican su día, también envuelta en leyenda: santa Cecilia, patrona de la música.

Lee también: Cicciolina, la actriz porno que se sentó en el Parlamento italiano y The Lion Sleeps Tonight y Solomon Linda, su autor olvidado

Fuentes consultadas

Siguiente historia

Christopher Lee, con abrigo y pajarita, saluda con la mano ante los fotógrafos en la Berlinale de 2012Cultura pop y rarezas modernasChristopher Lee: el barítono de las tinieblas que aprendió a rugirEn 2010, en la gala de los premios Golden Gods de la revista Metal Hammer, Tony Iommi, el guitarrista de Black Sabbath, entregó un premio a un señor de 88 años. Era…Leer la siguiente historia →
No te pierdas la próxima historia

Cada semana publicamos una nueva historia. Recíbela gratis en tu correo.

Cada semana, historias insólitas para mentes curiosas

Quién escribe

Comparte esta historia

¿Te gusta El Café de la Historia? Añádenos como fuente preferida y verás más historias nuestras en Google.