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Pintura de la erupción de la isla Ferdinandea en 1831, con una columna de humo y fuego y barcos observando alrededor

Como una botella de champán al descorcharse. Así describió el geólogo francés Constant Prévost la erupción que, a mediados de julio de 1831, sacó del mar una isla entre Sciacca, en la costa de Sicilia, y la isla de Pantelaria. En pocas semanas tenía una bandera británica, un decreto del rey de las Dos Sicilias y un nombre francés, y España también dijo que le interesaba, aunque sin desembarcar. Antes de fin de año, mientras los diplomáticos seguían discutiendo de quién era, el mar se la llevó. Hoy su cima está a unos nueve metros bajo el agua y, en teoría, sigue sin dueño.

Humo frente a Sciacca

A finales de junio de 1831 empezó a temblar la tierra en Sciacca, en el suroeste de Sicilia, y los seísmos causaron daños en la zona. El 4 de julio olía tanto a azufre que, según las crónicas, la plata se ennegrecía. El 13, desde San Domenico, cerca de Sciacca, se veía en el mar una columna de humo, y hubo quien pensó que era un vapor en llamas. Ese mismo día, el capitán del bergantín Gustavo vio burbujear el agua y lo atribuyó a un monstruo marino.

La isla asomó el 16 o el 17 de julio y creció deprisa: según los vulcanólogos del INGV, el instituto italiano de geofísica y vulcanología, llegó a medir unos 600 metros de diámetro y unos 60 de altura. Era un cono de ceniza y piedra suelta, a entre 40 y 50 kilómetros de la costa, con un cráter que, cuando paraba la erupción, se llenaba de agua de mar y formaba dos lagunillas humeantes, una de agua rojiza y salada y otra amarilla y con sabor a azufre.

Lámina: a la izquierda, la isla en erupción con una columna de humo y rayos; a la derecha, un plano de la isla con su cráter
La isla el 18 de julio de 1831, vista desde el HMS Rapid, y su plano, según Charles Henry Swinburne, en el primer volumen del Journal of the Royal Geographical Society. Wikimedia Commons (dominio público)

La guerra de las banderas

Los británicos fueron los primeros en clavar una bandera. Humphrey Fleming Senhouse, capitán de bandera del vicealmirante Hotham en el HMS St Vincent, se acercó en el cúter Hind y, según la Gazzetta di Malta, desembarcó el 2 de agosto, plantó la Union Jack y llamó a la isla Graham, por sir James Graham, primer lord del Almirantazgo. A la Royal Navy le venía de perlas: la isla quedaba más cerca del continente que Malta y servía para vigilar el tráfico del Mediterráneo.

Los británicos le tomaron cariño enseguida. Dos de ellos se sentaron a desayunar sobre la ceniza todavía caliente, en la que uno se hundía hasta los tobillos. Otro salió de Sciacca el 7 de agosto con una bandera para clavarla, vio cómo estaba el volcán y prefirió quedarse a una milla. La Royal Society y la Sociedad Geológica de Londres adoptaron el nombre de Graham.

Óleo: un navío de guerra británico con las velas desplegadas frente a una columna de humo que sale del mar
El HMS Melville frente a la isla en erupción, en 1831, en un óleo de un pintor británico anónimo. Wikimedia Commons (dominio público)

A Fernando II, rey de las Dos Sicilias, que tenía 21 años y no llevaba ni uno en el trono, lo de la bandera le sentó fatal. Desde Palermo salió la corbeta Etna, al mando del capitán de fragata Raffaele Cacace, y su capitán quitó la Union Jack. El 17 de agosto, el rey incorporó la isla a su reino por decreto y le puso su propio nombre, Ferdinandea, a propuesta del geólogo Carlo Gemmellaro.

Francia mandó a un geólogo. Constant Prévost, uno de los fundadores de la Sociedad Geológica de Francia, llegó con un dibujante, comparó la erupción con una botella de champán al descorcharse y llamó a la isla Julia, porque había nacido en julio. El 29 de septiembre, uno de sus acompañantes, Derussat, izó la bandera francesa en lo más alto. Para entonces el mar ya se la estaba comiendo: Prévost le midió unos 700 metros de perímetro.

España también dijo que la isla le interesaba, aunque sin desembarcar, que es la forma más barata de reclamar algo. Al final, la isla llegó a tener siete nombres: Sciacca, Nerita, Corrao, Hotham, Julia, Graham y Ferdinandea.

Sabios, turistas y un balneario

Mientras tanto, la isla se llenó de visitas. Fueron geólogos alemanes, británicos, franceses e italianos, y turistas que querían ver sus dos lagunillas. También la visitó Walter Scott, y la isla acabó en novelas de James Fenimore Cooper, Alejandro Dumas y Julio Verne y, más de siglo y medio después, en ¡Voto a bríos!, de Terry Pratchett. Según The Independent, los nobles de la casa de Borbón llegaron a planear un balneario en sus playas.

Litografía: la isla, un cono oscuro de laderas empinadas, vista desde el mar
La isla el 6 de agosto de 1831, entre dos erupciones, en una litografía a partir de un apunte de G. W. Smythe (1832). Wikimedia Commons (dominio público)

Se hundió antes de inaugurar

La erupción paró el 16 de agosto, y la isla, hecha de ceniza y piedra suelta, quedó a merced de las olas. A finales de septiembre medía unos 20 metros de alto; un mes después, menos de uno. El 8 de diciembre, el capitán Vincenzo Allotta, del bergantín Achille, encontró en su lugar una columnita de agua caliente que olía a betún, y el 17, dos funcionarios de la Oficina Topográfica de Nápoles comprobaron que el mar lo había cubierto todo. En enero de 1832, el vicealmirante Hugon y el capitán Swinburne ya solo encontraron un bajío.

Desde entonces ha dado algún susto más. En agosto de 1863, según las crónicas sicilianas, asomó un islote nuevo que las olas deshicieron en pocos días, aunque los vulcanólogos del INGV dan esa erupción por dudosa. En 1987, según The Independent, un piloto estadounidense que iba a bombardear Libia la tomó por un submarino y le soltó cargas de profundidad. Las mediciones más recientes, de 2012 y 2014, sitúan su cima a unos nueve metros bajo el agua.

La placa de los Borbones

En 2000, el volcán volvió a moverse, y en Sicilia temieron que la isla saliera otra vez y los británicos se la quedaran. Ese noviembre, ante una flotilla de cámaras, el príncipe Carlos de Borbón-Dos Sicilias, descendiente de Fernando II, bajó al mar una placa de mármol de 150 kilos que decía: «Este pedazo de tierra, que fue Ferdinandea, perteneció y pertenecerá siempre al pueblo siciliano». Para que la televisión pudiera grabarlo, la soltaron mucho antes de llegar al bajío.

Duró poco. En 2001, el cirujano y buceador de Sciacca Domenico Macaluso, que había convencido al príncipe para la ceremonia, bajó a ver la placa y la encontró partida en doce pedazos. La prensa italiana llegó a hablar de un «bloque negro» de anarquistas submarinos; los más sensatos culparon a las anclas de los pesqueros.

El pleito, en teoría, sigue abierto. El bajío queda justo fuera de las doce millas de aguas territoriales italianas, así que, si la isla vuelve a asomar, cualquiera podría intentar quedársela. Los sicilianos ya dejaron su placa; lo que no han conseguido es que siga entera.

Ferdinandea no es la única isla con la manía de aparecer y desaparecer: en Canarias llevan siglos buscando San Borondón, que según la leyenda unas veces está y otras no. Hay islas que, en vez de pelearse, se reparten: la isla de los Faisanes, en el Bidasoa, es española seis meses al año y francesa los otros seis. Y para volcanes con prisa, el que en 1943 le brotó a Dionisio Pulido en mitad del maizal: el Paricutín. Y hubo quien pensó en usar los volcanes como arma: en 1944 se propuso bombardear los volcanes de Japón para provocar erupciones.

Vídeo: el banco Graham en 3D

Así es hoy el banco Graham, del que forma parte lo que queda de Ferdinandea, en una reconstrucción en 3D del INGV:

Il Banco Graham e l'ex-isola Ferdinandea

Lee también: Orden de Malta: el Estado soberano que no tiene suelo y Tavolara, el reino más pequeño del mundo

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