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El gran misterio administrativo: la improbable existencia de Bielefeld

Casas con frontones en la plaza del Alter Markt de Bielefeld, con terrazas y viandantes bajo un cielo despejado

«Bielefeld gibt es doch gar nicht»: Bielefeld no existe. Lo escribió un estudiante de informática en un foro de internet, en 1994, como chiste, y treinta años después sigue siendo la broma más famosa de Alemania. La ciudad, de más de 300.000 habitantes, primero se lo tomó con humor; luego ofreció un millón de euros a quien demostrara que no existía, y acabó ganando un juicio contra un aspirante que exigía el premio.

Todo empezó el 16 de mayo de 1994, en los rincones pixelados de Usenet, ese internet jurásico donde aún se escribía con más paciencia que velocidad. Allí, en el grupo de.talk.bizarre, un estudiante de informática de la Universidad de Kiel llamado Achim Held lanzó una frase con vocación de terremoto: «Bielefeld gibt es doch gar nicht» («¡Bielefeld no existe!»). La idea se la había dado un amigo con una expresión de doble filo: «Das gibt’s doch gar nicht» lo mismo significa «¡no me lo puedo creer!» que «eso no existe».

Bielefeld, situada discretamente en Renania del Norte-Westfalia, era el objetivo perfecto: una ciudad de tamaño respetable, sin mar, sin glamour y sin monumentos de portada. Demasiado normal para brillar, demasiado gris para recordar. Esa invisibilidad fue el caldo de cultivo ideal para el gran chiste nacional: ¿qué mejor manera de destacar que no existir?

Las tres preguntas y el arte de fabricar misterio

La teoría —si es que puede llamarse así— se sostenía sobre tres preguntas tan simples como malévolas: ¿Conoce usted a alguien de Bielefeld? ¿Ha estado alguna vez allí? ¿Conoce a alguien que haya estado? El resultado estaba garantizado: la mayoría diría que no, y ese vacío de testigos se convertía, por arte de humor lógico, en la prueba irrefutable de que la ciudad era pura ficción. Pero si alguien respondía que sí, entonces quedaba marcado como sospechoso, cómplice o directamente miembro de la misteriosa organización «SIE», los presuntos guardianes del secreto. Una trampa perfecta: todo argumento a favor reforzaba la conspiración.

Bielefeld, además, ofrecía material de sobra para alimentar la leyenda. La autopista A2 la bordea, la estación principal estuvo años en obras y muchos viajeros la atravesaban sin verla. En el imaginario alemán se convirtió en una especie de agujero geográfico: todos sabían que estaba «por ahí», pero pocos podían decir cómo era.

Señal de autopista con el desvío a Bielefeld tachado, en el nudo de Löhne
Una señal de autopista con Bielefeld tachado, en 2018. Foto: Hbf878, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Ironía municipal: cuando el ayuntamiento se ríe de sí mismo

En lugar de indignarse, la ciudad decidió sumarse al espectáculo. El 1 de abril de 1999, Día de los Inocentes en Alemania, el consistorio emitió un comunicado con un título que no podía ser más directo: «¡Bielefeld sí existe!». La fecha elegida, claro, solo sirvió para echar más leña al fuego.

A partir de ahí, el ayuntamiento comprendió que luchar contra el meme era inútil y que la mejor defensa era la autoparodia. En 2014, para su 800.º aniversario, montó la fiesta bajo el lema «Das gibt’s doch gar nicht», la misma frase con la que había empezado todo.

Piedra conmemorativa del fin de la conspiración de Bielefeld, con una placa y un código QR
La piedra que certifica el fin de la conspiración (1994-2019), con su código QR. Foto: Hakanneu, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

El punto álgido llegó en 2019 con una jugada maestra de marketing: el consistorio ofreció un millón de euros a quien pudiera demostrar, con pruebas sólidas, que Bielefeld no existía. La campaña tenía hasta su propia etiqueta: #DieBielefeldMillion. Nadie esperaba una respuesta sensata; la intención era convertir la broma en tendencia mundial. Funcionó de maravilla: los medios internacionales recogieron la noticia, las redes se llenaron de memes y el supuesto fantasma de Alemania acabó ocupando titulares reales. Se presentaron más de 2.000 participantes de medio mundo, y en septiembre de 2019 el ayuntamiento anunció el veredicto: nadie lo había demostrado, así que la conspiración quedaba oficialmente terminada. Para certificarlo, colocó en el casco antiguo un bloque errático, una roca que dejaron allí los glaciares, con un código QR, y lo hizo en presencia del propio Achim Held. Bielefeld, por fin, existía… aunque fuera por negación.

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De la carcajada al tribunal: el litigio surrealista

Toda comedia necesita su momento de farsa jurídica, y Bielefeld no iba a ser menos. En agosto de 2019, un aspirante presentó lo que según él era la prueba definitiva de la inexistencia de la ciudad: una demostración «axiomática», es decir, basada en un principio que se da por bueno sin necesidad de probarlo. Como el millón no llegó, acudió a los tribunales. El ayuntamiento, que ya se olía el guion, había dejado claro en las bases que todo era una campaña de humor.

El Landgericht de Bielefeld se tomó su tiempo, pero el 14 de julio de 2023 dictó sentencia: demanda desestimada. Cualquiera que leyera las bases entendía que aquello era una broma y que lo que se pedía era una prueba empírica, obviamente imposible, de que la ciudad no existía; un axioma, por elegante que sea, no cuenta. Y, como en Alemania quien pierde el pleito suele pagar, al demandante le tocó además cargar con las costas. Moraleja: incluso los chistes con premio pueden salir caros, sobre todo si hay abogados de por medio.

Cuando Merkel dudó de Bielefeld: la broma alcanza la cima

El momento de canonización llegó en noviembre de 2012, cuando la canciller Angela Merkel, en un acto público, mencionó Bielefeld con un irónico «si es que existe». Bastó esa frase para que la broma pasara de ser una ocurrencia de internet a patrimonio cultural alemán. Si la líder del país se permite bromear con ello, el mito queda oficialmente inscrito en la tradición.

La reacción fue inmediata: risas, memes, titulares. Ninguna indignación. Nadie se sintió ofendido porque, en el fondo, Bielefeld había aprendido la lección: abrazar la ironía es más rentable que negarla. Ya no era la ciudad que “no existe”; era la ciudad que había aprendido a capitalizar su fantasma.

Curiosidades para incrédulos y turistas con GPS

Hoy Bielefeld tiene hasta una piedra conmemorativa dedicada al fin de la conspiración, con su código QR para incrédulos. Y la broma ha dado incluso para el cine: en 2010, estudiantes de la Universidad de Bielefeld estrenaron una película titulada Die Bielefeld-Verschwörung.

Los viajeros que cruzan la A2 todavía bromean con no haberla visto. Algunos incluso aseguran que la autopista la esquiva a propósito. Y más allá de Alemania, la idea se ha exportado con éxito: en Italia el dudoso honor recae sobre Molise y en Brasil, sobre Acre. En España, en cambio, la cosa fue al revés: los turolenses, hartos de que nadie se acordara de ellos, fundaron en 1999 Teruel Existe, un movimiento contra la despoblación que en 2019 acabó con escaño en el Congreso. Allí no hizo falta ninguna conspiración para que pareciera que no existían.

La duda sobre si un lugar existe tiene, además, precedentes ilustres: el escocés Gregor MacGregor vendió tierras y bonos del reino de Poyais, un país que jamás existió; la isla Ferdinandea emergió del Mediterráneo en 1831 y volvió a hundirse meses después; y en la Edad Media, Juan de Mandeville llenó un libro de reinos y hombres con cabeza de perro que nunca existieron. Otras bromas también se tomaron muy en serio a sí mismas, como la del Frente de Liberación de los Gnomos de Jardín, y en Suecia, Ängelholm convirtió un supuesto aterrizaje extraterrestre en un monumento al OVNI con parada turística incluida.

Mientras otras ciudades se rompen la cabeza buscando eslóganes ingeniosos, Bielefeld triunfó con el más improbable de todos: «No existimos». Y, paradójicamente, cuanto más lo repite, más real se vuelve.

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Vídeo: la conspiración de Bielefeld, según DW

Para comprobar con tus propios ojos que la ciudad existe (o eso dicen), aquí va el reportaje de la televisión pública alemana DW.

La conspiración de Bielefeld | Euromaxx

Fuentes consultadas