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Miniatura de un códice iluminado: Mandeville, vestido de peregrino, se despide del rey antes de partir a ultramar

A mediados del siglo XIV corrió por Europa el libro de viajes de un caballero inglés que decía haber recorrido Tierra Santa, la India, China y el reino del Preste Juan, y que había visto hombres con cabeza de perro, montes de oro guardados por hormigas y un río que sólo corría los sábados. Se copió a mano en diez idiomas, lo leyó Cristóbal Colón y fue uno de los grandes éxitos de su tiempo. Sólo tenía un problema: probablemente su autor nunca existió, y buena parte del viaje la copió de otros.

Un caballero que probablemente no existió

En el prólogo, el autor se presenta como Sir John Mandeville, un caballero nacido y criado en St Albans, en Inglaterra, que en 1322 cruzó el mar para recorrer Turquía, Tartaria, Persia, Armenia, Tierra Santa, Egipto, Etiopía, la India y China. No hay ninguna prueba de la época de que ese caballero existiera, ni ninguna mención inglesa de un Jehan de Mandeville. La Wikipedia en inglés lo resume sin rodeos: está bastante claro que fue un autor inventado.

El principal sospechoso es un médico de Lieja llamado Jean de Bourgogne, alias Jehan à la Barbe. Según un fragmento del cronista Jean d’Outremeuse que copió siglos después el heraldo Louis Abry, este le confesó en su lecho de muerte que era «messire Jean de Mandeville, caballero». En la iglesia de los Guillemins de Lieja, hoy desaparecida, hubo además una lápida de Mandeville que lo llamaba «ad Barbam», lo hacía profesor de medicina y lo daba por muerto allí el 17 de noviembre de 1372. Otros estudiosos apuntan al flamenco Jan de Langhe, monje benedictino y, desde 1365, abad de Saint-Bertin, gran coleccionista de libros de viajes.

Hay incluso una coincidencia curiosa: el historiador George F. Warner encontró a un tal Johan de Bourgoyne al que el Parlamento inglés perdonó en 1321 por atacar a los Despenser, y cuyo perdón se revocó en mayo de 1322, justo el año en que «Mandeville» dice que salió de Inglaterra.

Un éxito antes de la imprenta

Los viajes de Juan de Mandeville se escribieron entre 1357 y 1371, y el manuscrito más antiguo que se conserva, en francés, es de 1371. A partir de ahí se copiaron más de 250 veces en diez idiomas, algo enorme para la época, y en 1475 ya había una traducción al irlandés. Pese a lo fantasioso del relato, se usó como libro de referencia: según la Wikipedia en inglés, influyó mucho en Cristóbal Colón, igual que los viajes de Marco Polo. En junio de 2011, una copia inglesa iluminada de hacia 1440 se vendió en una subasta en Londres por 289 250 libras.

Miniatura medieval de cinocéfalos, hombres con cabeza de perro, comerciando junto a unos sacos
Cinocéfalos, hombres con cabeza de perro, en una miniatura medieval de los viajes de Mandeville

Entre tanto prodigio, el libro defendía algo muy serio: que la Tierra es redonda y que, con barcos y provisiones, se podía dar la vuelta al mundo y volver al punto de partida. «Los hombres pueden rodear toda la tierra del mundo, tanto por debajo como por arriba, y volver a su país», escribe. Cuenta incluso que de joven oyó hablar de un hombre que viajó siempre hacia el este hasta llegar de nuevo a su tierra. Eso sí, sin renunciar a la vieja idea de que Jerusalén estaba en el centro del mundo.

Un viaje hecho con tijeras

Buena parte del itinerario más lejano, de Trebisonda a la India, el archipiélago malayo y China, lo copió del relato del fraile franciscano Odorico de Pordenone, de 1330, casi siempre engordado con detalles extravagantes. La geografía y la historia de Asia salen en gran parte de La flor de las historias de Oriente, que el monje armenio Haitón de Córico dictó en francés en 1307. Para Tierra Santa y Egipto siguió el itinerario del caballero alemán Wilhelm von Boldensele, de 1336. Y los monstruos, cíclopes, esciápodos y hombres con la cabeza bajo los hombros, quizá los tomó de Plinio, de Solino o de los bestiarios.

Portada de una edición inglesa de 1684 de los viajes de Mandeville junto a grabados de sus monstruos: hombres con pezuñas, rostros en los hombros, el cordero vegetal y un esciápodo
Una edición inglesa de 1684 de los viajes de Mandeville, con grabados de sus monstruos

A veces ni siquiera entendía lo que copiaba. Donde Odorico describía con todo detalle a los pescadores chinos que usaban cormoranes amaestrados, Mandeville habla de unas «bestezuelas» enseñadas a meterse en el agua para pescar. Y donde Boldensele decía que las pirámides no podían ser los graneros del faraón, Mandeville le da la vuelta y asegura que son los graneros de José, porque si fueran tumbas no estarían vacías por dentro.

El colmo es que llegó a insinuar que había viajado con el propio Odorico. Funcionó: un manuscrito de Odorico de la biblioteca capitular de Maguncia lo presentaba como «compañero del caballero Mendavil», y siglos después el viajero inglés Thomas Herbert todavía llamaba a Odorico «compañero de viaje de nuestro Sir John».

Un catálogo de maravillas

El atractivo del libro está en sus prodigios. En la isla de Nacumera, cuenta, todos los hombres y mujeres tienen cabeza de perro, los llaman cinocéfalos, y son «muy razonables y de buen entendimiento», salvo porque adoran a un buey. Hay montes de oro custodiados por hormigas, una isla con ratas tan grandes como perros que hay que cazar con mastines y, entre las ciudades de Arkez y Rafanea, un río, el Sabatory, que corre con fuerza los sábados y el resto de la semana se queda quieto. Es la versión del historiador Flavio Josefo; la tradición judía del río Sambation lo contaba al revés, con rocas seis días a la semana y descanso el sábado.

El Preste Juan sentado en su trono, en un mapa antiguo de África
El Preste Juan en su trono, en un mapa antiguo de África

También recoge leyendas de peregrinos, como la de Set, el hijo de Adán, que trajo del paraíso tres granos del árbol de la fruta prohibida: de ellos nacieron los árboles con cuya madera se hizo la cruz de Cristo. Y dedica varios capítulos al Preste Juan, el rey cristiano legendario que, según los relatos europeos entre los siglos XII y XVII, gobernaba un reino lleno de riquezas en algún lugar de Oriente, en Asia o en África según quién lo contara.

El copiado, eclipsado por el copión

La fama de Mandeville llegó a tal punto que, como cuenta La Brújula Verde, Odorico acabó identificado como su compañero de viaje, e incluso hubo quien lo acusó a él de plagio. Aun así, la Wikipedia en inglés matiza que Mandeville no tenía por qué estar inventando a propósito: todos los relatos de viajes de su tiempo bebían de las mismas fuentes, copiadas unas de otras o de los griegos, y esa tradición era la que los hacía creíbles para sus lectores.

Vídeo: los viajes que nunca existieron

Y para quien prefiera la versión audiovisual, El Cubil de Peter repasa en este vídeo el libro y sus maravillas:

"LOS VIAJES DE JOHN MANDEVILLE", UNA JOYA LITERARIA DE LA EDAD MEDIA 📚🔖

Una posada de viajeros

Cerca de la entrada de la abadía de St Albans hay una inscripción en su memoria: «Aquí, en esta posada de viajeros, yace uno que sólo fue rico en recuerdos; se llamaba Sir John Mandeville». Para alguien que probablemente nunca existió, no está nada mal.

No fue el último en dar la vuelta al mundo con más leyenda que pruebas: a principios del siglo XX, Harry Bensley apostó que la daría con una máscara de hierro puesta, y todavía se discute si llegó a intentarlo en serio. Y si Mandeville se inventó medio planeta, internet ha hecho justo lo contrario con una ciudad alemana de carne y hueso: Bielefeld, que según la broma más famosa de la red no existe. Mucho antes, en 1254, el franciscano Guillermo de Rubruquis sí estuvo en la corte mongola, y contó el debate entre cristianos, musulmanes y budistas que acabó con todos bebiendo. Y frente a los viajes inventados, uno muy real: la embajada de Ruy González de Clavijo a la corte de Tamerlán, en 1403.

Lee también: Juan de Lepe, el marinero que fue rey de Inglaterra un día y El debate de 1254 en el que cristianos, musulmanes y budistas acabaron bebiendo

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