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La increíble apuesta de Harry Bensley, el viajero de la máscara de hierro

Hay apuestas tontas, apuestas descabelladas y luego está la apuesta de Harry Bensley, ese personaje inglés salido de un cruce entre Don Quijote, vendedor ambulante y concursante de Gran Hermano edición 1908. Si uno creyera en la reencarnación de los juglares medievales, probablemente habría que buscar en este caballero moderno y ligeramente desquiciado a uno de sus herederos más fervientes. Armado literalmente con una armadura, empujando un cochecito de bebé y con apenas una libra en el bolsillo, Bensley emprendió una gesta digna del mejor teatro del absurdo.

Genesis de la epopeya

Corría el año 1907 y dos personajes de esos que lo tenían todo menos sentido del ridículo —John Pierpont Morgan, magnate financiero, y Hugh Cecil Lowther, conde de Lonsdale y aristócrata de vocación ociosa— mataban las horas en el National Sporting Club de Londres debatiendo sobre cuestiones cruciales para la humanidad: ¿sería posible que un hombre diera la vuelta al mundo sin revelar nunca su identidad?

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¿Y si, además, empujara un cochecito de bebé por todos los continentes?

Una conversación que, en otra época y lugar, habría terminado con un brindis y unas carcajadas, acabó convirtiéndose en una apuesta que marcaría —diríamos incluso, destrozaría— la vida de Harry Bensley, un vendedor de seguros arruinado con alma de showman y paciencia de mártir.

La letra pequeña del disparate

Las condiciones impuestas por Morgan no tenían desperdicio, y más que una apuesta, parecían el guion de una opereta de enredo. He aquí el elenco de disparates que Bensley aceptó cumplir sin pestañear:

  1. Recorrer 169 ciudades británicas recogiendo una firma en cada una como si estuviera cazando cromos de un álbum de provincias o completando la Credencial del Peregrino del Camino de Santiago.
  2. Visitar 18 países según un itinerario predeterminado. Nada de improvisar, que aquí se viene a sufrir con organización y orden, que somos ingleses.
  3. Cubrir su rostro con un casco de armadura en todo momento, porque revelar la identidad era tan imperdonable como cometer alta traición. El casco pesaba más de dos kilos.
  4. Empujar un cochecito de bebé durante toda la travesía. No llevaba bebé. Ni siquiera un peluche. Porque sí.
  5. Viajar con una única muda de calzoncillos. La higiene, como la identidad y el sentido común, se queda en casa.
  6. Conseguir una esposa durante el viaje. Tenía que enamorarla sin que le viera la cara, casarse con ella —con el casco puesto— y consumar la apuesta sin levantar el yelmo. Caballeresco e inquietante a partes iguales.
  7. Viajar acompañado por un testigo que velara por el cumplimiento de las normas. Un ángel de la guarda, y notario al mismo tiempo.

Pues prepárense que arrancamos.

Harry Bensley

El principio: Trafalgar Square, 1 de enero de 1908

Y allí se plantó Bensley, con su armadura reluciente, el cochecito de bebé rechinando y ese aire suyo de vendedor ambulante venido a más. El mundo, en 1908, era un sitio grande, sucio y lleno de fronteras políticas y sociales; no el sitio ideal para un aparatoso hombre de acero con presupuesto de mendigo.

Harry Bensley

La aventura comenzó en Trafalgar Square y pronto empezó a llamar la atención del público. ¿Quién era ese caballero andante posmoderno? ¿Un loco? ¿Un genio del marketing? Las respuestas iban variando, pero lo cierto es que Bensley comenzó a ganar fama y a llenarse los bolsillos vendiendo postales con su imagen.

Harry Bensley

Nadie podía saber quién era… pero todos querían llevarse su foto.

Un periódico llegó a ofrecer 1.000 libras por descubrir su identidad, algo que habría anulado la apuesta pero que convirtió al caballero en un fenómeno pop de la época eduardiana. Incluso el mismísimo rey Eduardo VII quiso comprarle una postal y, de paso, pedirle un autógrafo.

Harry Bensley

Bensley, fiel a su contrato, se negó: firmar con su nombre era pecado capital.

El amor en tiempos de armadura

Contra todo pronóstico —o precisamente por lo bizarro del asunto— Bensley recibió hasta doscientas propuestas de matrimonio. El casco no sólo no le restaba atractivo, sino que parecía ejercer una especie de magnetismo erótico-fetichista entre las damas de la época. Eso sí, ninguna acabó en boda. Probablemente porque el bueno de Harry ya estaba casado.

Harry Bensley

Un pequeño detalle que, como tantas otras cosas en su periplo se pasó por alto con la ligereza del vodevil.

30.000 millas, una guerra mundial y el fin de la comedia

Después de seis años y medio de marcha incesante, avanzando a paso de tortuga medieval por una geografía que ya le resultaba tan familiar como hostil, Bensley alcanzó por fin Génova, esa puerta mediterránea donde Europa se abre al mundo.

Para entonces había acumulado unas 30.000 millas de polvo en las botas y de óxido en la armadura, tras haber cruzado buena parte del Reino Unido y recorrer países tan dispares como Francia, Bélgica, Alemania, Austria, Suiza, Italia y varias regiones del Imperio austrohúngaro, además de incursiones por Escandinavia y el este de Europa, siempre siguiendo el itinerario pactado.

Le quedaban apenas siete países por sellar en su «compostolana» y la meta parecía tan cercana que casi podía olerla a través de la visera. Pero su futuro inmediato, y el curso de la historia europea, tenían otros planes para aquel caballero anacrónico que empujaba un cochecito por un continente al borde del abismo.

Harry Bensley

El 14 de agosto de 1914, estalló la Primera Guerra Mundial y, con ella, se fue al garete la apuesta más extravagante jamás concebida. Bensley, con un inquebrantable sentido del deber —y presumimos, agradecido de quitarse el casco— regresó a Inglaterra y se alistó en el ejército. La leyenda dice que Morgan intentó compensarlo con 4.000 libras, pero claro, hay un pequeño problema cronológico que desmonta este latiguillo de generosidad aristocrática: el financiero murió en 1913.

Detallitos.

Bensley no duró mucho en el frente. En 1915 fue declarado no apto para el servicio militar. Quizá fue el casco, o el desgaste emocional de escuchar durante años el crujido del cochecito de bebé por calles empedradas. Lo cierto es que colgó la armadura, se puso ropa normal —esperamos que con más calzoncillos— y se dedicó a oficios más discretos hasta su muerte en 1956.

Harry Bensley

Una historia entre el esperpento y la epopeya

Harry Bensley dejó de ser un oscuro vendedor de seguros para convertirse en algo mucho más difícil de clasificar: una leyenda con ruedas, casco y polvo en las botas, un símbolo rodante de la excentricidad británica llevada hasta sus últimas consecuencias.

Entre la farsa y la epopeya, su aventura quedó atrapada en fotografías amarillentas, titulares de prensa y relatos transmitidos como quien cuenta una hazaña imposible. Aún hoy, en viejas postales y archivos olvidados, sigue avanzando ese caballero sin rostro que se atrevió a desafiar al mundo entero con una sola libra en el bolsillo y una identidad blindada por hierro.



Vídeo: Embrace the Absurd!, contexto y epopeya de Bensley (inglés)

Fuentes:

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✍️ Este artículo ha sido escrito por Fernando Muñiz, editor de El Café de la Historia.

Un blog dedicado a rescatar episodios curiosos, insólitos y poco conocidos del pasado.

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