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Fotograma de la película Three Christs con Bradley Whitford, Peter Dinklage y Walton Goggins como los tres pacientes, sentados en una sala del hospital

En 1959, en el hospital psiquiátrico de Ypsilanti (Michigan), el psicólogo Milton Rokeach reunió a tres hombres con esquizofrenia paranoide que se creían Jesucristo. Su idea era que, obligados a convivir con otros dos mesías, alguno acabaría dudando de su identidad. Durante dos años los hizo reunirse a diario y trabajar juntos, y hasta les escribió cartas falsas. Ninguno se curó. El que acabó cambiando de opinión fue él: años después pidió perdón por haber jugado a ser Dios.

Dos Marías y un texto de Voltaire

La idea le vino de un artículo de Harper’s Magazine sobre dos mujeres que se creían la Virgen María. En un hospital psiquiátrico las pusieron a compartir habitación y, a fuerza de conversar, una de ellas abandonó su delirio y recibió el alta.

También le rondaba el caso de Simon Morin, que había leído en el ensayo De los delitos y las penas de Beccaria: alguien a quien, según el texto, quizá se habría podido curar de un modo parecido. La reseña del libro en el British Journal of Psychiatry atribuye la inspiración a un texto de Voltaire en el que un hombre que se creía Jesucristo, al toparse con otro que creía lo mismo, «quedó tan impresionado por la locura de su compañero que se le abrieron los ojos a la verdad de su propia condición».

Tres Cristos en el mismo pabellón

Rokeach encontró a sus tres pacientes en el Hospital Estatal de Ypsilanti, que llegó a tener más de 4000 internos. En su libro los llamó Joseph Cassel, Clyde Benson y Leon Gabor, aunque, según el periodista Michael Carey, los nombres eran ficticios. Joseph, de 58 años, llevaba casi veinte ingresado; había sido escritor y aseguraba ser inglés. Clyde, un granjero de 70, llevaba 17. Leon, de 38, llevaba cinco. Los tres fueron trasladados al mismo pabellón.

Se conocieron el 1 de julio de 1959. Leon se presentó diciendo que su partida de nacimiento lo llamaba «Dr. Domino Dominorum et Rex Rexarum», señor de señores y rey de reyes, y Jesucristo de Nazaret. Joseph y Clyde protestaron, y la primera reunión acabó a gritos: «¡Soy Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo!». En las semanas siguientes llegaron a las manos. Leon describió aquellas sesiones como una tortura mental y acusó a Rokeach de querer lavarles el cerebro.

Dos años de convivencia forzada

Rokeach les asignó habitaciones contiguas, asientos juntos en el comedor y trabajo en la lavandería al mismo tiempo, y se reunía con ellos a diario. Quería, según escribió, ver cómo cambiaban sus creencias si se les enfrentaba a «la contradicción más extrema concebible para un ser humano: más de una persona que reclama la misma identidad». Había previsto incluso un grupo de control de tres mujeres con delirios distintos, pero según el British Journal of Psychiatry enseguida perdió el interés y dejó de reunirse con ellas.

Ninguno cedió. Cada uno acabó explicando a los otros dos como enfermos de un hospital psiquiátrico o como muertos manejados por máquinas. Con el tiempo, según All That’s Interesting, los tres terminaron por tolerarse, se defendían entre ellos de otros pacientes y evitaban hablar de Jesucristo.

Las cartas falsas

Entonces a Rokeach le surgió, como él mismo cuenta, un segundo propósito: ver si podía cambiar sus creencias con mensajes de autoridades que sólo existían en la imaginación de los pacientes. Joseph llamaba «papá» al director del hospital, y Rokeach le escribió en su nombre. A Leon le escribió haciéndose pasar por su esposa imaginaria, Madame Yeti Woman. Leon dijo que sabía que ella no había escrito aquella carta y que no le gustaba que nadie se metiera en sus creencias; horas después estaba muy deprimido. Cuando las cartas empezaron a poner en duda su identidad, los pacientes cortaron el contacto.

Según All That’s Interesting, Rokeach llegó a contratar a una ayudante para que coqueteara con Leon, con la esperanza de que el deseo lo sacara del delirio. Leon se enamoró, se confundió aún más, acabó dándose cuenta del engaño y se encerró en sí mismo. «La verdad es mi amiga, no tengo otros amigos», dijo.

El cuarto delirio

Rokeach dio por terminado el experimento en 1961 sin haber reducido los delirios de ninguno, aunque documentó algunos cambios en sus creencias: Leon, por ejemplo, empezó a llamarse de otra manera. Los estudiantes de posgrado que trabajaron con él fueron muy críticos con el proyecto por la cantidad de engaños y manipulaciones y por la angustia que causó a los pacientes, y lo recordaban como un jefe ausente y duro.

En 1964 publicó The Three Christs of Ypsilanti. Según la reseña del British Journal of Psychiatry, en sus conclusiones ya admitía que quizá en el proyecto no había habido tres personas con delirios, sino cuatro. En el epílogo de la edición de 1984 pidió disculpas: «Realmente no tenía derecho, ni siquiera en nombre de la ciencia, a jugar a ser Dios y entrometerme a todas horas en sus vidas». El libro se reeditó en 2011 en Estados Unidos con un prólogo del novelista Rick Moody.

Three Christs, la película

La historia llegó al cine con Three Christs, de Jon Avnet, presentada en el Festival de Toronto de 2017 y estrenada en 2020. Richard Gere interpreta al doctor Alan Stone, un trasunto ficticio de Rokeach, y Peter Dinklage, Walton Goggins y Bradley Whitford a Joseph, Leon y Clyde. La película se tomó muchas libertades: pinta al psicólogo como un reformista que se enfrenta a los electrochoques del hospital y añade un final trágico que no ocurrió. La crítica no la trató bien: en Rotten Tomatoes tiene un 43 % de aprobación.

Vídeo: el tráiler de Three Christs

Para quien quiera ver cómo lo contó el cine, aquí está el tráiler de Three Christs, con Richard Gere y Peter Dinklage:

Three Christs Exclusive Trailer (2020) | Movieclips Indie

¿Quién jugó a ser Dios?

Rokeach quería que tres hombres dejaran de creerse Dios, y el que acabó renunciando a algo fue él. En 1984 escribió que, aunque no había curado a los tres Cristos de sus delirios, ellos sí lo habían curado del suyo: «mi delirio divino de que podía cambiarlos organizando y reorganizando su vida diaria, de forma omnipotente y omnisciente».

Creerse otra persona tiene precedentes en este blog: la británica Dorothy Eady pasó media vida convencida de ser la reencarnación de una sacerdotisa egipcia. Y en lo de experimentar con la mente, pocos han llegado tan lejos como Amanda Feilding, que se agujereó el cráneo en busca de una conciencia más elevada. En cuanto a delirios ligados a un lugar, está el síndrome de Jerusalén: personas sin antecedentes que, al llegar a la ciudad, sufren un episodio psicótico de tema religioso.

Lee también: El síndrome de París: cuando la ciudad soñada no se parece a la postal y El síndrome de Jerusalén: cuando el viaje a Tierra Santa acaba en sermón

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