La gran estafa del Reino de Poyais

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Autor: El café de la Historia


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El imaginario reino de Poyais y la gran estafa de Gregor MacGregor, el más fabuloso vendehúmos de su época, miembro de una ilustre familia pero venida a menos, que buscó gloria y fama en la carrera militar de la que acabó expulsado por vanidoso e inútil, y que encaminó sus pasos hacia la convulsa Hispanoamérica de las guerras de independencia en su incesante búsqueda de popularidad y reputación con irregulares resultados.

Héroe nacional para unos, malnacido sin escrúpulos para otros.

Gregor MacGregor

Estamos en octubre del año 1822. El escocés Gregor MacGregor, nacido en la pequeña localidad de Glengyle, hizo un trascendental anuncio al mundo…

En una frenética gira por toda Gran Bretaña, se presentó a la opinión pública (y a futuros inversores) como el heredero de una importante familia de banqueros y, atención, como el Príncipe de Poyais, una especie de paraíso terrenal ubicado en la costa atlántica de Honduras.

El Reino de Poyais

Poyais, era bello. Poyais era próspero. Poyais era exuberante y su clima, benévolo. Sus playas, paradisíacas.

Poyais era fértil, tenía yacimientos minerales, el agua más pura que nadie había bebido jamás y en cuyo río solo había que alargar la mano para coger las incontables pepitas de oro que yacían en su cristalino lecho.

¿Plata? inacabables vetas le están esperando en esta tierra en la que el -lucrativo- tabaco crece solo.

Ahora imagínense todo este catálogo de maravillas desgranados al estilo de agresivo anuncio comercial de un Saul Goodman desatado.

Poyais D’Or, ciudad de vacaciones

Y ahora, para acabar de ponerse en contexto, piensen que toda esta retahíla de prodigios están destinadas mayormente a los oídos de habitantes de la lúgubre, lluviosa y oscura Escocia de la primera mitad del siglo XIX.

Hispanoamérica se independiza


Para entender aún mejor el escenario hay que ponerse en 1822, una época en que los recién nacidos países americanos -desde México a Argentina- gozaban de gran fama entre los inversores extranjeros.

Y el Reino de Poyais no iba a ser menos.

Además, MacGregor proclamaba lo que parecía un formidable win-win: Poyais aún no contaba con inversores y Escocia no tenía colonias.

¿Lo oyen?

Sí, son los ahorros de tantos y tantos incautos dispuestos a engrosar la cuenta corriente de MacGregor a cambio de un pedazo de ese paraíso americano.

¿Qué puede salir mal?

Gregor MacGregor y Simón Bolivar

Para avalar toda esta fabulosa historia, MacGregor concedió innumerables entrevistas en los más respetados periódicos británicos explicando que era un héroe en Venezuela, habiendo combatido a los españoles mano a mano con el mismísimo Simón Bolívar.

Tras las dosis de heroísmo y autoalabanzas, ya apuntalado el prestigio de MacGregor en la mente del lector, aprovechaba para proclamar las bonanzas de invertir en ese trozo del Edén en Honduras llamado Poyais del cual él era Príncipe.

Y si quedaba alguien que no acababa de convencerse por invertir en Poyais, MacGregor le recomendaba la lectura de un libro: «Sketch of the Mosquito Shore», escrito por un tal Thomas Strangeways en el que podían leer y descubrir las maravillas sin fin que deparaba el territorio de Poyais a los europeos que se trasladasen a vivir allí.

Sketch of the Mosquito Shore
Sketch of the Mosquito Shore

Lo que se cuidó mucho MacGregor de decir a sus inversores era que Thomas Strangeways no existió jamás.

Thomas Strangeways, ¿lo adivinan?, era un seudónimo del propio MacGregor.

El libro consta de 355 fascinantes páginas en las que el autor desgrana con un gran alarde imaginativo todas las facetas del Reino de Poyais, desde su geografía, clima, comercio, flora y fauna… Pueden leerlo aquí:

Las tribulaciones de MacGregor en América

La verdad es que MacGregor hizo todo lo posible por labrarse una reputación durante su periplo americano, llegando a impresionar a Bolívar… por un tiempo.

Su cobardía, su falta de escrúpulos, su insoportable fanfarronería y, en general, su reiterada incompetencia en el campo de batalla, hicieron que acabara proscrito por Simón Bolívar, el cual, harto de ese escocés embustero e inútil, dictó una orden de búsqueda y captura para ahorcarlo.

En su huida recaló en la llamada Costa de los Mosquitos, zona de Honduras habitada por la tribu de los miskitos, cuyo líder era el rey George Frederic Augustus I, una especie de monarca simbólico bajo los auspicios británicos que apenas tenía poder de decisión sobre su territorio.

Excepto en la concesión de tierras.

MacGregor, con el botín conseguido en sus correrías compró al rey George un pedazo de tierra inhóspito, selvático e insalubre.

Un territorio inmundo que MacGregor bautizó como Poyais en referencia a una tribu local: los Payas.

Y MacGregor volvió a Gran Bretaña a fanfarronear de su posesión.

Saluden al «Cacique de Poyais«.

Cabe remarcar que su «compra» no le daba ningún privilegio administrativo, ni prerrogativas para comerciar ni, mucho menos, ningún título, pero en el contexto de las guerras americanas no extrañó a nadie en Gran Bretaña toda aquella historia: Los países nacían y se evaporaban a gran velocidad y el título de cacique, en aquellos momentos, era relativamente habitual representando un nivel medio de autoridad en aquellos territorios siendo perfectamente equiparable a príncipe.

Y lo que era una castaña de «país», la labia y la imaginación de MacGregor lo convirtieron en el paraíso terrenal tal como se encargó de acentuar en todas las entrevistas durante su intensa campaña publicitaria.

Resultados de la campaña publicitaria

Pues le fue francamente muy bien.

De hecho, mucho mejor de lo esperado en vista de las cifras: Le entregaron directamente 287.000 dólares de la época en concepto de concesiones para instalarse en Poyais y vendió deuda del -imaginario- país a base de bonos nacionales del Reino de Poyais que alcanzaron un valor estratosférico que equivaldría a casi 4.000 millones de euros actuales.

Expedición de colonos escoceses a Poyais

Y, claro, los flamantes dueños de concesiones en ese paraíso centroamericano no tardaron en querer ir a tomar posesión de su pedazo del cielo en la tierra.

Así, entre septiembre de 1822 y enero de 1823 los dos primeros buques, el Honduras Packet y el Kennersley Castle, partieron hacia la tierra «prometida» con 250 ilusionados colonos a bordo.

La decepción llegó antes de desembarcar al ver que no había puerto.

MacGregor se había inventado una capital, San José, en la que había un teatro, catedral, grandes y lujosas mansiones, paseos adoquinados y todo tipo de comodidades.

Pero allí no había puerto, ni ciudad, ni infraestructuras, ni mansiones, ni catedrales, ni teatros, ni nada de nada.

Solo había una espesa jungla y un insalubre territorio que hizo que empezaran a enfermar y morir aquellos incautos.

Se calcula que solo sobrevivió una tercera parte de la expedición.

A los oídos del rey George Frederic llegó la noticia de que un grupo de colonos se había instalado en aquél rincón nefasto de sus dominios e, incapaz de creerlo, se trasladó hasta el lugar y horrorizado por la increíble historia que le explicaron comunicó a los colonos que habían sido víctimas de una gran estafa.

Se organizó el traslado de los supervivientes a la cercana Belice y se mandó aviso urgente a Gran Bretaña para localizar y paralizar cinco barcos más de colonos que iban de camino a una muerte casi segura.

Regreso de los primeros supervivientes y final de la aventura

Los primeros supervivientes empezaron a regresar en octubre de 1823 y su testimonio sacudió la la sociedad británica.

MacGregor huyó a Francia y desde allí propuso el mismo negocio a Fernando VII de España.

Al no obtener respuesta, inasequible al desaliento, intentó de nuevo repetir la jugada en Francia y a punto estuvo de salirle bien pero al final dio con sus huesos en la cárcel cuando un barco con colonos franceses estaban a punto de zarpar destino a Poyais.

Volvió a Gran Bretaña donde fue brevemente detenido y puesto en libertad para aparecer en Venezuela en 1838 reclamando una pensión por héroe de guerra.

Bolívar había fallecido ocho años antes y nadie recordó que lo había condenado a muerte.

En Venezuela recordaban vagamente algún lance bélico de ese escocés que luchó de su bando en la guerra de independencia, y pesó más la necesidad de héroes y épica en un país recién nacido, que los vergonzosos episodios por los que se le había condenado a muerte.

Así, en 1839 se le concede la ciudadanía venezolana, se le nombraba general de división en la reserva y se le asignaba como tal una generosa pensión.

Residió sus últimos seis años en Caracas convertido en una leyenda revolucionaria y dedicado a la cría del gusano de seda.

Murió en 1845 y tuvo funeral de estado como héroe de guerra al que asistió toda la plana mayor del gobierno y el ejército venezolano en la catedral de Caracas.

A día de hoy apenas nadie lo recuerda a pesar de estar enterrado en el Panteón Nacional.

Y Poyais sigue, hoy en día, siendo un rincón de selva inhabitado e insalubre.

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