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William Pancoast y la inseminación secreta de 1884: el médico que eligió al padre de un niño

Retrato fotográfico en blanco y negro de William H. Pancoast, con bigote y patillas, traje oscuro y corbata

En 1884, en Filadelfia, una mujer quedó embarazada mientras dormía bajo los efectos del cloroformo. Su médico, William Pancoast, le había inyectado con una jeringa el semen de un estudiante de medicina, elegido por sus compañeros como el más guapo de la clase. Ella no se enteró. El caso se conoció 25 años después por una carta a una revista médica, y hoy se cita como el primer caso documentado de inseminación con semen de donante que acabó en un parto.

Un comerciante cuáquero y una gonorrea

La pareja era cuáquera. Él era un comerciante bastante mayor que ella, llevaban tiempo intentando tener hijos y acudieron a Pancoast, cirujano y profesor del Jefferson Medical College, donde su padre, Joseph Pancoast, había dirigido el departamento de Anatomía antes de dejarle el puesto.

Tras examinar a los dos, el médico concluyó que el problema era del marido, al que halló estéril. El hombre admitió, según el relato posterior, «un ligero ataque de gonorrea en su juventud», una infección que puede dejar secuelas en la fertilidad.

La votación del más guapo

Pancoast no les explicó lo que pensaba hacer. Citó a la mujer para una última exploración, la durmió con cloroformo y, ante seis estudiantes de último curso, le introdujo en el cuello del útero, con una jeringa de goma, el semen recién obtenido de uno de ellos. Según la carta que lo contó años más tarde, el donante fue «el mejor parecido de la clase», elegido por votación entre los propios estudiantes.

Inhalador antiguo de anestesia con un frasco de cristal para el cloroformo, una pera de goma y una mascarilla de metal
Inhalador de tipo Junker, inventado en 1867 para administrar cloroformo u otros anestésicos. Foto: Wellcome Collection (CC BY 4.0), vía Wikimedia Commons.

Funcionó. La mujer quedó embarazada y dio a luz un niño sano.

El marido, encantado

Después del parto, Pancoast se lo contó al marido. Según la carta, el hombre quedó «encantado» y se conjuró con el profesor para que su mujer no supiera nunca cómo había quedado embarazada. Las versiones discrepan en un detalle: unas dicen que fue el marido quien lo pidió y otras, que fue el médico quien le indicó que callara. En lo que todas coinciden es en que a ella nadie se lo dijo.

Fotografía antigua de un anfiteatro quirúrgico lleno de estudiantes que observan una operación en el hospital del Jefferson Medical College
Una clase práctica del cirujano William W. Keen en el hospital del Jefferson Medical College, en diciembre de 1902. Foto: Library of Congress (dominio público), vía Wikimedia Commons.

La carta de 1909

El secreto se rompió en abril de 1909, cuando uno de aquellos seis estudiantes, Addison Davis Hard, ya médico, envió una carta titulada «Artificial Impregnation» a la revista The Medical World. Explicaba que el procedimiento era entonces tan novedoso y tan delicado en lo ético que los jóvenes que lo presenciaron se comprometieron a guardar el secreto absoluto. Pancoast nunca lo había publicado.

Hard contaba también que, años después, había estrechado la mano del joven nacido de aquel experimento. Esa frase llevó a algunos historiadores, como Gregoire y Mayer en 1965, a sospechar que el donante había sido el propio Hard, aunque la carta no lo dice.

El tono de la carta chirría hoy. Hard defendía la «semilla cuidadosamente seleccionada» frente a la de maridos con «la peor promesa posible» de una descendencia sana, y remataba: «Puede que al principio escandalice a las sensibilidades delicadas», pero cuando se sepa que el origen de los espermatozoides «no tiene más importancia que la personalidad del dedo que aprieta el gatillo de un arma», las objeciones perderán fuerza.

Ni el primero ni el último

Pancoast no inventó la inseminación artificial. Lazzaro Spallanzani la había probado con una perra en 1784, y en 1790 el cirujano John Hunter ayudó a dejar embarazada a la mujer de un pañero. En 1866, James Marion Sims practicó 55 inseminaciones con resultados desiguales. A Pancoast se le atribuye el primer caso documentado con un donante ajeno a la pareja que terminó en un parto.

Durante décadas, la donación de semen siguió rodeada de silencio. El investigador británico Eric Blyth recuerda que, aunque ya no se anestesia a nadie para inseminarla sin su permiso, el secreto y el anonimato en torno al donante sobrevivieron más de un siglo.

Hoy, el código ético de la Asociación Médica Estadounidense exige para una inseminación con donante el consentimiento informado de la paciente, y de su pareja si procede, después de explicarle riesgos, beneficios, probabilidades de éxito y costes. En 1884 nadie le preguntó nada a la única persona que ponía el cuerpo.

La esterilidad ya había dado de comer a charlatanes mucho antes, como el médico londinense que ofrecía una cama celestial electrificada para curar la esterilidad. Y en 1955 un periódico británico buscó madres que aseguraban haber concebido sin ningún hombre: así salió a la luz el caso de Emmimarie Jones. Y en 1918, en plena gripe española, unos médicos de Boston dejaron que los enfermos tosieran en la cara a marineros presos para ver si se contagiaban.

Los hijos de donantes, en vídeo

Un documental de DW recoge cómo se vive hoy la donación de semen en Europa y qué piensan los hijos de donantes que buscan sus orígenes.

Father unknown? Life as a sperm donor's child | DW Documentary

Dura doce minutos y está en inglés.

Lee también: Listerine: el enjuague bucal que también prometía curar la gonorrea y limpiar el suelo y Timo del prisionero español, abuelo de la estafa nigeriana

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