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Los loros de la Torre Eiffel que, según la prensa, avisaban de los aviones alemanes

Un guardia vigila la Torre Eiffel y su estación de telegrafía sin hilos durante la Primera Guerra Mundial

Un loro que chilla en una jaula de París no suele ser noticia. En 1915 lo fue. El corresponsal en París del diario londinense The Standard contó que algunos loros detectaban los aviones alemanes antes que nadie y que las autoridades habían subido varios a la Torre Eiffel para dar la alarma. La historia llegó hasta Nueva Zelanda y reapareció en 1919 en un libro del naturalista Hugh S. Gladstone, con veinte minutos de ventaja y un final sin gloria: las aves no distinguían un avión francés de uno alemán y acabaron aburriéndose. Ninguna versión se apoya en un documento militar.

Una paloma alemana sobre los tejados

París aprendió a mirar al cielo a finales del verano de 1914. El 30 de agosto, el teniente von Hiddessen la sobrevoló en un Taube, un monoplano alemán cuyo nombre significa «paloma», y dejó caer cuatro bombas y un banderín con un mensaje poco amable: el ejército alemán estaba a las puertas de París y solo quedaba rendirse. En octubre, otra bomba dañó levemente Notre-Dame. En marzo de 1915 llegaron los zepelines.

La defensa se fue armando con lo que había a mano, de los reflectores y los globos cautivos que rodeaban la capital a las ametralladoras instaladas en la Torre Eiffel. El punto flaco era enterarse a tiempo. Un Taube se acercaba a casi cien kilómetros por hora, y cada minuto de aviso contaba.

Cartas de lectores con plumas

Según la crónica de The Standard, la pista la dieron los propios parisinos. El loro era un vecino habitual en muchos hogares de la ciudad, sobre todo en los barrios pobres, y varios dueños escribieron para describir lo mismo: cuando se acercaba un avión, sus pájaros se erizaban y chillaban sin parar hasta que alguien corría a la ventana y descubría a qué venía tanto escándalo.

Dibujo nocturno de Iwill con reflectores que buscan aviones alemanes sobre el Sena, en París, en septiembre de 1914
«Septiembre de 1914. Mientras París dormía, en busca de los Taube», dibujo conservado en el Musée Carnavalet. Dibujo de Iwill, Paris Musées (CC0), vía Wikimedia Commons.

No podía ser cosa de la vista, razonaba el periodista, porque algunos de aquellos loros vivían lejos de cualquier ventana. Tenía que ser el oído. Una vez dada la alarma, añadía, se colgaban cabeza abajo de la percha y gorjeaban muy satisfechos, como quien ha cumplido con su deber.

Las autoridades, siempre según la crónica, se tomaron en serio aquellos testimonios: unos cuantos loros quedaron a prueba en los puestos avanzados del campo atrincherado de París y otros en la cima de la torre. Los resultados, aseguraba el corresponsal, eran «sencillamente pasmosos», sobre todo por la distancia. Solo había una pega, que él daba por insalvable: para un loro, un avión es un avión, sea francés o alemán. En abril y mayo de 1915, periódicos neozelandeses como The Colonist, que tituló «Loros detectores de dirigibles», o el Hawera & Normanby Star ya lo contaban.

Veinte minutos de ventaja, sobre el papel

La anécdota habría quedado enterrada en las hemerotecas si no la hubiera rescatado Hugh S. Gladstone, un naturalista escocés muy activo en la sociedad de historia natural de Dumfriesshire y Galloway. En 1919 publicó en Londres Birds and the War, un inventario de lo que la guerra hizo a los pájaros y de lo que los pájaros hicieron en ella, de las palomas mensajeras a los canarios que se llevaban a las trincheras para detectar el gas. Ese mismo año firmó en Nature un artículo con igual título, loros incluidos.

Avión alemán Taube capturado y expuesto en el patio de los Inválidos de París en febrero de 1915
Un Taube alemán expuesto como trofeo en el patio de los Inválidos, en febrero de 1915. Foto: Agence Rol (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Su versión, en el capítulo de las aves mensajeras, es breve. Los loros se emplearon en la Torre Eiffel al principio de la guerra y, en un primer momento, avisaban «nada menos que veinte minutos» antes de que un avión o un dirigible pudiera verse u oírse. Después, las aves, a las que «nunca se pudo enseñar a distinguir» un aparato francés de uno alemán, parece que se volvieron indiferentes o se aburrieron, y dejaron de ser de fiar. Citaba como fuente el Daily Mail del 1 de noviembre de 1918.

Mucha hemeroteca y ningún parte militar

Con estos papeles se puede separar lo comprobado de lo supuesto. La historia es de época y circuló mientras duraba la guerra. El motivo del fracaso que suele repetirse hoy, que los loros se alarmaban igual con los aviones propios que con los enemigos, ya aparecía en la crónica de 1915; Gladstone le sumó el aburrimiento.

Lo que falta es el rastro oficial. Todas las versiones remiten a periódicos, y el propio Gladstone reconocía en el prólogo que nada de lo que contaba era de primera mano, porque sus obligaciones militares lo habían retenido en Londres, y que la mayoría de sus notas habían salido sin firma en la prensa. Las cuentas tampoco ayudan: un Taube no llegaba a los cien kilómetros por hora, así que veinte minutos de aviso supondrían oír su motor a unos treinta kilómetros.

El mismo libro guarda un detalle revelador. Según la prensa inglesa que recopiló Gladstone, los faisanes cantaban antes de los ataques de los zepelines contra Inglaterra, a menudo entre un cuarto de hora y media hora antes. Ahí el autor sí dudó: no veía motivo para suponer que oyeran mejor que las personas y le parecía más probable que se asustaran cuando los árboles en los que estaban posados temblaban por una explosión. Con los loros de París no expresó la misma duda.

Si de verdad hubo loros de guardia en la cima, compartieron puesto con las ametralladoras en un monumento de vida muy movida, como se cuenta en la historia de la Torre Eiffel. Mejor documentada está la guerra de otros animales, como la de Judy, la perra que acabó como prisionera de guerra en la Segunda Guerra Mundial.

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