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Jimmy Carter y Hubert Humphrey riendo a carcajadas en la tribuna de la convención demócrata de 1976

Jimmy Carter reconocía que no sabía contar chistes, así que el día que hizo reír a carcajadas a todo un auditorio japonés quiso saber el truco. Fue en 1981, recién salido de la Casa Blanca, en una pequeña facultad cerca de Osaka: para romper el hielo contó el chiste más corto que sabía, y el público se partió de risa. Al acabar le preguntó al intérprete cómo lo había traducido. Según contó el propio Carter, el hombre agachó la cabeza y confesó que no lo había traducido: había dicho que el presidente acababa de contar un chiste y que todos debían reírse.

Un chiste corto para un público nervioso

La facultad estaba nerviosa con la visita, había padres y profesores en la sala, y Carter, que hablaba ante un público japonés por primera vez desde que dejó la presidencia, también. Por aquella charla, aclaró luego, no cobró nada. Contó el chiste en inglés, el intérprete dijo su versión en japonés y el auditorio se derrumbó de risa. Nunca, según Carter, había tenido una respuesta mejor de ningún público.

Carter, encantado, siguió con el discurso. Si un chiste tan flojo había funcionado así, pensó, a lo mejor tenía futuro como conferenciante internacional.

Al terminar, le preguntó al intérprete cómo había conseguido que un chiste tan soso tuviera tanto éxito. El hombre se escabulló todo lo que pudo; Carter insistió, y al final el intérprete agachó la cabeza y le contó lo que había dicho en japonés:


“El presidente Carter ha contado una historia graciosa. Todos deben reír”.

La carcajada, en resumen, había sido una orden.

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El intérprete al mando

El público, que no entendía el inglés, hizo lo que se le pedía. Y el intérprete se ahorró un problema: los chistes son lo más difícil de traducir, y uno rescatado de una campaña a gobernador de Georgia tenía poco que hacer cerca de Osaka. Carter, que creía estar dirigiendo la sala, llevaba un rato siguiendo la partitura del hombre que tenía a su derecha, cuaderno en mano y voz suave.

Carter, veterano de las traducciones más desastrosas

Carter no era un novato en malentendidos lingüísticos. El 29 de diciembre de 1977, en su visita oficial a Polonia, el Departamento de Estado le puso como intérprete a Steven Seymour, un traductor por libre que cobraba 150 dólares al día y que encadenó una serie de errores que dieron la vuelta al mundo. Según Mental Floss, Seymour era un traductor respetado de textos escritos, pero el polaco era su cuarta lengua y, de viva voz, se le cruzaba con el ruso.

Su frase diplomática sobre «comprender los deseos de futuro del pueblo polaco» se transformó, en boca del intérprete, en algo mucho más íntimo y más fogoso. Según la traducción, un libidinoso Carter parecía arder en deseos de conocer a todos los polacos en un sentido mucho menos institucional. El intérprete llegó a decir que el presidente «deseaba carnalmente» a los polacos.

El comentario “dejé Estados Unidos esta mañana” terminó escuchándose como un dramático «he abandonado Estados Unidos para no volver jamás». Por si el panorama no era ya suficientemente confuso, el traductor salpicó el discurso con palabras rusas en un país que llevaba décadas soportando la sombra soviética.

Jimmy Carter y Edward Gierek pasan revista de noche a la guardia de honor polaca en el aeropuerto de Varsovia
«Casanova» Carter en Polonia: con Edward Gierek, pasando revista a la guardia de honor en el aeropuerto de Varsovia el 29 de diciembre de 1977. Foto: Casa Blanca / Archivos Nacionales de EE. UU. (dominio público), vía Wikimedia Commons.

La situación derivó en un bochorno diplomático considerable y en un cambio urgente de intérprete: Seymour no duró ni un día en el puesto. Con ese historial, no extraña que la anécdota japonesa se cuente con malicia: en Polonia lo convirtieron en pretendiente colectivo de todo un país, y cuatro años después un intérprete japonés decidió que lo más eficaz era decretar la risa.

El chiste que nadie oyó

Cuál era el chiste, Carter no lo contó nunca. Solo dijo que era el más corto que sabía, que no era el mejor y que le quedaba de sus campañas a gobernador de Georgia. Lo contó en 1991, en la conferencia Landon de la Universidad Estatal de Kansas, y volvió a contarlo al año siguiente en Notre Dame: el único chiste de su vida que triunfó en otro idioma sin que nadie lo oyera.

La anécdota, en vídeo

Este vídeo del canal de una parroquia luterana, Trinity Klein, cuenta la anécdota tal y como la contaba Carter:

The Story of Jimmy Carter Speaking to Japanese Students

Si alguna vez le toca hablar con intérprete, cuente el chiste corto. Y no pregunte.

De públicos a los que se engaña con toda la seriedad del mundo sabe mucho el Dreadnought Hoax, cuando Virginia Woolf y sus amigos se pasaron la Royal Navy por el arco del turbante, y de malentendidos delante de un micrófono, Guy Goma, el «experto» de la BBC que no lo era. Otro presidente al que las palabras jugaron malas pasadas fue el chileno Sebastián Piñera, con sus famosas Piñericosas.

Lee también: Bush vomita sobre Japón: diplomacia a la americana y El japonés que pasó 20 años sin hablar a su esposa

Fuentes consultadas

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