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Del folklore al insulto cariñoso: el coño de la Bernarda

Detalle de «Mujer bañándose en un arroyo», de Rembrandt: una mujer con una camisa blanca remangada

Granada, Ciudad Real y Sevilla se disputan a la Bernarda, y ninguna tiene un solo papel que demuestre que existió. Lo que sí existe, y con una salud de hierro, es la expresión: cuando algo es el coño de la Bernarda, es un desorden en el que mete mano todo el mundo sin ningún control. Una santera milagrera, una hija de Aben Humeya, una sevillana de vida alegre o una simple metáfora: estas son las versiones que circulan sobre el origen del dicho más castizo del desmadre.

¿Qué demonios es el coño de la Bernarda?

Cuando se dice que algo es el coño de la Bernarda, se quiere decir que es un lío de proporciones bíblicas, un desorden mayúsculo, un sindiós de esos que solo se entienden (y a veces ni eso) en España. Una reunión familiar con cuñados opinólogos, una reunión de vecinos subida de tono o la caja de los cables del Wi-Fi: todo eso es, simbólicamente, el coño de la Bernarda.

Del coño al caos: las teorías

Su origen no está documentado, pero sí envuelto en leyenda, y como en todo buen cotilleo histórico, las versiones se entrecruzan con picardía y rumores.

Teoría 1: la santera de Atarfe

La versión granadina sitúa a Bernarda en el siglo XVI en Atarfe, en la vega de Granada. Era santera y curandera, y se le atribuían milagros. Cuando los prodigios iban a más, la gente empezó a decir, con la retranca que se le supone, que los obraba con el coño. Hay incluso quien precisa el método: curaba a quien le metía la mano en salva sea la parte. Ciudad Real reclama para sí una curandera muy parecida.

Vista del pueblo de Atarfe, en la vega de Granada, con un parque en primer plano
Atarfe, en la vega de Granada, uno de los lugares que reclaman a la Bernarda. Foto: Talinevega (CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons)

Otras leyendas la hacen hija de Aben Humeya, el cabecilla de la rebelión morisca de las Alpujarras de 1568, o una prostituta que se fue a Marruecos a hacer negocio con los soldados españoles en la guerra del Rif. Ninguna tiene un solo documento que la respalde.

Teoría 2: la sevillana de vida alegre

La versión sevillana prescinde de los milagros. La Bernarda habría sido una mujer de vida alegre, de las que en tiempos de casa y misa vivían al margen del qué dirán, y por cuya puerta entraba y salía tanta gente que su nombre acabó designando cualquier situación caótica. ¿Que si es verdad? Probablemente no, o no del todo. Pero la imagen tiene una fuerza cómica difícil de igualar.

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Teoría 3: ¿Bernarda Alba?

Los más leídos la relacionan con La casa de Bernarda Alba, de Lorca. Pero en la obra no aparece la palabra ni por asomo, y no hay documento alguno que relacione a Lorca con la expresión. Eso sí, en una sobremesa literaria queda muy bien dejar caer, con gesto grave: «Claro, es que el coño de la Bernarda es puro Lorca, ¿no te parece?».

Teoría 4: la Bernarda como concepto

La última teoría prescinde de la persona: la Bernarda sería una abstracción, una especie de patrona popular del jaleo. Decir que algo es el coño de la Bernarda vendría a ser como decir que es una jaula de grillos o el camarote de los hermanos Marx, pero con una carga sonora que deja al oyente sin réplica.

Y ahí está su gracia: pese a su crudeza, la expresión tiene un fondo de ternura. Nadie la dice con rabia, sino con resignación divertida, la de quien sabe que el control es un espejismo.

Un poco de gramática con chorizo: el poder de la palabrota

El secreto del éxito de esta expresión no reside solo en lo pintoresco del personaje. Hay que hablar, inevitablemente, del «coño». Palabra breve, directa, con K de contundencia disfrazada en C. Una de esas palabras que, dependiendo del acento y el contexto, puede sonar como insulto, interjección, elogio o simple puntuación emocional.

En España, el uso de “coño” ha alcanzado cotas de expresividad que rayan lo artístico. Y, curiosamente, se ha ido despojando de su connotación puramente sexual o grosera para convertirse en muletilla, comodín e incluso forma de resistencia cultural.

Lo mejor: no discrimina. Puede aplicarse a contextos políticos (“el Congreso parecía el coño de la Bernarda”), domésticos (“la cocina, después de la fiesta, era el coño de la Bernarda”) o existenciales (“mi vida es el coño de la Bernarda”). Polivalente, sonora, versátil. Lo tiene todo.

Porque todos, en algún momento, hemos estado en el coño de la Bernarda. Algunos, incluso, sin querer salir.

No es la única expresión con historia: en nuestras frases populares hay unas cuantas más. Y si de palabras que cambian de sentido hablamos, pocas lo han hecho tan a lo bruto como «subnormal», que pasó de término médico a insulto, como contamos en el Día del Subnormal.

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Vídeo: ¿de dónde viene «el coño de la Bernarda»?

Este vídeo repasa, con algo menos de pudor que nosotros, de dónde puede venir la expresión:

¿De dónde proviene la expresión "El c0ñ0 de la Bernarda"?

Fuentes consultadas