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El increíble Vuelo 514 Alrosa: de la catástrofe anunciada al milagro en la pista fantasma

El Tu-154 de Alrosa detenido entre los árboles al final de la pista de Izhma, visto desde el aire

Que una empresa minera de diamantes tenga su propia aerolínea ya resulta pintoresco. Pero así es Alrosa, la compañía estatal rusa que extrae diamantes en la gélida Yakutia y que, para llevar a sus trabajadores desde minas remotas hasta la civilización, tiene una filial aérea, Alrosa Mirny Air Enterprise.

El 7 de septiembre de 2010, el vuelo 514 de Alrosa Air, un Tupolev Tu-154M con matrícula RA-85684, despegó de Udachny —nombre que, ojo con esto, significa “afortunado” en ruso— rumbo a Moscú. Un trayecto de rutina en un aparato que, aunque diseñado en los años setenta, seguía surcando los cielos con la testarudez propia de la ingeniería soviética.

El fallo eléctrico que apagó el cielo

La normalidad saltó por los aires cuando, a unos 10.600 metros de altitud, el sistema eléctrico del Tu-154 decidió rendirse en bloque. No se trataba de una luz fundida ni de una radio con mal contacto: se fue absolutamente todo. Navegación, radio, bombas de combustible, flaps, indicadores de vuelo… como si alguien hubiera desenchufado el avión de golpe. A bordo, 81 personas (72 pasajeros y 9 tripulantes), un futuro inmediato poco halagüeño y un mapa de Siberia como única guía.

La investigación posterior apuntó a un sobrecalentamiento de las baterías que provocó un colapso eléctrico total. En escala más doméstica fue como quedarse sin batería en el coche mientras conduces de noche por una carretera helada, con la diferencia de que el “vehículo” pesaba 100 toneladas y volaba a 850 km/h.

Mapas de papel y nervios de acero

Privados de tecnología, el comandante Yevgeny Novoselov y su copiloto Andrei Lamanov se vieron obligados a pilotar con instrumentos analógicos, mapas de papel y mucha sangre fría. Según Simple Flying, a los pasajeros se les pidió además que se movieran a la parte delantera para el aterrizaje.

Sin radio, sin ayuda de tierra y sin bombas de combustible, solo podían usar el queroseno del depósito de alimentación: unos 3.300 kilos, lo justo para una media hora de vuelo. Descendieron por debajo de las nubes y se lanzaron a buscar a ojo algo parecido a una pista. Y el destino les mostró una opción tan improbable como salvadora: el olvidado aeródromo de Izhma, en la República de Komi, que ni siquiera aparecía ya en las cartas de navegación.

Vista aérea por satélite de la pista de Izhma en medio del bosque
La pista de Izhma vista desde el aire: un tajo en mitad de la taiga

Izhma, la pista fantasma en medio de la nada

La pista de Izhma era poco más que un recuerdo. Cerrada al tráfico aéreo desde 2003 y relegada al aterrizaje ocasional de helicópteros, sus 1.325 metros estaban pensados para bimotores ligeros, no para un coloso como el Tu-154, que necesita más del doble para una toma de tierra segura. Sin embargo, alguien había seguido cuidando aquel asfalto con obstinación quijotesca: Sergey Sotnikov, jefe del aeródromo, que por pura vocación seguía despejando maleza y quitando nieve aunque ya no se esperara un solo avión. Lo hacía sin órdenes, sin presupuesto, sin más recompensa que la tranquilidad de saber que la pista no se perdería del todo bajo el abandono.

Sergey Sotnikov, jefe del aeródromo de Izhma, con el Tu-154 de Alrosa detrás
Sergey Sotnikov, el jefe del aeródromo de Izhma, con el Tu-154 de Alrosa detrás

Gracias a él, el aeropuerto abandonado seguía operativo en secreto, convertido en una especie de reliquia en estado de vigilancia permanente. Y ese día, siete años de tozudez silenciosa se transformaron en el factor decisivo para salvar 81 vidas.

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La danza del aterrizaje imposible

El aterrizaje no fue ni elegante ni ortodoxo. Sin flaps para reducir la velocidad, el Tupolev se lanzó sobre Izhma como un halcón con prisa. Hubo dos intentos fallidos, ajustes desesperados y finalmente, en el tercer acercamiento, Novoselov posó la mole metálica a casi 380 km/h. La pista se quedó corta, claro: el avión terminó deslizándose más allá del asfalto hasta internarse unos 160 metros en la maleza. Aun así, milagrosamente, nadie resultó herido. Los pasajeros evacuaron por los toboganes con la serenidad de quien se acaba de salvar de una catástrofe y aún no lo ha procesado.

La cola del Tu-154 de Alrosa asomando entre los pinos tras salirse de la pista
La cola del Tu-154 asomando entre los árboles, al final de la pista de Izhma

Heroísmo con medallas y vodka

El suceso fue celebrado en Rusia como un ejemplo de profesionalismo. El comandante Novoselov y el copiloto Lamanov recibieron el título de Héroes de la Federación de Rusia, mientras que el resto de la tripulación obtuvo la Orden del Coraje.

A Sotnikov, el guardián de la pista olvidada, también le llegaron la condecoración y la fama. Según la prensa local, en Izhma se convirtió en una celebridad y su historia se contaba en los bares como una leyenda urbana con final feliz, aunque de los autógrafos en las ferias y del misterioso ascenso que le atribuyen algunos relatos no hay rastro en las fuentes.

La tripulación del vuelo 514, con el presidente Medvédev, en la ceremonia de condecoración en el Kremlin
La tripulación del vuelo 514, condecorada en el Kremlin por el presidente Dmitri Medvédev

El resurgir del “Lucky Tupolev”

Lejos de enviar el Tu-154M al desguace, los ingenieros decidieron darle una segunda vida. Tras reparaciones intensivas, la sustitución de motores y un aligeramiento a conciencia, el 24 de marzo de 2011 el avión despegó de Izhma usando apenas 800 de los 1.325 metros de pista, una cifra que desafía los manuales. Volvió al servicio con Alrosa, siguió volando hasta septiembre de 2018 y acabó retirado y donado a un museo de aviación de Novosibirsk. Ocho años de propina para un avión que había estado a media hora de no tener ninguno.

Un vuelo rutinario convertido en leyenda

Algunos pasajeros posaron radiantes delante del maltrecho Tupolev, como si acabaran de bajar de la montaña rusa más extrema jamás diseñada por ingenieros soviéticos. Y la pista de Izhma, que no esperaba ni un avión más, pasó a ser lugar de peregrinación para periodistas y aficionados a la aviación.

Al final resultó que lo de Udachny, «afortunado», no era solo un nombre.

No es el único milagro aéreo de la historia: en 1972, la azafata Vesna Vulović sobrevivió a una caída de más de 10.000 metros sin paracaídas. Y en California, un hombre voló atado a un racimo de globos y vivió para contarlo.

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Vídeo: el avión que aterrizó en un aeropuerto fantasma

Para revivirlo con imágenes, este vídeo reconstruye el vuelo desde el apagón hasta el aterrizaje:

El Avión que aterrizó en un aeropuerto FANTASMA | Vuelo 514 de Alrosa Air

Fuentes consultadas

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