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Ramona Llimargas: la monja bilocada que hablaba con Franco y se zurraba con el demonio

Retrato ovalado en blanco y negro de Ramona Llimargas sobre una vista de Barcelona

Barcelona, ciudad de modernismo, vermuts al sol, y también, de monjas místicas con superpoderes. Entre los adoquines del barrio de Gràcia y los ecos de la Guerra Civil, se esconde la historia de Ramona María del Remedio Teresa Llimargas Soler, una religiosa que, sin saber ni papa de castellano, logró bilocarse en el despacho del mismísimo Francisco Franco para darle consejitos divinos. Si algo nos faltaba en este país era una monja con línea directa al Caudillo y, según se cuenta, también tenía comunicación privilegiada con las alturas celestiales… y con las infernales.

Esta es la historia, tan delirante como fascinante, de Ramona Llimargas, fundadora de una orden, portadora de estigmas, mártir voluntaria de cáncer ajeno y, por supuesto, bilocadora profesional.

Los humildes (y algo escabrosos) orígenes de una santa de barrio

Ramona nació en Vic el 24 de marzo de 1892, hija de un labrador y de un ama de casa, en una familia que podría figurar en cualquier telenovela decimonónica: madre severa, pobreza rampante y ocho hijos, de los que solo sobrevivió ella. Como una cenicienta catalana, acabaría recogiendo el manto de lo sobrenatural entre misas, trapos y visiones.

Desde niña, Ramona tuvo lo que podríamos llamar un físico poco agradecido (así lo describen las crónicas): rostro endurecido, vello facial y una pierna maltrecha por culpa de una poliomielitis que superó, según dicen, por intercesión divina. Añádase a eso una dislexia infantil y una madre que más que amor maternal parecía dispensar penitencia diaria. Ramona, lejos de hundirse en la miseria emocional, abrazó el sufrimiento con entusiasmo místico. Encontró refugio en el convento franciscano de Vic, donde los frailes, compadecidos de su pobreza, le encargaban pequeños recados.

Demandadera, visionaria y fundadora

Pronto se convirtió en demandadera en un convento, una especie de asistente sin sueldo y con mucho sacrificio —como tantas mujeres en tantas instituciones religiosas que, además de fe, aportaban sudor y horas interminables—, y ahí comenzó a perfilarse su particular andadura mística. Entre cánticos, ropa planchada y encargos interminables, fue alimentando esa mezcla de fervor y trance que acabaría marcando su vida. En 1939, en plena posguerra y cuando España entera olía a pólvora, racionamiento y sotanas recién almidonadas, dio el salto fundacional: la creación de la Pía Unión de las Hermanas de Jesús Paciente, una congregación que nacía con una misión tan clara como necesaria en aquel país exhausto: atender gratuitamente a los enfermos pobres, que en aquel tiempo eran prácticamente legión, una auténtica multitud olvidada por el sistema sanitario oficial, que bastante tenía con lamerse sus propias heridas.

La sede se instaló en Can Trilla, una masía del siglo XVII en el número 177 del carrer Gran de Gràcia, que resistía con estoicismo la modernización acelerada del barrio. En su cripta acabaron reposando los restos de Ramona, que había sido enterrada en 1940 en el cementerio de Sarrià; la fecha del traslado varía según la fuente (1988 o 1998). La congregación, por cierto, no recibió la aprobación eclesiástica hasta 1943, tres años después de la muerte de su fundadora.

Fachada de Can Trilla, la antigua masía del número 177 de la calle Gran de Gràcia, en Barcelona
Can Trilla, en Gran de Gràcia. Foto: Enric, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons

De los milicianos a los milagros

Durante el verano del 36, cuando el país ardía en todos los sentidos —en las calles, en los templos, en las trincheras y hasta en las cocinas donde faltaba el pan—, Ramona fue sorprendida en su propia casa por cuatro milicianos armados y con más sospechas que pruebas. La acusaban de esconder al obispo de Vic, Juan Perelló, y lo cierto es que la acusación no era precisamente un invento malintencionado: el prelado efectivamente había encontrado refugio bajo su techo.

En cualquier otro caso, aquello habría acabado mal, pero en una pirueta del destino que parece escrita por un guionista con sentido del humor negro, apareció en escena Francisco Freixenet, jefe local de las milicias anarquistas y, detalle jugoso, padre de un niño al que Ramona había salvado años atrás de morir asfixiado. El hombre, agradecido a su manera y ejerciendo de árbitro improvisado entre pólvora y sotanas, ordenó que la dejaran en paz. Fue un instante casi literario: la Providencia y el karma estrechándose la mano y encendiendo, metafóricamente, un pitillo juntos en mitad del caos bélico.

El 8 de octubre de 1940, apenas un año después de haber fundado su comunidad religiosa, Ramona murió. Pero claro, tratándose de ella, no podía ser una muerte corriente con rosario en mano y último suspiro piadoso. Según las crónicas de la congregación, tomó la insólita decisión de asumir el cáncer de una enferma terminal, como si se tratara de una transferencia bancaria entre cuentas vitales. Un traspaso oncológico, voluntario, altruista y casi incomprensible para la lógica médica. Porque lo de donar órganos o sangre ya es admirable, pero lo de absorber tumores ajenos en plena posguerra es, sencillamente, de otro nivel místico, casi superheroico, si se permite la comparación.

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Ramona “la encantada”: estigmas, levitaciones y enfrentamientos demoníacos

Aquí la cosa se pone paranormal y, admitámoslo sin pudor, bastante más entretenida que la rutina conventual. Ramona no era una religiosa al uso, de esas que se conforman con rezar rosarios en cadena o con visitar enfermos en silencio resignado. No, señora: lo suyo era un catálogo completo de fenómenos místicos dignos de manual de parapsicología. Entraba en trances extáticos, caía al suelo de rodillas como fulminada por un rayo divino, y en ocasiones —según testimonios recogidos— llegaba incluso a elevarse unos centímetros del suelo para dejar boquiabiertos a los presentes.

A esto añadía los estigmas sangrantes en manos y pies, las supuestas apariciones de difuntos que acudían a darle noticias frescas del más allá, y las célebres locuciones internas, ese término tan piadosamente eclesiástico que viene a significar, en román paladino, que alguien escuchaba voces en su cabeza y, curiosamente, no se trataba de un diagnóstico psiquiátrico sino de un carisma celestial.

Entre sus talentos más llamativos y, podríamos decir, mediáticamente explotables, sobresalía el de la bilocación: la capacidad de estar en dos lugares a la vez. Un don extraordinariamente útil en tiempos convulsos, cuando el frente estaba dividido y las trincheras necesitaban tanto enfermeras como apariciones milagrosas. Según sus devotos, Ramona se dejaba ver simultáneamente en hospitales de campaña republicanos y nacionales, repartiendo consuelo imparcial como una especie de ONG sobrenatural. Y, siempre según la congregación, utilizaba esta misma habilidad para asesorar a Francisco Franco, apareciéndosele en su despacho o en momentos clave, ya fuera desde el más allá, el más acá, o ese limbo intermedio reservado a las almas con contactos directos en la Moncloa celestial.

La monja que le susurraba al dictador

Sí, Franco. El hombre del brazo en alto perpetuo, la voz nasal y las sobremesas interminables. Resulta que Ramona, que apenas chapurreaba más allá de su catalán natal, se le aparecía en estado de bilocación al mismísimo Caudillo. La escena, si uno la imagina con calma, tiene un punto berlanguiano irresistible: el dictador sentado en su despacho, rodeado de banderas y crucifijos, recibiendo de pronto la visita espectral de una monja que ni siquiera hablaba castellano con fluidez, y aun así le transmitía advertencias que iban desde conspiraciones masónicas hasta menús envenenados.

Según los testimonios recogidos por su congregación, Franco se refería a ella con cierta familiaridad como “Ramona, la catalana”, un apodo que en boca del dictador sonaba casi a gesto de cercanía. Siempre según esos testimonios, la monja le aconsejaba no meterse en la Segunda Guerra Mundial, le alertaba de un posible envenenamiento en una comida en Zaragoza y le señalaba con dedo invisible a más de un colaborador que simpatizaba con la masonería. Un asesoramiento que, dicho sea de paso, habría firmado cualquier servicio de inteligencia, aunque aquí venía servido en bandeja mística. Eso sí, según ha contado BTV, la televisión municipal de Barcelona, nunca llegó a ver a Franco en persona: todo fue cosa de apariciones.

Lo más curioso es que no se limitaba al bando nacional: también aparecía en trincheras y hospitales republicanos, llevando consuelo a soldados moribundos, curando a enfermos y repartiendo esperanza en mitad del desastre bélico. Era, en definitiva, una especie de visitadora fantasma multibando, capaz de cruzar fronteras ideológicas con la misma facilidad con la que cruzaba paredes. Tanto es así que un enfermo, tiempo después, al entrar en el Dispensario de las Hermanas de Jesús Paciente y ver una fotografía de Ramona, aseguró con toda naturalidad que aquella era la monja que lo había atendido en el hospital… mientras, oficialmente, ella estaba en Barcelona fundando su congregación.

Una visita a Can Trilla: reliquias, tallas y mordiscos del diablo

En pleno barrio de Gràcia, Can Trilla sigue en pie, aunque cada vez menos. Durante décadas fue un oasis atemporal en mitad del ruido urbano, con su cripta capilla donde reposaban los restos de Ramona junto a una imponente talla de Jesucristo descendido de la cruz, obra de María Luisa Vidal, cofundadora de la orden, que —según las hermanas— no tenía formación artística alguna. Lo cual, siendo honestos, le daba un toque aún más sobrenatural al asunto.

En una vitrina se guardaban algunos de los enseres personales de Ramona. Y entre ellos, destaca un crucifijo con una supuesta dentellada del demonio. Que sí, que el mismísimo Satanás, harto de sus éxtasis y milagros, intentó hincarle el diente a su símbolo de fe. Lo que viene siendo un exorcismo express con testigo material.

No es la única religiosa con leyenda propia: en Moret, una monja negra dio que hablar a toda la corte de Luis XIV. Y en Egipto, la británica Dorothy Eady aseguró durante décadas vivir entre dos mundos, el suyo y el de los faraones.

Una historia de barrio con ecos celestiales

El legado de Ramona, sin embargo, se ha ido apagando. Hacia 2023, cuando en la casa solo quedaban cuatro o cinco monjas, la comunidad cerró el convento, y hoy, según contaba Time Out en marzo de 2026, el caserón está abandonado y los vecinos evitan pasar por su acera. Ni siquiera está claro si los restos de Ramona siguen en la cripta. La monja que se bilocaba no ha conseguido, de momento, librarse del olvido ni en uno ni en dos sitios a la vez.

Can Trilla no figura en las guías turísticas, pero guarda uno de los relatos más extravagantes del siglo XX español. Un cuento de guerra, fe, milagros y bilocaciones, donde lo divino y lo absurdo se dan la mano.

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Vídeo: el enigma de Ramona Llimargas

Para quien quiera más misterio, este vídeo repasa la vida y los prodigios atribuidos a la monja de Gràcia:

El enigma de Ramona Llimargas || #MISTERIO

Fuentes consultadas