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El equipo fantasma que jugó en España: la estafa del falso Botafogo de Paraíba

Foto de equipo del falso Botafogo de Paraíba sobre el césped de un estadio español, en el verano de 1997

En agosto de 1997, un equipo brasileño que se presentaba como el Botafogo de Paraíba hizo una gira de pretemporada por España. Jugó contra el Tenerife, el Albacete, el Salamanca y el Logroñés, perdió casi todo y hasta se llevó un trofeo en Puertollano. Solo había un problema: el Botafogo de Paraíba de verdad no se había movido de Brasil, donde estaba jugando el campeonato estatal.

¿Botafogo de Paraíba?

Botafogo, como nombre, tiene caché en Brasil. El más famoso, el de Río de Janeiro, cuna de leyendas como Garrincha. Pero en Brasil, país donde los clubes brotan como setas en otoño, hay Botafogos hasta en el café. Así, entre otros, existe también un modesto club llamado Botafogo Futebol Clube, con sede en João Pessoa, en el estado de Paraíba.

Y sí, existe, aunque eso no significa que los que llegaron a España fueran sus legítimos representantes.

En 1997, alguien organizó una gira de pretemporada por España de un equipo que se presentaba como el Botafogo de Paraíba, con categoría de profesional. Era el verano en que los grandes de Brasil se paseaban por los trofeos españoles (el Flamengo le metió un 3-0 al Real Madrid en Palma), y los clubes con menos presupuesto también querían su brasileño.

La gira tenía padrino. El Trofeo Teide, en La Orotava, quería traer al Botafogo de Río de Janeiro, pero era demasiado caro, así que aceptó la oferta de un agente italiano que decía representar al de Paraíba. Ese mismo agente organizó el resto del viaje.

El tour del engaño: un road trip con botas de tacos

La gira arrancó el 13 de agosto de 1997 en Tenerife, en el Trofeo Teide, y lo hizo, además, con victoria: 1-0 ante el modesto Realejos. Fue un espejismo. Dos días después, el CD Tenerife, que celebraba su 75.º aniversario, les endosó un 4-0 en un partido en el que, de paso, presentó a Roy Makaay, y el 19 de agosto el Albacete Balompié les metió otros dos. El 22 llegaron a Salamanca: la UD Salamanca, recién ascendida a Primera División, les abrió las puertas del Helmántico, ante unos 7.000 espectadores, como si se tratase del mismísimo Corinthians y, por si las moscas, les cascó un 6-0. Todo muy cordial.

La lista de víctimas siguió engordando: el CD Logroñés (2-0), el Lorca Deportiva (2-2) y el exótico Pájara Playas de Jandía (que, conviene aclarar, no es un chiringuito playero, sino un club canario ya extinto).

Durante varios partidos amistosos, los brasileños desplegaron un fútbol más bien modesto, con talento discutible, algo de barriga cervecera y mucho desparpajo. Algunos jugadores se presentaban con equipaciones que parecían recién compradas en el mercadillo, y sus pasaportes eran, digamos, creativamente confeccionados. Todo muy sospechoso. Pero claro, en pleno verano, con la pretemporada en marcha y el calor derritiendo la lógica, nadie cuestionaba demasiado aquellas pachangas.

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El día en que alguien encendió la luz

La cosa funcionó hasta que dejó de hacerlo. En Brasil, el diario O Norte, de João Pessoa, se hizo una pregunta incómoda: ¿cómo podía estar el Botafogo de gira por España si ese mismo verano estaba jugando el campeonato estatal de Paraíba? Algunos clubes españoles, ya con la mosca detrás de la oreja, consultaron a la Federación Paraibana de Fútbol, y su presidente, Fernando Mendes, lo confirmó: el Botafogo auténtico no se había movido de casa. Al presidente del club, Antônio Viana, la noticia le llegó por teléfono el 26 de agosto, probablemente con la cara que se le queda a uno cuando le cuentan que su coche lleva un mes haciendo de taxi en otro continente. El club auténtico pidió explicaciones y una indemnización; nunca recibió ni una disculpa. La Federación Paraibana pidió a la Confederación Brasileña que mediara ante la Federación Española, y Viana llamó al presidente del Logroñés, que no supo qué contestarle. Para más inri, el Botafogo de verdad llegó ese año a la final del campeonato estatal.

Fue entonces cuando las alarmas comenzaron a sonar. La prensa empezó a escarbar en los papeles y, según algunas versiones de la época, lo que encontró fue oro puro: la mayoría de los documentos presentados por la delegación brasileña eran falsos, varios pasaportes no coincidían con los jugadores reales y, en resumen, el equipo era una invención completa, una pantomima con botas y escudos de pega.

Lo mejor estaba por llegar. Con el engaño ya destapado, el equipo no hizo las maletas: jugó un partido más, en el Trofeo Ciudad de Puertollano. Los organizadores, que algo habían oído, decidieron seguir adelante y presentarlo como «un combinado de jugadores de categorías inferiores de Brasil» con licencia del Botafogo de Paraíba, lo cual era, sencillamente, mentira. Empataron 2-2, ganaron en los penaltis y recogieron el trofeo de manos del concejal de Deportes.

Página de periódico de 1997 con el titular «Ni Bota, ni Fogo» sobre el falso Botafogo de Paraíba
La prensa de 1997 se hizo eco del engaño

Detrás del invento, según las fuentes, no había un club sino un representante de jugadores —algunas versiones hablan de un empresario italiano— que había reunido un equipo de circunstancias para exhibir futbolistas ante posibles compradores europeos: un escaparate con botas de tacos. Los responsables desaparecieron tan rápido como habían llegado, dejando tras de sí un reguero de anécdotas, decepciones y, según algunos testimonios, alguna que otra factura sin pagar. Los clubes españoles, por su parte, prefirieron no denunciar: suficiente ridículo habían hecho ya como para airearlo en los juzgados.

¿Cómo pudo colar un timo así?

Porque, por muy naíf que fuera el panorama del fútbol español en los 90, cuesta creer que nadie se tomara la molestia de hacer una llamada o consultar una base de datos. Pero claro, estamos hablando de una época sin redes sociales, sin Transfermarkt, sin Google fiable. Si alguien decía que venía del Botafogo y mostraba un fax con membrete en Comic Sans, se le creía. Y punto.

Y luego estaba el embrujo de la camiseta amarilla: en los noventa, cualquier cosa que sonara a «jugador brasileño» parecía venir con la samba de serie.

Anécdotas, chascarrillos y algún que otro ridículo

Y luego están las anécdotas que circularon por los vestuarios y que, a falta de pruebas, hay que coger con pinzas. Se dice que, en pleno amistoso en Canarias, uno de los brasileños pidió el cambio antes del descanso: el calor podía con él… y la resaca de dos días tampoco ayudaba. Otro, al parecer, confesó a un masajista local que en realidad trabajaba como camarero en Recife y que jugaba al fútbol solo los domingos, “cuando no llovía”.

Detalles que hoy nos parecerían un sketch de Muchachada Nui, pero que entonces pasaron como triviales.

El falso Botafogo de Paraíba posa para la foto de equipo, con camisetas a rayas blancas y negras, antes de un amistoso en España en 1997
El falso Botafogo de Paraíba posa antes de un amistoso en España, en 1997

También trascendió, según algunos testimonios de la época, que algunos de los miembros del equipo ni siquiera eran futbolistas. Uno de los “jugadores”, siempre según esas mismas versiones, habría confesado años más tarde, en una entrevista concedida a una emisora regional, que fue reclutado en un gimnasio de João Pessoa y que jamás había pisado un campo profesional. “Fui por la aventura y por conocer Europa. Y porque me prometieron que habría sangría gratis”, habría declarado.

El legado de la estafa: entre la risa y la vergüenza

La historia del falso Botafogo de Paraíba ha quedado como uno de los episodios más surrealistas del fútbol español moderno, y retrata bien lo poco que se comprobaba entonces.

Hay que admitirlo: organizar una gira europea de la nada, plantarse en estadios profesionales como quien entra en su casa y esfumarse sin dejar rastro tiene su mérito. Hace falta logística y un morro monumental.

No fue el único despiste de la época. En 1963, la prensa española había convertido a un oficinista de Madrid en Andrés Moore, supuesto fundador de los Beatles; en 1996, Ali Dia debutó en la Premier League haciéndose pasar por primo de George Weah, y media prensa española dio por secuestrado a José Luis Martín Prieto, que estaba tan tranquilo en un hotel. En cuanto a morro, este equipo está a la altura de Maurice Flitcroft, el gruista que se coló en el Open Británico de golf, o del jeque kuwaití que bajó al césped en el Mundial del 82 y consiguió que anularan un gol a Francia. Aparentar solvencia sin tenerla es, por cierto, la base del timo del nazareno. Y en surrealismo futbolístico, pocos superan el amaño de Goa, con aquellos 55-1 y 61-1. Del fútbol brasileño de verdad también llegan historias difíciles de creer: en 2011, tras un 0-0 contra el Botafogo de Río, un consejero del Flamengo puso su móvil a disposición de los hinchas para que le avisaran de las juergas de Ronaldinho. Y otro espectáculo que usaba un nombre que no era suyo: el festival de Shanghái al que Nicki Minaj voló en 2018 para acabar sin cantar. Y la primera Liga de verdad, la de 1929: el acuerdo que puso en marcha la Liga española.

Lee también: El partido de Pio XII: la tragedia de un árbitro y un jugador en Brasil (2013) y Timor Oriental y los brasileños con papeles falsos

Fuentes consultadas

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