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Robo de la bandera de Nelson en Tenerife: la chapuza del Mpaiac

Detalle del Pendón de la Conquista, de tela roja con un escudo y un águila bordados en oro

La madrugada del 21 de enero de 1977, cuatro miembros de un comando independentista canario entraron en la iglesia de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife para robar el Pendón de la Conquista y mandárselo a Antonio Cubillo, el líder del Mpaiac, exiliado en Argel. Forzaron una vitrina, cogieron dos banderas y salieron corriendo. Cuando las desplegaron, vieron que se habían equivocado: tenían la bandera que Tenerife le arrebató a Nelson en 1797 y la de las milicias que lo derrotaron.

Sobre el papel, el guion parecía sencillo: entrar de madrugada por el coro, localizar la preciada enseña y desaparecer sin levantar sospechas. La realidad, siempre tan poco complaciente, empujó la escena hacia la comedia involuntaria más que hacia la gesta revolucionaria. Años después, La Opinión de Tenerife lo resumía así: una historia más propia de Atraco a las tres que de una revolución con fundamento.

Erelca: entusiasmo desbordado y puntería deficiente

El comando operaba bajo el nombre de Erelca, un grupo con pulsión anarquista y simpatías independentistas que tenía más entusiasmo que estructura. Más que pertenecer al Mpaiac, quería entrar en él, y el Pendón iba a ser su carta de presentación ante Cubillo. Lo formaban cuatro hombres: J. P. H. R., apodado «Juan el Barba» o «Juan Banderas», que dirigía un hotel en el Puerto de la Cruz; P. A. M. C., que era policía armado; L. A. M. G., y M. H. H., conocido como «Babán».

Subieron al coro, forzaron una vitrina, cogieron dos banderas y salieron a toda prisa, convencidos de haber triunfado. No dedicaron ni un segundo a comprobar su premio.

La confusión de las banderas: historia en la mano, objetivo perdido

Ya a salvo, cuando desplegaron las piezas robadas, la sorpresa fue tan grande como el error cometido. No habían capturado el Pendón de la Conquista. En su lugar, sostenían dos reliquias de enorme valor histórico para la ciudad.

Una era la bandera arrebatada a las fuerzas del almirante Horatio Nelson en 1797, tomada a la fragata Emerald tras el fallido intento británico de conquistar Santa Cruz de Tenerife. La otra correspondía a las milicias tinerfeñas que defendieron la isla bajo las órdenes del general Gutiérrez, las mismas que habían logrado la victoria frente a Nelson.

La bandera británica capturada a las tropas de Nelson en 1797, expuesta en una vitrina de madera
La bandera de Nelson

En un giro de ironía casi literaria, quienes querían atacar un símbolo colonial terminaron robando dos emblemas de la resistencia local. Ni a propósito.

La llamada a Argel: miedo a la bronca… y ovación inesperada

Con las banderas sobre la mesa y el error a la vista, tocaba informar a Argel. Uno del grupo tomó el teléfono con resignación, preparado para escuchar la reprimenda del siglo. Al otro lado esperaba un Antonio Cubillo que imaginaba el Pendón en manos de sus seguidores y un golpe simbólico de primer orden.

Antonio Cubillo, con muletas, sale de la Audiencia Nacional escoltado por varios hombres
Antonio Cubillo

Pero la reacción fue todo menos previsible. Lejos de enfadarse, Cubillo celebró la acción como si hubiese sido el plan original. Alegó que ambas enseñas tenían un gran peso para la sociedad de la isla y que, en cierto modo, el efecto simbólico se mantenía. Solo pidió dos cosas: absoluta discreción y el envío inmediato de las banderas a Argel.

La discreción duró lo que tarda un vaso en vaciarse. Y lo de enviarlas, aún menos.

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Lenguas sueltas, alcohol y una redacción de periódico

Como en tantas historias de espionaje frustrado, fue una lengua suelta la que echó por tierra los restos del plan. Eufórico por la hazaña y animado por los tragos, uno de ellos se lo contó a un conocido.

Unos días después, alguien se presentó en la redacción del periódico El Día con algo que contar. Tuvo un amago de arrepentimiento, pero volvió a las tres de la madrugada para cantarlo todo. No un bar oscuro ni un banco del parque, no: una sala llena de periodistas entrenados para oler historias jugosas a metros de distancia.

Los redactores, atónitos primero y con las antenas desplegadas después, escucharon aquella mezcla de confidencia etílica y heroicidad mal entendida.

Y, como era de esperar, trasladaron la información a quien correspondía: a la policía, que no tardó en unir los hilos de un relato que empezaba a tener más sentido del que al comando le habría gustado.

Mientras tanto, en la iglesia de la Concepción, al terminar la misa solemne por el centenario de su consagración, presidida por el obispo, alguien notó que la vitrina donde descansaban la bandera de Nelson y la de las milicias estaba abierta y vacía. El gobernador civil y el alcalde accidental volvieron a entrar en el templo para comprobar que no era una broma.

El aeropuerto de Los Rodeos: fin del viaje

Ocho días después del robo, el 29 de enero de 1977, uno de ellos, de 26 años, se presentó en el aeropuerto de Los Rodeos dispuesto a volar a Zúrich y, desde allí, a Argel. La policía ya tenía nombres, sospechas y un hilo del que tirar. Y estaba esperándole.

Durante el registro de su equipaje apareció la evidencia que faltaba: las dos banderas cuidadosamente guardadas en una maleta negra. El periódico publicó el suceso con un titular que hoy suena a humor involuntario: “El nombre del detenido con las enseñas fue el facilitado a El Día y comunicado a la Policía”.

Recorte de prensa de enero de 1977 con el titular «El MPAIAC roba banderas»
«El MPAIAC roba banderas», en la prensa de enero de 1977

Los demás miembros del comando cayeron poco después. El 3 de febrero los cuatro ingresaron en prisión, aunque saldrían en libertad en abril (el policía del grupo pasó antes por el castillo de San Joaquín). La estructura de la rama armada, sin embargo, quedó deshecha.

El robo fue el hilo del que tiraron los dos mayores golpes policiales contra el Mpaiac. El segundo, en marzo de 1978, se llamó, ese sí, Operación Estrella: 23 detenidos, explosivos, pistolas y hasta un avión de aeromodelismo con el que, se sospechó, pensaban atentar contra el avión de Adolfo Suárez. Según la Guardia Civil, el aparato no habría podido ni con el peso.

Dosier, explosivos y una lista de planes que nunca vieron la luz

Durante la investigación, la Guardia Civil concluyó que pensaban vender las banderas para financiar futuras acciones, y que la sustracción de las banderas formaba parte de un ambiente más amplio de intentos de acción armada. Desde finales de 1976 habían estallado artefactos caseros en tiendas, oficinas y compañías aéreas. Eran bombas rudimentarias (la primera, en noviembre de 1976, en Galerías Preciados de Las Palmas) que casi siempre causaban solo daños materiales, aunque la campaña acabaría dejando heridos y un muerto. Alimentaban la idea de una organización con aspiraciones de mayor impacto.

En un registro apareció un dosier donde figuraba una lista de objetivos: establecer una base en Taganana, robar explosivos en la cantera de La Jurada, atacar los repetidores de Radio Nacional en el parque de Las Mesas, llenar muros de símbolos independentistas, secuestrar a un militar, eliminar un campamento de Guerrilleros de Cristo Rey y, por supuesto, hacerse con el Pendón de Castilla (es decir, el famoso Pendón de la Conquista) para enviarlo a Argel.

El papel soportaba bien la épica. La realidad operativa, no tanto.

El Mpaiac en la Transición: ruido, bombas caseras y escaso apoyo

Todo ocurría en un momento convulso del país. España vivía los primeros años de la Transición, con un sistema político aún en construcción y diversos movimientos buscando su lugar. El Mpaiac intentó proyectar la causa canaria como un caso de descolonización pendiente y apostó por una violencia de bajo nivel para llamar la atención internacional y conseguir su objetivo: proclamar la República Federal Guanche.

Bandera del MPAIAC: fondo amarillo con un círculo blanco y un símbolo verde en el centro
Enseña del MPAIAC

Sin embargo, sus apoyos eran muy limitados y sus acciones, aunque llamativas, poco eficaces. Entre emisiones radiofónicas desde Argel y atentados rudimentarios, el robo de las banderas se convirtió en el símbolo más claro de las contradicciones internas del movimiento.

Hay, sin embargo, una consecuencia de aquellos años que no tiene nada de cómica. El 27 de marzo de 1977, apenas dos meses después del robo, estalló una bomba en la terminal del aeropuerto de Gran Canaria. Las sospechas apuntaron al Mpaiac, aunque su dirección negó la autoría. Ante la amenaza de un segundo artefacto, el aeropuerto se cerró y los vuelos se desviaron a Los Rodeos, el mismo aeropuerto donde había sido detenido Juan el Barba. Allí, entre la niebla y la saturación, chocaron dos Boeing 747 de KLM y Pan Am: 583 muertos, el peor accidente de la historia de la aviación. La bomba no fue la causa directa de la tragedia, pero sí uno de los eslabones de la cadena.

Banderas recuperadas, mito desmontado

Las dos enseñas regresaron a su vitrina. El Pendón de la Conquista nunca se movió. Lo que sí cambió fue el relato interno de aquellos aspirantes a revolucionarios, cuya gran operación terminó siendo un ejemplo perfecto de cómo la épica soñada puede transformarse, con un solo resbalón, en una comedia de enredo. En cuanto a Cubillo, en abril de 1978 sobrevivió en Argel a un intento de asesinato —la Audiencia Nacional lo atribuyó a personas vinculadas a los servicios policiales— que le dejó secuelas de por vida; regresó a Canarias en 1985 y murió en Santa Cruz de Tenerife en 2012.

No eran, por cierto, los únicos revolucionarios de la Transición con tendencia al esperpento: ahí están los GRAPO y su revolución con jamones de por medio. Y en unas islas acostumbradas a leyendas como la de San Borondón, la isla que aparece y desaparece, lo que desapareció aquella vez fue la bandera equivocada.

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Fuentes consultadas

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