El 29 de octubre de 1996, Onda Cero, la COPE y Radio Nacional abrieron la mañana con una noticia terrible: el periodista José Luis Martín Prieto, columnista de El Mundo y azote del nacionalismo vasco, había desaparecido y podía estar en manos de ETA. El ministro del Interior se plantó en su casa, Aznar pidió que lo tuvieran al tanto y tres jueces de la Audiencia Nacional acudieron a consolar a la familia. A media mañana, Martín Prieto llamó a su periódico desde un hotel a un paso de casa. Lo que había pasado era mucho más mundano: sencillamente, no había vuelto a dormir.
Todo empezó con la misteriosa desaparición del citado periodista, rostro y pluma conocida en las tertulias de sobremesa y las columnas con ínfulas de oráculo. No volvió a casa. No avisó. No dio señales de vida. En otras palabras: hizo lo que en el imaginario colectivo del varón ibérico de mediana edad equivale a «irse a por tabaco».

El desaparecido, además, tenía pedigrí. Martín Prieto había sido uno de los fundadores de El País en 1976, había firmado las crónicas del juicio del 23-F que acabarían en el libro Técnicas de un golpe de Estado y por entonces escribía en El Mundo y opinaba a diario en las tertulias de radio. Un pez gordo del oficio; justo el tipo de presa que encajaba en el guion del miedo.
Y en 1996 ETA tenía secuestrado desde enero al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, así que nadie se paró a pensar que el asunto pudiera ser tan mundano. La hipótesis del secuestro era terrible, pero encajaba demasiado bien.
El pánico: cuando el patriotismo se mete en la redacción
La alarma sonó pronto. A las primeras luces del día, como si de una revelación bíblica se tratase, Luis del Olmo — tótem radiofónico, voz solemne, porte eclesiástico— anunció entre suspiros y pausas dramáticas que José Luis Martín Prieto estaba desaparecido. La noticia la dio Protagonistas, en Onda Cero, y la repitieron COPE y Radio Nacional; el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, había llegado a informar de madrugada al presidente José María Aznar.
Y no era una desaparición cualquiera. No. Era de las buenas, de las que traen audiencia, anunciantes felices y titulares a dos columnas. El periodista se había esfumado del mapa. Las piezas encajaban, o al menos se forzaban a encajar: Prieto era un comentarista feroz contra los nacionalistas vascos; ETA tenía un historial conflictivo con la prensa; España vivía su enésima crisis de nervios. Con esos ingredientes, la exclusiva se cocinaba sola.
Según la crónica que publicaría después Egin, en cuestión de minutos, como si alguien hubiese gritado “¡Jamón ibérico gratis!”, se presentó media cúpula del poder institucional en el domicilio de la esposa del “secuestrado”. Desde el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja —campeón olímpico en caras de funeral— hasta Baltasar Garzón, juez estrella y abonado a cualquier causa de alto voltaje mediático. También desfiló Gómez de Liaño, otro magistrado con querencia por el foco. Todos querían dejar constancia de su solidaridad: que el enemigo no dijera que no se cuidaba a los suyos.
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Una rubia, un hotel y un teléfono
Mientras tanto, Martín Prieto estaba en un sitio bastante menos heroico que un zulo. Conviene tenerlo presente: los detalles de la rubia, el hotel y las llamadas que vienen a continuación proceden de la crónica de Elvira Lalana, corresponsal en Madrid de Egin, el diario de la izquierda abertzale, que no tenía el menor interés en dejar bien parado a un azote del nacionalismo vasco. Según su versión, el periodista había salido de casa a las dos de la tarde del día anterior en compañía de una dama descrita como «joven, alta y rubia». Una descripción digna de novela de aeropuerto.
Siempre según Egin, el destino del enigmático dúo fue un hotel cercano. No las montañas de Mondragón, no un zulo con barrotes de herrumbre y colchón de esparto, sino un hotel con todas las comodidades que la tarjeta de crédito puede comprar. Un secuestro de lo más confortable, vamos. Lo que sí recogieron otras fuentes, sin necesidad de rubias, es que el periodista acabó llamando desde el hotel Embajada, a un paso de su casa.
De nuevo según la crónica de Egin, el esperpento alcanzó cotas valleinclanescas cuando, hacia las diez menos cuarto de la mañana siguiente, el propio Prieto —con la tranquilidad de quien pide una pizza— telefoneó a la redacción de El Mundo para solicitar el número de una secretaria. No el de su esposa, no el de la Guardia Civil, no el de su abogado. Una secretaria.
Media hora después, repitió la llamada. Otro número. Otro asunto. Otro clavo más en el ataúd de la teoría del secuestro. A esas alturas, ya había quien empezaba a olerse el percal, pero la maquinaria ya estaba en marcha.
Nadie quería ser el primero en reconocer que quizá, solo quizá, se habían precipitado un poco. Un año después, la prensa española protagonizaría otro ridículo de campeonato con un falso Botafogo de Paraíba al que nadie se molestó en comprobar.
Del drama a la farsa en doce horas
Luis del Olmo, que aún no descartaba del todo la teoría de que ETA tuviera secuestrado al periodista en el minibar de un hotel con vistas a la Castellana, empezó a titubear. Pero el “secuestrado” había prometido —¡lo prometía por intermediarios!— que llamaría a su esposa para desmentir el secuestro. No lo hizo. Porque, como resumió Lalana en Egin con una elegancia sarcástica que bien merece una calle, “por esas circunstancias de la vida que uno no debe poder contar, el telefonazo se demoraba para aumentar la confusión general”.

A mediodía, ya todo el mundo sabía que Martín Prieto no estaba en manos de ETA, sino, si damos por buena la versión de Egin, de algo mucho más peligroso: una señora rubia con tiempo libre y cero interés en la política antiterrorista. Pero nadie, absolutamente nadie, encontraba la manera de salir del berenjenal sin perder la poca dignidad que aún les quedaba tras haber activado medio aparato del Estado.
Un episodio para los anales del esperpento mediático
La anécdota, que hoy parece un episodio de Vergüenza, fue entonces un terremoto en toda regla. Porque, aunque parezca mentira, hubo lágrimas, lamentos, titulares en rojo y portadas que se redactaron en caliente y se congelaron en la, redundancia mediante, vergüenza. Tampoco sería la última vez que los medios se tragaban un invento: pocos años después, una productora de cine llegó a fabricarse un crítico entusiasta inexistente, David Manning, para poner por las nubes sus estrenos.
Martín Garitano, desde su columna en Egin, no dejó títere con cabeza. Con sorna afilada y sin necesidad de levantar la voz, retrató la escena como solo puede hacerlo alguien que ha visto demasiadas veces el teatrillo del poder:
“Los buenos amigos del colega, cegados por la solidaridad y el afán de protagonismo, no contaron con la posibilidad de que Martín Prieto hubiera preferido engrosar la larga lista de los que marcharon a por tabaco y volvieron a los tres días, con la camiseta del revés, embriagados de perfume barato, la sonrisa en los labios y el mundo por montera”. Conviene leerlo como lo que era: la mofa del periódico de la izquierda abertzale contra un columnista que no le daba tregua.

Y ahí quedó todo: ni dimisiones, ni mea culpas, ni editoriales autocríticos. En el fondo, la historia era demasiado buena: política, misterio, jueces, periodistas de prestigio y, según Egin, una rubia. Solo le faltaba un ovni aterrizando en Ávila, o un falso programa de fantasmas como Ghostwatch, con el que la BBC aterrorizó a media Inglaterra en 1992. Ni el primer secuestro aéreo de España, en 1970, había tenido tanto de opereta, y eso que lo protagonizó un estudiante armado con una pistola de juguete y cuatro whiskies.
Martín Prieto murió el 1 de junio de 2019 en San Lorenzo de El Escorial, a los 75 años, y alguna de sus necrológicas no se resistió a recordar aquella otra «desaparición», la más sonada de su vida. Aquel 29 de octubre de 1996, el único secuestrado fue el sentido común de media profesión.
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El asunto del falso secuestro en vídeo
La Hemeroteca del Buitre recuerda en este vídeo cómo contaron las radios aquel secuestro que nunca existió:
Fuentes consultadas
- El País. (1996, 30 de octubre). La rocambolesca “desparición” de Martín Prieto. El País. https://elpais.com/diario/1996/10/30/sociedad/846630014_850215.html
- Tiempo de Hoy. (2007, 28 de diciembre). Falsos secuestros: ETA como coartada. Tiempo. https://www.tiempodehoy.com/espana/falsos-secuestros-eta-como-coartada
- Naiz. (2024, 29 de octubre). Ridículo general: Martín Prieto no estaba secuestrado, estaba de parranda. Naiz / Artefaktua. https://www.naiz.eus/es/2024/20241029/la-manana-en-la-que-el-periodismo-espanol-se-cubrio-de-gloria
- Fortea, D. (2022, 13 de junio). Historias de la radio: El falso secuestro de MP [Podcast de audio]. Onda Cero. https://www.ondacero.es/podcast/programas/mas-de-uno/historias-radio/historias-radio-falso-secuestro_2022061362a711e4f1a9b0e4f269251d.html
- Servimedia. (1996, 29 de octubre). Martin Prieto. La familia asegura que Martín Prieto está localizado y se encuentran bien. Servimedia. https://www.servimedia.es/noticias/martin-prieto-familia-asegura-martin-prieto-esta-localizado-encuentran-bien/1410927499
- Wikipedia. (s. f.). José Luis Martín Prieto. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Luis_Mart%C3%ADn_Prieto
- Laviana, J. C. (2019, 1 de junio). La última desaparición de MP. El Español. https://www.elespanol.com/opinion/20190601/ultima-desaparicion-mp/403079692_12.html
- La Hemeroteca del Buitre. (s. f.). El «falso secuestro» del periodista Martín Prieto confundió a Onda Cero, RNE y COPE, así como al juez Garzón y al ministro Mayor Oreja. https://lahemerotecadelbuitre.com/piezas/el-falso-secuestro-del-periodista-martin-prieto-confundio-a-onda-cero-rne-y-cope-asi-como-al-juez-garzon-y-a-mayor-oreja/
- Radiochips. (2020, octubre). Estaba de parranda. https://radiochips.blogspot.com/2020/10/estaba-de-parranda.html
- Wikipedia. (s. f.). Egin. Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Egin

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
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