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La Torre Vieja de Oviedo, el escudo de Alfonso III contra los vikingos que nunca llegaron

Torre Vieja de la catedral de Oviedo, con el campanario románico sobre la base de la antigua fortificación

Alfonso III de Asturias no se fiaba del mar. En la segunda mitad del siglo IX mandó levantar junto a la iglesia de San Salvador de Oviedo una fortificación para proteger el tesoro del templo, y dejó el motivo grabado en piedra: los paganos tenían la mala costumbre de presentarse por mar con ejércitos de piratas. Aquella obra se identifica con la Torre Vieja de la catedral. Los vikingos, que ya habían rondado Gijón y A Coruña en 844, nunca llegaron a Oviedo, que se sepa, y la fortaleza terminó convertida en campanario.

Visitantes del norte sin cita previa

La primera visita de la que hay noticia llegó en agosto de 844. Una flota escandinava que había remontado el Garona puso rumbo a la península, y las crónicas asturianas recogen dos golpes contra la costa del reino: uno en Gijón y otro cerca de A Coruña, junto a la Torre de Hércules. Ramiro I juntó tropas y los echó. Los barcos siguieron hacia Lisboa y Sevilla, donde dejaron un recuerdo mucho peor.

Volvieron a Galicia en 859, con Ordoño I en el trono, en una campaña que acabó llevándolos al Mediterráneo. Cuando su hijo, Alfonso III, heredó la corona en 866, los barcos del norte ya no eran un cuento de viejos. Y en Oviedo había mucho que perder.

Un tesoro que quitaba el sueño

La iglesia de San Salvador guardaba lo más valioso del reino. Según la tradición, el Arca Santa, un cofre de reliquias, había salido de Jerusalén, había pasado por Toledo y, tras la invasión musulmana de 711, se había escondido en el monte Monsacro hasta que Alfonso II la llevó a Oviedo. Allí estaba también la Cruz de los Ángeles, regalo del propio Alfonso II en 808. Un siglo después, en 908, Alfonso III sumaría la Cruz de la Victoria, hoy emblema del Principado.

Cruz de la Victoria, de oro y piedras preciosas, en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo
La Cruz de la Victoria, que Alfonso III regaló a la catedral de Oviedo en 908, en la Cámara Santa. Foto: Coralma (CC0), vía Wikimedia Commons.

Todo eso se custodiaba en la Cámara Santa, que la tradición atribuía a Alfonso II y que la arqueología sitúa ya en tiempos de Alfonso III. Muy cerca, a modo de baluarte, se levantó la torre: planta casi cuadrada, muros de cerca de metro y medio de grosor en la base y apenas ventanas en la mitad inferior, que es la que importaba si alguien llegaba con malas intenciones.

La piedra que habla de piratas

La prueba principal es una lápida de ocho líneas, procedente de la torre, que hoy se conserva en el crucero de la catedral, junto a la puerta de la capilla del Rey Casto. En ella, el «príncipe Alfonso», hijo del rey Ordoño, cuenta que mandó edificar aquella fortificación con su esposa Scemena (Jimena), cuando ya tenían dos hijos, para defender el «aula del tesoro» de la iglesia. Y da el motivo: los gentiles, los paganos, suelen llegar por mar con su ejército pirata. «Dios no lo quiera», añade.

Interior de la Torre Vieja de la catedral de Oviedo, con gruesos muros de mampostería y una escalera de caracol moderna
Interior de la Torre Vieja, con los muros de mampostería de la vieja fortaleza y una escalera moderna para subir al campanario. Foto: Enric (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

La obra queda entregada a la iglesia «en perenne posesión». La lápida no lleva fecha: hay quien la sitúa en 872-873 y quien la acerca a 884-885, los años que suelen darse también a la torre. Un diploma de 896 insiste en la idea, con el rey y Jimena donando a la iglesia «nuestro castillo», construido para defensa del tesoro, pero la crítica mira con recelo esa donación, como otras atribuidas a Alfonso III.

Lo que la lápida no dice

Aquí empieza el terreno de lo atribuido. La inscripción habla de una fortificación y no da más señas. Que esa obra sea la Torre Vieja es la tesis más asentada entre los arqueólogos: la parte baja, de unos siete metros de lado, es de la segunda mitad del siglo IX y tiene un carácter netamente defensivo. Hubo quien pensó en la torre de la vecina iglesia de San Tirso, y tampoco se descarta que formara parte de la fortificación de la ciudad que levantó el mismo rey.

La palabra «vikingo» tampoco aparece. La lectura más común ve en esos gentiles a los normandos, que eran los paganos con barco de la época, pero hay especialistas que prefieren hablar de asaltos piratas «normandos o musulmanes». Y ninguna fuente recoge un ataque contra Oviedo, que queda tierra adentro.

La torre fue una medida preventiva, de la misma familia que las Torres de Oeste de Catoira, que cerraban la desembocadura del Ulla y se atribuyen también a Alfonso III. En el siglo XI, el obispo Cresconio las volvió a fortificar.

De búnker a campanario

En el último tercio del siglo XI, probablemente con el obispo Ariano (1073-1094), a la vieja fortaleza le añadieron encima un cuerpo de campanas románico, con vanos dobles en cada cara y capiteles emparentados con los del panteón de San Isidoro de León. En 1415 estrenó reloj de sol en la fachada sur.

El tesoro siguió recibiendo visitas, de otra clase: peregrinos camino de Compostela, a los que una cuarteta popular advertía de que «el que va a Santiago y no va al Salvador visita al criado y deja al Señor». Quienes sí dañaron la Cámara Santa llegaron siglos más tarde y por tierra. En octubre de 1934, durante la Revolución de Asturias, una voladura la destruyó y hubo que reconstruirla entre 1939 y 1942. En 1977, un robo se llevó las dos cruces, que acabaron recuperadas.

Los vikingos, entretanto, siguieron protagonizando historias en otras orillas, algunas tan poco heroicas como la de Sigurd el Poderoso, el conde de las Orcadas al que acabó matando el diente de un enemigo ya vencido, y otras con final tecnológico, como la del rey danés cuyo apodo terminó bautizando la conexión Bluetooth de tus auriculares.

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