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Bateau, litografía de Henri Matisse basada en su recortable Le Bateau de 1953: dos formas azules, la vela y su reflejo, entre trazos morados

En el otoño de 1961, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) tuvo un Matisse del revés durante 47 días. Era Le Bateau, un velero de papel recortado que navegó cabeza abajo desde el día de la inauguración, delante de miles de visitantes y del hijo del pintor. Quien dio la voz de alarma fue Genevieve Habert, una corredora de bolsa que se fijó en el reflejo del barco, comparó la obra con el catálogo y, como en el museo nadie le hizo caso, acabó llamando a The New York Times. El MoMA giró la obra la víspera de que el periódico contara la historia, el 5 de diciembre.

Un velero hecho con tijeras

Le Bateau («El barco») es de 1953, de los últimos años de la vida de Matisse, y está hecho con trozos de papel que se pintaban con gouache antes de recortarlos y pegarlos. El pintor había empezado a trabajar así cerca de los setenta, cuando los problemas de salud le impidieron pintar con normalidad, y con el tiempo acabó prefiriendo las tijeras al pincel. Con casi ochenta años, como resume el Centro Pompidou, se reinventó con el gouache recortado, y buena parte de esas obras nacieron en las paredes de su piso del hotel Régina, en Niza.

La composición cabe en una línea: un velero sobre el agua y su reflejo justo debajo, dos formas azules casi simétricas entre trazos sinuosos. En octubre de 1961 formaba parte de «The Last Works of Henri Matisse», la exposición de grandes gouaches recortados que el MoMA abrió el día 18. Alguien la colgó con el barco abajo y el reflejo arriba, y nadie en la casa se dio cuenta.

Cuarenta y siete días cabeza abajo

Por delante desfilaron críticos y conservadores del propio museo; en total, según la cifra que repiten desde entonces varias crónicas, unas 116.000 personas, y durante semanas nadie dijo nada. Ni siquiera Pierre Matisse, hijo del pintor y marchante en Nueva York, que recorrió la exposición y, según contó Time, no vio nada raro.

Sala del Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1941, con sillas de diseño colgadas en la pared
Una sala del MoMA, en el número 11 de la calle 53 Oeste, fotografiada en 1941 por Gottscho-Schleisner. Foto: Gottscho-Schleisner (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Genevieve Habert sí lo vio. Time la describió como corredora de bolsa, y era además una admiradora de Matisse que volvió a la sala varias veces porque algo no le encajaba: lo que debía ser el reflejo en el agua tenía más detalle que el propio velero, y a un reflejo no se le suele pedir tanto. En su tercera visita compró el catálogo, buscó la lámina y la comparó con el original. En el libro, el barco flotaba sobre su reflejo; en la pared, por debajo. Ya no tenía dudas.

«No podemos responder de los impresores»

Con el catálogo bajo el brazo fue a buscar a un vigilante. Según Time, el hombre no se creyó que el museo pudiera equivocarse así y le echó la culpa al libro: «No podemos responder de los impresores». Otro vigilante la mandó al mostrador de información, que estaba cerrado porque era domingo. Habert, en lugar de rendirse, llamó a The New York Times.

Entrada de la exposición Henri Matisse: The Cut-Outs en el MoMA en 2014, con un gran muro azul y visitantes
Entrada de «Henri Matisse: The Cut-Outs», la exposición de recortables que el MoMA presentó en 2014 tras su paso por la Tate Modern. Foto: Ralph Daily (CC BY 2.0), vía Wikimedia Commons.

Del periódico avisaron a Monroe Wheeler, director de exposiciones del MoMA. A la mañana siguiente, el museo examinó la obra, dio la razón a la visitante y, en un par de horas, Le Bateau volvió a navegar como Matisse lo había pensado. Wheeler, abochornado, lo despachó como «un simple descuido». La crónica de Nan Robertson salió el 5 de diciembre de 1961 con un titular que venía a decir que el Museo de Arte Moderno se había llevado un sobresalto con un cuadro de Matisse, y arrancaba contando los días: cuarenta y siete.

Una etiqueta al revés y unos agujeros traicioneros

La explicación oficial fue de lo más prosaica. Alicia Legg, conservadora adjunta, culpó a la etiqueta del dorso, que alguien había pegado al revés, y a unos agujeros de tornillo en el marco que hacían pensar que la obra ya se había colgado así otras veces. Mirando con más calma aparecieron también agujeros en el lado correcto, señal de que en alguna ocasión sí la habían colgado bien. Time lo resumió así: unas etiquetas boca abajo y seis semanas con el barco sobre la cabeza.

Pierre Matisse, que había pasado por delante como todo el mundo, estuvo generoso con la descubridora. Según la revista, dijo que a la señora Habert había que darle una medalla.

Mondrian, cabeza abajo desde 1945

El MoMA tenía un precedente, aunque entonces nadie lo sabía. En 1945 expuso New York City I, un cuadro que Piet Mondrian había empezado en 1941 con tiras de cinta adhesiva de colores y que dejó sin terminar al morir, en 1944. Según la conservadora Susanne Meyer-Büser, ya se colgó del revés en aquella primera exposición, y así siguió desde 1980 en la Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Düsseldorf. Ella lo descubrió en 2022, mientras preparaba una gran exposición de Mondrian, al ver una fotografía de 1944 en la que el lienzo aparecía sobre un caballete en la posición contraria; antes, el artista italiano Francesco Visalli había escrito al museo con la misma sospecha. Esta vez no hubo vuelta: girarlo ahora podría dañarlo, de modo que sigue como estaba.

Lo de Mondrian demuestra que la cinta adhesiva también tiene un hueco en la historia del arte, aunque no siempre en la posición correcta. Lo de Matisse se parece más a otros despistes de gente que sabía mucho, como el de los expertos que dieron por buenas las cabezas falsas de Modigliani en Livorno. A Genevieve Habert le bastaron tres visitas y un catálogo que, a diferencia de la pared, estaba bien.

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