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La Isla de las Rosas, la república de 400 metros cuadrados que Italia voló con dinamita

La plataforma de la Isla de las Rosas en el Adriático en 1968, con lanchas alrededor y un esquiador acuático en primer plano

Giorgio Rosa, un ingeniero boloñés de 43 años, tardó casi una década en tener lo que quería: 400 metros cuadrados de suelo propio en mitad del Adriático, a once kilómetros y medio de Rímini y fuera de las aguas italianas. El 1 de mayo de 1968 lo declaró república, con el esperanto como lengua oficial. Le duró 55 días: la policía ocupó la plataforma en junio y, en febrero de 1969, la Marina italiana la cargó de dinamita.

Nueve pilotes y diez años de marejadas

La idea le rondaba desde 1958: una isla artificial fuera de las aguas territoriales. El primer intento, un armazón de tubos de acero montado en tierra y llevado a flote, se lo llevó una marejada. En 1964 volvió a la carga con una empresa que presidía su mujer, Gabriella Chierici. A finales de 1966, la Capitanía de Puerto de Rímini le pidió que parase, porque había zonas cercanas concedidas a la petrolera ENI. Siguió a lo suyo, y el 20 de agosto de 1967 abrió la plataforma al público.

Estaba frente a Torre Pedrera, unos cientos de metros más allá de las seis millas que Italia reclamaba entonces. Era un cuadrado de veinte metros de lado, a ocho metros sobre el agua, apoyado en nueve pilotes huecos hincados en el lecho marino; Rosa llegó a sacar agua dulce perforando el fondo. Arriba hubo bar, restaurante, tienda de recuerdos y oficina de correos. El segundo piso, que debía doblar el espacio, se quedó a medias.

Una república con himno de Wagner

Aquel 1 de mayo, Rosa proclamó la independencia por su cuenta y se nombró presidente. El país se llamó, en esperanto, Insulo de la Rozoj. Tuvo escudo con tres rosas rojas, bandera naranja, un himno sacado de una ópera de Wagner y un Gobierno de cinco departamentos. La moneda, el mill, valía lo mismo que una lira y nunca llegó a acuñarse ni a imprimirse: solo existió en los sellos. Ningún país la reconoció.

Escudo de la Isla de las Rosas con tres rosas rojas y sello de 30 mills con la plataforma sobre un mapa de Italia
El escudo de la Isla de las Rosas y su sello de 30 mills, de 1968. © Sus titulares. Imagen: Il Post.

En julio de 1968, Rosa hablaba de crear «una mini-República de San Marino en mitad del mar». Años después lo dijo sin adornos: «No perseguía utopías, huía de los impuestos y del Estado que los imponía». Mientras, unas veinte barcas llevaban desde la costa entre veinte y sesenta turistas por hora, y la prensa del verano y los rumores ponían el resto: un burdel disfrazado, una base para submarinos soviéticos, una maniobra del albanés Enver Hoxha o una radio pirata como la británica Radio Caroline.

Una decena de lanchas contra un país de 400 metros

El 25 de junio de 1968 (el 26, según otras crónicas), una decena de lanchas con policías y militares tomó la plataforma, donde solo estaban el guarda y su pareja. Rosa protestó por telegrama ante el presidente Giuseppe Saragat, que no contestó. El 29 de junio, los carabineros pararon la lancha en la que Rosa iba hacia la isla, y él les explicó que tenía una cita con Saragat. Un carabinero de la Marina, Giovanni Costagliola, pasó ocho meses en Rímini con una misión concreta: «parar a los turistas que intentaban acercarse a la isla y subir».

Giorgio Rosa, con gafas oscuras y una botella en la mano, junto a su mujer, Gabriella, y dos amigos en una lancha
Giorgio Rosa y su mujer, Gabriella, con unos amigos en una imagen de la época. © Sus titulares. Imagen: Wanted in Rome.

En agosto, el Ministerio de la Marina Mercante ordenó derribar la plataforma. Rosa recurrió, y en octubre el Consejo de Estado se negó a suspender la orden. El fallo definitivo sentó que nadie puede arrogarse derechos sobre el mar y que un italiano sigue sometido a las leyes de su país aunque viva fuera.

Ni un rasguño

El 11 de febrero de 1969, los buzos de la Marina detonaron las cargas (75 kilos de dinamita por pilote, según recordaría Rosa) y la isla quedó, en palabras de su fundador, sin un rasguño. Dos días después volvieron con más explosivo: la estructura se deformó, pero no cayó. Leonardo Siciliano, uno de los buzos, la describió como «una fortaleza, no una isla». Terminó el trabajo un temporal el 26 de febrero.

Los sellos aguantaron mejor que los pilotes. Hubo una sobrecarga en esperanto, «Milita Itala Okupado» («ocupación militar italiana»), y una serie de tres valores con la plataforma saltando por los aires. En julio de 2009, el centro de buceo Dive Planet de Rímini localizó los restos a unos doce metros de profundidad; hoy son una inmersión apta para cualquier nivel.

Lo que añadió Netflix

En diciembre de 2020, Netflix estrenó La increíble historia de la Isla de las Rosas, de Sydney Sibilia, con Elio Germano en el papel de Rosa. La película levanta en poco tiempo una obra que costó diez años y convierte en noviazgo un matrimonio que ya existía; el final lo adorna con un Rosa que planta cara a los disparos de advertencia de la Marina. El ingeniero real tenía 43 años y, según se cuenta, había militado fugazmente a los dieciocho en la República Social Italiana. Murió en marzo de 2017, tres años antes del estreno.

La Isla de las Rosas, en vídeo

En el canal de YouTube de Netflix España está el tráiler en español de la película: la versión novelada, con romance incluido, de una historia que en realidad se libró a golpe de telegrama y recurso.

La increíble historia de la Isla de las Rosas (EN ESPAÑOL) | Tráiler oficial | Netflix

Rosa no fue el único que se fabricó un país con lo que tenía a mano. En la costa norte de Israel, el pescador Eli Avivi rompió su pasaporte israelí y fundó Akhzivland, una república que su Estado nunca supo cómo prohibir. En el río San Lorenzo, el matrimonio Sizeland se conformó con menos: una isla donde solo caben una casa y un árbol, sin bandera ni himno, y que por eso mismo sigue en pie.

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