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Reed Hastings, fundador de Netflix, hablando en una conferencia en 2005

Reed Hastings lleva años contando que Netflix nació de un bochorno doméstico. En 1997 perdió una cinta VHS de Apolo 13, la devolvió con seis semanas de retraso, le cobraron 40 dólares de recargo y, camino del gimnasio, pensó que un videoclub podría funcionar con una cuota fija, como las salas de musculación. La anécdota de la multa de Apolo 13 ha pasado por la televisión y la prensa económica. Marc Randolph, el otro fundador y primer consejero delegado de la empresa, la ha negado o matizado según el año: hoy admite que la cinta existió, pero sostiene que la idea no salió de ahí y que, al principio, la propia Netflix cobraba recargos por retraso.

Cuarenta dólares y un apuro conyugal

La versión más citada es la que Hastings dio en 60 Minutes, el programa de la CBS, en diciembre de 2006. Ante Lesley Stahl contó que nueve años antes había extraviado una cinta alquilada y que la devolvió seis semanas tarde, con 40 dólares de recargo. Lo peor era tener que explicarlo en casa. «Ahora estoy pensando en mentirle a mi mujer por un recargo de videoclub», recordaba haberse dicho. La idea le llegó de camino al gimnasio: un videoclub podía funcionar igual que aquel, con una cuota fija de socio.

En la CBS no dijo el título. Lo concretó en 2009, en una entrevista con la revista Fortune: era una copia en VHS de Apolo 13 y corría 1997. A Stahl le había empezado pidiendo comprensión («Esperaba que no me lo preguntara, porque da un poco de vergüenza»). El relato, con todo, ha ido cambiando de piezas. En 2005, en la revista Inc., había dicho que con la suscripción no hubo ningún momento «¡ajá!». Y en el Mobile World Congress de Barcelona, a principios de 2017, atribuyó el origen a un problema de matemáticas: cuántos datos caben en una ranchera cargada de cintas y a qué velocidad llegan.

Blockbuster buscó el alquiler y no lo encontró

La versión popular coloca la cinta en un videoclub de la cadena Blockbuster. Según la periodista Gina Keating, autora de Netflixed (2012), la empresa rastreó sus bases de datos al oír la historia y nunca encontró ese alquiler. A mediados de los años 2000, Blockbuster exigió a Hastings que dejara de contarla en público.

Letrero luminoso de un videoclub Blockbuster de Minneapolis, de noche, en 2008
Un Blockbuster de Minneapolis (Minnesota) en 2008. Según la periodista Gina Keating, la cadena buscó en sus archivos el alquiler de Hastings y no lo encontró. Foto: Tony Webster (CC BY 2.0), vía Wikimedia Commons.

Marc Randolph fue más lejos. A Keating le dijo que aquello era «un montón de chorradas» y que «nunca ocurrió». También la ha llamado «ficción conveniente»: un modo rápido de explicar por qué la suscripción de Netflix era mejor que el videoclub de toda la vida. Con los años, la ficción cobró vida propia y acabó pasando por acta de nacimiento de la empresa.

Una historia «emocionalmente verdadera»

En 2019, Randolph publicó sus memorias, That Will Never Work, que Planeta publicó en español ese mismo año como Eso nunca funcionará. En las primeras páginas resume la leyenda (40 dólares, Apolo 13, un Blockbuster y, ¡pum!, Netflix) y la despacha con oficio de publicista: «Esa historia es preciosa. Es útil. Es, como decimos en marketing, emocionalmente verdadera». Luego concede que sí hubo una copia de Apolo 13 devuelta con retraso, pero que la idea «no tuvo nada que ver con las penalizaciones por retraso». Y remata: «Es más: al principio, hasta las cobrábamos».

Marc Randolph, cofundador de Netflix, hablando en un escenario en 2017
Marc Randolph, cofundador y primer consejero delegado de Netflix, en una conferencia en Phoenix (Arizona) en 2017. Foto: Gage Skidmore (CC BY-SA 3.0), vía Wikimedia Commons.

Su versión tiene menos cine. A principios de 1997 compartía coche con Hastings por la carretera 17, entre Santa Cruz y Silicon Valley, mientras su jefe cerraba una fusión que iba a dejarlos a los dos sin trabajo. Randolph quería montar un negocio en internet y cada mañana proponía uno: champú personalizado por correo, bates de béisbol a medida, tablas de surf, comida para perros formulada para cada animal. Hastings solía responder con la frase que da título al libro. En 2018, en The Globe and Mail, Randolph lo resumió así: «Así que sí, hay una multa y una película». Para él, la anécdota es un atajo para explicar el problema que Netflix resolvió, y ni el propio Hastings sostendría que fue el origen inmediato de la idea.

El «sin recargos» llegó en 1999

Las cifras le dan la razón a Randolph en lo de los recargos. Netflix abrió el 14 de abril de 1998 con un modelo muy de videoclub: cuatro dólares (más dos de envío) por tener un DVD siete días; si se quedaba más tiempo en casa, había que pagar aparte. La suscripción no llegó hasta septiembre de 1999, con el programa Marquee: 15,95 dólares al mes por cuatro DVD, sin fechas de devolución ni recargos por retraso.

Al presentarlo, Hastings se refirió a los clientes en general: «Los que alquilan películas están hartos de las fechas de devolución y de los recargos por retraso». En la crónica del lanzamiento no hay ni rastro de Apolo 13. A principios de 2000, Marquee pasó a ofrecer alquileres ilimitados por 19,95 dólares al mes.

La multa de Apolo 13, en vídeo

El canal oficial de 60 Minutes conserva en su archivo el reportaje de 2006 en el que Hastings, entrevistado por Lesley Stahl, repasaba los primeros años de Netflix y contaba lo de la multa (en inglés).

Netflix | 60 Minutes Archive

El resto de la historia, desde el disco que se mandaron por correo para ver si llegaba entero hasta la oferta que le hicieron a Blockbuster en 2000, está en la historia de Netflix contra Blockbuster, la oferta que acabó en risas. Y la cinta que Hastings perdió era de un formato, el VHS, que en los ochenta había visto pasar de largo a rivales tan curiosos como el CED y el VHD, las películas en disco de vinilo.

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