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El sombrero de copa y la leyenda del mercero que causó un tumulto

Grabado coloreado de dos dandis franceses, los Incroyables, con sombreros altos y trajes exagerados

Cuenta la historia que el 15 de enero de 1797 un mercero londinense, John Hetherington, salió a la calle con un sombrero de seda alto y reluciente dispuesto a causar sensación, y que lo consiguió: una muchedumbre lo rodeó, varias mujeres se desmayaron, los niños gritaban, los perros ladraban y un chico acabó con un brazo roto. Al día siguiente, Hetherington tuvo que responder ante el lord alcalde por alterar el orden público. Es una anécdota estupenda y se repite en todas partes. Lo malo es que nadie la contó hasta 1899, y para entonces el sombrero de copa llevaba más de un siglo de moda.

La leyenda de Hetherington

Según el relato, a Hetherington le exigieron una fianza de 500 libras, una barbaridad para la época, y el diario The Times salió en defensa del invento, que iba a revolucionar la forma de cubrirse la cabeza. A partir de ahí, dicen, los encargos le llovieron.

La historia apareció por primera vez en 1899, en una carta publicada en la revista británica Notes and Queries, que citaba una nota de otra revista, The Hatters’ Gazette, que se publicaba desde 1877. No hay documentos de 1797 que la respalden, y hoy se considera una leyenda. Ni siquiera hay acuerdo sobre la cifra: en otras versiones, la fianza se convierte en multa y las 500 libras se quedan en 50.

Un sombrero que ya existía

Lo que sí está documentado es que el sombrero de copa empezó a sustituir al tricornio a finales del siglo XVIII. Una revista de moda alemana lo recogía ya en 1787; en 1793, el sombrerero George Dunnage, de Middlesex, hizo en Inglaterra el primer sombrero de copa de seda, y en 1796 los dandis de París, los llamados Incroyables, se pavoneaban con él en los dibujos de Carle Vernet.

Goya pintando de pie ante un lienzo, con chaquetilla corta y un sombrero alto con velas en el ala
Goya se retrató con un sombrero alto, con velas en el ala para pintar de noche, en su Autorretrato en el taller (hacia 1790-1795), Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (dominio público), vía Wikimedia Commons

En España, Goya se pintó hacia 1790-1795 en su taller con un sombrero alto, al que había añadido unas velas en el ala para poder trabajar con poca luz. No es exactamente una chistera de seda, pero va camino de serlo.

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El siglo de la chistera

Durante el siglo XIX, la chistera fue el sombrero de cualquier caballero que se preciara, y hasta la Primera Guerra Mundial siguió siendo la prenda formal de rigor para salir a la calle. En Estados Unidos la popularizó Abraham Lincoln, con su modelo alto y estrecho, el llamado stovepipe, «tubo de estufa», en el que según se cuenta guardaba papeles. Uno de sus sombreros se conserva en el Museo Nacional de Historia Estadounidense.

Abraham Lincoln de pie, con levita y su alto sombrero de copa, en el campo de batalla de Antietam en 1862
Abraham Lincoln, con su sombrero de copa, en Antietam en octubre de 1862. Foto: Alexander Gardner (dominio público), vía Wikimedia Commons

Después llegó el declive. Los sombreros blandos lo fueron arrinconando, tras la Segunda Guerra Mundial ya era una rareza, y la década de 1960 terminó de jubilarlo. John F. Kennedy todavía lo llevó en su toma de posesión, en 1961; Lyndon B. Johnson ya no lo hizo en 1965, y desde entonces ningún presidente ha vuelto a ponérselo para la ocasión.

Hoy sobrevive en bodas, funerales y bailes de etiqueta, en carreras de caballos como Royal Ascot o el Derby de Epsom, y en la cabeza de algunos cargos tradicionales británicos.

Hetherington, si existió, no inventó nada. Pero su historia tiene todo lo que hace falta para sobrevivir: un sombrero raro, una multitud histérica y un juez. Por eso se sigue contando.

Y, siendo justos, tampoco habría estado mal que fuera verdad.

Vídeo: la historia del sombrero de copa

El divulgador estadounidense The History Guy repasa en este vídeo, en inglés, la historia del sombrero de copa, de los dandis a Lincoln.

Tall: The History of the Top Hat

Si les ha gustado, en el blog están también la historia de la barba de Abraham Lincoln, que se dejó por consejo de una niña, y el duelo más largo de la historia, el de dos oficiales de Napoleón que se pasaron casi veinte años batiéndose.

Fuentes consultadas

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