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Charles Domery: el hombre cuyo estómago parecía una frontera sin aduanas

«The Glutton», caricatura coloreada de Thomas Rowlandson: un hombre obeso devora un ave mientras le sirven más platos

Cuatro libras de ubre de vaca cruda, diez de carne de vaca cruda, dos de velas de sebo y cuatro botellas de cerveza. Es lo que se comió en un solo día un prisionero de guerra en Liverpool, ante dos médicos de la Armada británica que querían comprobar si era verdad lo que se contaba de él. Lo era. Se llamaba Charles Domery, era un soldado polaco de unos veintiún años y, según su propia cuenta, ya se había comido 174 gatos. Al terminar, bailó, fumó en pipa y pidió otra cerveza.

Nueve hermanos y mucha hambre

Domery nació hacia 1778 en Benche, un lugar de la antigua República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania) cuyo nombre probablemente llegó deformado a los papeles. Según contó él mismo, el hambre era cosa de familia: era uno de nueve hermanos que comían por regimientos, y su padre despachaba cantidades industriales de carne medio cruda. En aquella casa, se entiende, nadie dejaba nada en el plato.

Lo desconcertante es que, por lo demás, parecía un hombre perfectamente sano: alto, de piel tersa, pulso regular y sin rastro de locura. Simplemente, no se llenaba nunca.

De prusiano a francés: el hambre como motivo de deserción

Con solo 13 años se alistó en el ejército prusiano y, durante la guerra de la Primera Coalición, participó en el asedio de Thionville (1792). Allí descubrió que las raciones prusianas no daban ni para el aperitivo, así que tomó una decisión de lo más práctica: desertó y se pasó a los franceses, que, según su versión, lo recibieron con comida.

En las filas revolucionarias le concedieron ración doble, que es la forma más civilizada de decir que el ejército francés asumió el coste de su estómago. No sirvió de mucho: Domery seguía teniendo hambre. La Revolución había prometido libertad, igualdad y fraternidad, pero no saciedad.

El menú siniestro: gatos, césped y la pierna del marinero

Las crónicas le atribuyen un menú que haría palidecer a cualquier crítico gastronómico. En el campamento cercano a París se zampó, según se dijo, 174 gatos en un año, vivos o muertos, que en esto no era muy exigente. Cuando no había gatos, se apañaba con hierba, a razón de casi dos kilos diarios, y entre sus manjares favoritos estaba el hígado de buey crudo. Muchos de estos datos salen de lo que él mismo contó en los interrogatorios, así que conviene tomarlos con la misma cautela que el menú de un restaurante de carretera.

El episodio que convirtió la anécdota en leyenda ocurrió a bordo del navío francés Hoche. Una bala de cañón le arrancó la pierna a un marinero y Domery, según los testimonios de la época, intentó hincarle el diente antes de que sus compañeros se la quitaran de las manos y la tiraran por la borda. Es el momento en que su apetito dejó de ser pintoresco para entrar en el terreno de lo inquietante.

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El experimento de Liverpool

Cuando la escuadra británica del almirante sir John Borlase Warren capturó el Hoche, en octubre de 1798, en la batalla de la isla de Tory, frente a la costa irlandesa, Domery acabó en un campo de prisioneros cerca de Liverpool. Allí le asignaron la ración de diez hombres. Y aun así se las arregló para comerse el gato de la prisión, al menos veinte ratas, un buen puñado de velas y hasta las medicinas de otros presos.

Semejante portento no podía escapar a la curiosidad de los médicos de la Armada. El 17 de septiembre de 1799, según el informe que se conserva, los doctores J. Johnston y Thomas Cochrane decidieron comprobar hasta dónde llegaba aquel estómago. En un solo día, Domery despachó cuatro libras de ubre de vaca cruda, diez de carne de vaca cruda y dos de velas de sebo, unos siete kilos en total, regados con cuatro botellas de cerveza porter. Hoy ningún comité de ética aprobaría el experimento; entonces lo firmaron como si fuera un parte de intendencia.

Lo más asombroso vino después: no vomitó, no fue al baño y no mostró fiebre ni alteración del pulso. Al contrario, los médicos anotaron que estaba de un humor excelente: se puso a bailar, fumó en pipa y, cabe sospechar, preguntó a qué hora era la cena.

Retrato de un tragón bien educado

Los informes lo describen como un hombre de inteligencia normal, analfabeto pero de conversación coherente, de 1,91 metros —un gigante para la época—, pelo castaño largo, ojos grises y semblante agradable. Nada de locura ni de delirios: el problema era que su biología le llevaba la contraria. Para la mentalidad del siglo XVIII, aquello resultaba casi más desconcertante que una monstruosidad: era una rareza con buenos modales.

Vídeo: Charles Domery y su increíble apetito

Para quien tenga el estómago a prueba de bombas, aquí va un repaso en vídeo de su historia.

CHARLES DOMERY Y SU INCREÍBLE APETITO QUE CONSUMÍA 174 GATOS Y HASTA CARNE HUM...

Comparaciones inevitables: Tarrare y el catálogo de los “comedores ilimitados”

La historia médica de la época guarda casos parecidos, pero el más célebre es el de Tarrare, el francés que devoraba piedras, corchos, gatos y todo lo que se le pusiera por delante. Él sí pasó por la mesa del anatomista: su autopsia reveló un esófago descomunal y un estómago enorme y lleno de úlceras, lo que explicaba en parte su voracidad.

Domery, en cambio, no dejó autopsia ni cadáver que examinar, así que su caso se ha quedado en la penumbra, a medio camino entre el informe médico y la leyenda de cuartel. Tarrare documentó una anatomía aberrante; Domery, solo un apetito que nadie supo explicar.

¿Qué le pasaba?

Sin autopsia ni análisis, cualquier diagnóstico es una apuesta. Los historiadores de la medicina han barajado un hipertiroidismo (aunque suele hacer adelgazar a quien lo padece), una lesión en las zonas del cerebro que regulan la saciedad, como la amígdala o el núcleo ventromedial del hipotálamo, o alguna infección o parásito de la época. Lo cierto es que no se conoce ningún caso moderno de polifagia comparable. En eso, Domery también se llevó la palma.

Epílogo: un plato que nadie terminó

No fue, ni mucho menos, el único que cruzó ciertas líneas en la mesa: en esta casa ya hemos contado la historia del murciano que llegó a rey de una tribu caníbal y la del artista japonés que cocinó sus propios genitales. Y en la Gran Bretaña de la época, los anatomistas compraban sus cadáveres a los ladrones de tumbas; de ahí salió la leyenda de John Macintire, el difunto que despertó en plena disección.

Lo que fue de Domery después de Liverpool es un misterio: no hay constancia de que volviera a Polonia ni de que se quedara en Inglaterra. Su caso durmió en los archivos hasta que, en 1852, Charles Dickens lo rescató para sus lectores, que debieron de leerlo con el estómago revuelto. Y así se quedó para la historia: como el comensal que se levantó de la mesa sin que nadie supiera adónde se fue a buscar el postre.

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Fuentes consultadas