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El crimen de Gádor (1910): un niño asesinado por un falso remedio contra la tuberculosis

Diorama del Museo de la Guardia Civil que recrea la entrega de los detenidos del crimen de Gádor ante el juzgado

Bernardo González Parra tenía siete años cuando desapareció, la tarde del 28 de junio de 1910, junto al río Andarax, entre su pueblo, Rioja, y el vecino Gádor, en Almería. Se lo llevaron para fabricar un supuesto remedio contra la tuberculosis que había encargado un aparcero enfermo, y lo mataron. La Guardia Civil detuvo a los responsables. Dos de ellos, la curandera y su cliente, murieron en el garrote en 1913, y el crimen de Gádor quedó unido desde entonces a la leyenda del hombre del saco.

Un niño de Rioja que no volvió a casa

Gádor y Rioja quedan a uno y otro lado del Andarax, a unos quince kilómetros de la capital. Bernardo era uno de cuatro hermanos y, según algunas crónicas, aquella tarde había salido a coger higos. No regresó. Al día siguiente, Julio Hernández, un bracero de Gádor al que llamaban el Tonto, se presentó ante la Guardia Civil con una historia: mientras perseguía perdices, había visto el cuerpo de un niño.

Los guardias encontraron a Bernardo en un barranco, a unos cinco kilómetros de Gádor. Julio no había dado con él por casualidad. Había participado en el crimen, y detrás de su aviso asomaba una cuenta pendiente con su cómplice por dinero.

Un diagnóstico que sonaba a condena

Francisco Ortega, el Moruno, era un aparcero de Gádor de 55 años enfermo de tuberculosis. Robert Koch había identificado el bacilo en 1882, cuando esa enfermedad mataba a una de cada siete personas en Europa y en Estados Unidos, pero la estreptomicina, el antibiótico que cambió su tratamiento, no llegaría hasta 1943. En 1910 no había fármaco que la curase, y el Moruno fue a buscar remedio a casa de la curandera del pueblo, Agustina Rodríguez.

La reina Victoria Eugenia en la colocación de la primera piedra de un sanatorio para tuberculosos pobres en 1915
La reina Victoria Eugenia pone la primera piedra de un sanatorio para tuberculosos pobres, en La Esfera del 15 de mayo de 1915. Foto: Campúa (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Agustina no logró curarlo y recurrió a Francisco Leona, barbero y curandero de 74 años con antecedentes penales y, según escribió en 1911 un jurista almeriense, pariente de los caciques que dominaban la política local. Leona propuso un «remedio» sin ninguna base médica: la sangre y la grasa de un niño sano. Por el encargo se acordaron 3.000 reales. A Julio, hijo de Agustina, le prometieron 50 pesetas por conseguir a la víctima. Un primer intento, con una niña de Benahadux, fracasó porque la pequeña se puso a gritar. El 28 de junio, con ayuda del barbero, Julio metió a Bernardo en un saco. Lo llevaron a un cortijo apartado y allí lo mataron.

Cincuenta pesetas que nunca se pagaron

Leona no le había dado a Julio lo prometido, y un vecino le oyó acusar al barbero del crimen. La Guardia Civil detuvo a los dos, que se echaron la culpa el uno al otro durante días hasta que confesaron; después cayeron el Moruno y la curandera, con buena parte de su familia. La investigación se tuvo por uno de los grandes éxitos del cuerpo en aquellos años, y el Museo de la Guardia Civil, en Madrid, conserva un diorama de 1989 que recrea la entrega de los detenidos en el juzgado de Gádor.

Vista de Gádor, en Almería, con la iglesia parroquial de Santa María
Gádor, con la iglesia parroquial de Santa María, en 2014. Foto: Ziegler175 (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

El barbero no llegó al juicio. Murió en prisión en los primeros meses de 1911, después de negarse a comer, y su certificado de defunción habla de una enterocolitis crónica. No faltó quien dijera que lo habían envenenado para que no contara otros casos.

Tres penas de muerte y un indulto del rey

El juicio, con jurado y con periodistas llegados de media Europa, empezó en Almería el 29 de noviembre de 1911, y la sentencia del 1 de diciembre condenó a muerte a Agustina, al Moruno y a Julio. José Hernández, el otro hijo de la curandera, recibió diecisiete años de cárcel, y su mujer, Elena, quedó absuelta. El Tribunal Supremo confirmó las penas. El fallo de la Audiencia se ha perdido, pero el del Supremo se conserva, y lo ha estudiado el magistrado Luis Miguel Columna, que en 2023 presidía la Audiencia Provincial de Almería. Según explicó entonces a EFE, hoy el caso se castigaría con prisión permanente revisable.

Con Julio, los médicos no se pusieron de acuerdo. Un primer informe concluyó que no era tonto. El forense sostuvo lo contrario y recomendó encerrarlo para siempre en un manicomio, mientras que el médico de la cárcel lo describió como un «imbécil moral», plenamente responsable de sus actos. Alfonso XIII le conmutó la pena de muerte por la de cadena perpetua. Según algunas fuentes, murió en un manicomio en 1929.

Para Agustina y el Moruno no hubo indulto. Los dos murieron en el garrote en Almería en septiembre de 1913. La víspera, una multitud se había reunido en la estación para ver llegar al verdugo, que venía de Madrid.

La huella que el crimen dejó a las dos orillas del Andarax es el tema de La cicatriz, el documental de 2019 del almeriense Juan Francisco Viruega, y en 2023 el caso inspiró la película El hombre del saco, de Ángel Gómez Hernández. Se repite a menudo que de Gádor salieron el hombre del saco y el sacamantecas. El segundo apodo ya lo llevaba en el siglo XIX Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas de Vitoria, cuyo nombre servía para asustar a los niños; Gádor le puso a esa amenaza de cuento la cara de unos vecinos y un sumario. Almería guarda de aquellas primeras décadas del siglo XX historias mucho menos sombrías, como la de Rodolfo Lussnigg, el empresario que lanzó desde Almería la idea de la Costa del Sol.

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