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Western Union y el teléfono de Bell: el memorando del «juguete» que nadie escribió en 1876

Teléfono de caja grande de Alexander Graham Bell, de 1876, en el National Museum of American History

Para retratar la ceguera de las grandes empresas suele citarse un memorando de Western Union de 1876: «Este “teléfono” tiene demasiados inconvenientes para ser considerado seriamente un medio de comunicación. El aparato no tiene ningún valor para nosotros». Nadie ha encontrado ese papel, y la versión más larga del supuesto informe no aparece impresa hasta 1968. Lo que sí ocurrió salió más caro: el gigante del telégrafo rechazó las patentes de Alexander Graham Bell por 100.000 dólares y, tras intentar competir con teléfonos propios, en 1879 reconoció a Bell como inventor y se retiró del negocio.

Un memorando con noventa años de retraso

La cita tiene una versión larga, con aire de informe de comité, que llama «idiota» a la idea y despacha el aparato como poco más que un juguete sin ningún uso para la compañía. Suele presentarse como dirigida al presidente de Western Union, Chauncey Depew. Primer tropiezo: en 1876, Depew era abogado de los ferrocarriles de Vanderbilt y no entró en el consejo de la telegráfica hasta 1881.

Quien tiró del hilo fue Phil Lapsley, que escribe la historia del pirateo telefónico. El texto aparece impreso por primera vez en 1968, en una «declaración del presidente» firmada por Richard C. Levine en una revista de ingeniería del IEEE. En 2011, Levine le contó que lo había compuesto juntando dos versiones parecidas: una la vio enmarcada en el despacho de un ingeniero y la otra la copió de los archivos de un profesor del MIT. En la prensa de 1876 a 1900 no hay ni rastro, y ya en 1976 la revista IEEE Spectrum advertía de que era sospechoso por varios motivos.

Cien mil dólares por un «juguete eléctrico»

La oferta, en cambio, existió. En el otoño de 1876, con la patente de Bell concedida desde el 7 de marzo, sus socios ofrecieron los derechos a Western Union por 100.000 dólares. Detrás estaba Gardiner Greene Hubbard, abogado y futuro suegro del inventor, que según Herbert N. Casson (The History of the Telephone, 1910) hablaba de teléfonos día y noche y llevaba un par en la maleta para enseñarlos en trenes y hoteles.

Retrato grabado de William Orton, presidente de Western Union
William Orton, presidente de Western Union entre 1867 y 1878, en un grabado publicado en 1886. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Enfrente estaba William Orton, presidente de Western Union desde 1867, que dijo que no. Thomas Watson, el ayudante de Bell, recordaba en 1913 con sorna que Orton rechazó «con cierto desprecio» la «exorbitante» suma, y que dos años después la compañía habría pagado encantada 25 millones por esas patentes. La frase célebre es de Casson: Orton habría preguntado, muy amable, qué uso podía darle su empresa a «un juguete eléctrico».

Casson escribía más de treinta años después. Depew, el supuesto destinatario del memorando, contó en sus memorias de 1922 otra escena: Hubbard le ofreció una sexta parte del invento por 10.000 dólares y Orton le aconsejó que no, porque aquello no valía nada salvo como juguete y Western Union ya tenía una patente anterior, la de Elisha Gray. Depew calculaba que la renuncia le costó unos cien millones de dólares.

El juguete que Western Union quiso para sí

Orton también tenía motivos personales: le tenía antipatía a Hubbard, que había presionado al Congreso para crear un telégrafo federal gestionado por Correos. Ni siquiera el rival de Bell veía negocio: Gray, que había presentado un aviso de patente (un caveat) el mismo 14 de febrero de 1876 en que Bell registró su solicitud, escribió el 1 de noviembre que el aparato era precioso como juguete científico, pero sin valor comercial.

Sala de operaciones telegráficas de la sede de Western Union en Nueva York, hacia 1875
El departamento general de operaciones de la sede de Western Union en Nueva York, hacia 1875. Dominio público (Library of Congress), vía Wikimedia Commons.

La opinión duró poco. Según Casson, Western Union creía insustituibles sus telégrafos impresores hasta que su filial Gold and Stock avisó de que el teléfono ya había desplazado algunas máquinas. El 17 de noviembre de 1877, la compañía unió las patentes telefónicas de Edison y las de Gray en la American Speaking Telephone Company y puso a Edison, Gray y Amos Dolbear a idear un aparato capaz de competir con el de Bell. El transmisor de Edison, una pastilla de carbón prensado cuya resistencia variaba con la voz, fue para Watson «el golpe más duro».

La paz de noviembre de 1879

Con dos redes disputándose los clientes, la pelea llegó a los juzgados en otoño de 1878. George Gifford, abogado de Western Union y, para Casson, quizá el mejor especialista en patentes de su tiempo, acabó convencido de que la patente de Bell era válida y aconsejó pactar. Orton no llegó a verlo: había muerto en 1878.

El acuerdo se firmó el 10 de noviembre de 1879. Western Union admitió que Bell era el inventor y que sus patentes eran válidas, y se retiró del teléfono. La compañía de Bell le compró su red, unos 56.000 aparatos en 55 ciudades, prometió no meterse en el telégrafo y le pagaría durante diecisiete años el 20 % de lo que cobrara por alquilar teléfonos.

Mirado con calma, el error de Western Union fue de cálculo: no previó la demanda de comunicación en redes locales, dentro de cada ciudad, y cuando quiso quedarse con el negocio, la patente ya tenía dueño.

La voz de Bell, en vídeo

El canal del Smithsonian ha publicado la única grabación conocida de la voz de Bell, hecha en su laboratorio el 15 de abril de 1885 y recuperada con tecnología moderna; en ella se le oye decir «escuchad mi voz» (en inglés).

Alexander Graham Bell's Voice, Recorded April 15, 1885

Los inventores, mientras tanto, no esperaron a los despachos: en España, Leonardo Torres Quevedo acabaría creando el telekino, el primer mando a distancia. Más de un siglo después, Blockbuster vivió su propia versión de la escena cuando le ofrecieron comprar Netflix y la oferta acabó en risas, sin necesidad de memorando.

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