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Dos jóvenes con las manos sobre la mesita de nogal de Nulles junto a una escalera de piedra, en una foto en blanco y negro de 1975

En febrero de 1975, Nulles, un pueblo de Tarragona de unos quinientos habitantes, se llenó de coches, autocares y curiosos que pagaban cincuenta pesetas por ver una mesa. Era una mesita de nogal que, cuando tres niños del pueblo le ponían las manos encima, se movía sola, subía escaleras y contestaba preguntas a golpes. El prodigio duró unos meses. Hasta que alguien le echó talco.

Nulles en 1975: un pueblo tranquilo y una mesa inquieta

Para entender el impacto del episodio hay que imaginar cómo era Nulles antes de que todo empezara. Un pueblo pequeño, silencioso, sin demasiadas novedades. Hasta que la mesa “despertó”. A partir de entonces comenzaron a llegar coches desde Tarragona, Reus, Valls y otras localidades cercanas. Algunos fines de semana incluso aparecieron autocares llenos de visitantes que, en ocasiones, tuvieron que marcharse sin ver nada porque la cola era gigantesca. Algunos domingos, la Guardia Civil tuvo que ponerse a dirigir el tráfico en un pueblo que hasta entonces no sabía lo que era un atasco, y los restaurantes de Valls hacían el agosto en pleno invierno.

Dos niños con las manos sobre una mesita de madera en la calle, rodeados de curiosos, en una foto en blanco y negro de 1975
Los niños, con la mesa en una calle de Nulles, en 1975

El fenómeno encajaba perfectamente en los años setenta, una época especialmente fértil en apariciones, psicofonías, vírgenes llorosas y casas con comportamientos extraños. Eran los años de las oleadas OVNI, las caras de Bélmez y el auge de los grupos espiritistas.

Los hermanos Saumells y el día que una mesa empezó a andar

En el centro de esta historia están tres niños: María del Carmen, Rosa María y Juan Saumells, de trece, diez y siete años. Poco antes de que todo empezara, habían asistido a una sesión de espiritismo en Porrera, donde otra mesa respondía preguntas mediante golpes. Impresionados por lo que vieron, decidieron repetir la experiencia en casa con la mesita de nogal que sostenía la radio familiar.

El procedimiento no tenía ningún secreto. Colocaban las manos sobre el tablero y esperaban. Según relataron testigos y recogieron crónicas posteriores, al poco tiempo la mesa empezaba a moverse. Primero recorría la habitación, luego el pasillo, después la casa entera y, finalmente, las calles del pueblo. Se deslizaba por el suelo, giraba, cambiaba de dirección y parecía moverse con una autonomía que muchos consideraron imposible de explicar solo por el empuje inconsciente de unos niños.

Recorte de una revista de la época con el titular «La mesa que anda sola» y fotografías de las sesiones
Recorte de una revista de la época

Con el paso de los días, la mesa fue ganando protagonismo. Pasó de simples desplazamientos a subir y bajar escaleras sin que nadie la levantara, y terminó por transportar personas. En uno de los episodios más citados, un hombre bien alimentado (de 80 a 95 kilos, según Iberia Oculta) se sentó sobre ella y el mueble levantó dos patas del suelo mientras obedecía las indicaciones de los niños.

No se trataba únicamente de relatos exagerados. En febrero de 1975, La Vanguardia contó que mucha gente se desplazaba a Nulles para ver una mesa que «se mueve, se eleva y se traslada sin que nadie la mueva», con solo que cinco o seis personas le hubieran puesto antes las manos encima.

Cómo funcionaba la mesa de Nulles: manos, golpes y un código peculiar

El funcionamiento del fenómeno seguía casi siempre el mismo patrón. Para que la mesa se activara, varias personas —normalmente cinco o seis— debían apoyar suavemente las manos sobre el tablero. No había que apretar ni empujar. Bastaba con colocar las yemas de los dedos y esperar.

Con el tiempo, se observó un detalle curioso: cuando los participantes se tocaban entre sí, formando una especie de circuito con los dedos, la mesa parecía moverse con más energía. Cuando cada uno apoyaba las manos por separado, el movimiento era más débil, como si la mesa necesitara cooperación.

Más adelante, el mueble empezó a comunicarse mediante golpes, siguiendo el sistema clásico de las mesas parlantes del espiritismo del siglo XIX. Un golpe significaba «sí»; dos, «no»; tres, «tal vez», y cuatro, «no sabe». Una mesa con derecho a no saber.

Las historias sobre sus aciertos no tardaron en circular. Se decía que la mesa adivinaba cuántas llaves llevaba alguien en el bolsillo, cuántas cerillas quedaban en una caja o detalles personales que el interlocutor creía privados. Incluso se animó a pronosticar resultados de partidos de fútbol, algunos de los cuales, según se contaba, se cumplieron con exactitud.

Los escépticos se iban sin una explicación clara: la mesa se movía y contestaba siguiendo un patrón que parecía coherente.

50 pesetas por milagro: turismo paranormal y monetizando que es gerundio

Como ocurre con muchos misterios populares, el fenómeno pronto adquirió una dimensión económica. La afluencia masiva de visitantes obligó a trasladar la mesa de la casa familiar al Ayuntamiento y, más tarde, al bar del pueblo, donde era más sencillo organizar las sesiones.

Se estableció una entrada de 50 pesetas por persona. No era un negocio privado al uso. La recaudación se destinaba a un fondo común con la intención de pagar mejoras para el pueblo: unas crónicas hablan de un polideportivo; el Diari de Tarragona, de la piscina municipal, una pista de tenis y el arreglo del castillo. La escena tenía algo de romería laica: visitantes de todas partes hacían cola, participaban en la sesión y luego se marchaban a comentar la experiencia entre tapas y vermut.

La modesta mesita de nogal acabó haciendo más por la economía local que muchos planes institucionales.

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Periodistas, cámaras y expertos en lo inexplicable

La repercusión mediática no tardó en llegar. La prensa nacional se hizo eco del fenómeno en febrero de 1975, describiendo con detalle las sesiones y las reacciones del público. En Cataluña, el programa Giravolt, de TVE, también le dedicó su espacio, y hay quien asegura que llegó a rodarse algún reportaje más que nunca vio la luz.

Con los años, la mesa reapareció de vez en cuando en revistas, programas de misterio y espacios de radio, y hasta en algún programa de humor.

Rosa María y las explicaciones posibles

Dentro de toda esta historia, hay un nombre que se repite con frecuencia: Rosa María, la hermana mediana. Muchas crónicas coinciden en que la mesa se mostraba especialmente activa cuando ella colocaba las manos sobre el tablero. Cuando se retiraba, el movimiento disminuía o cesaba.

Algunos investigadores sugirieron que Rosa María actuaba como una especie de catalizadora, quizá por una sensibilidad especial propia de la pubertad. Los escépticos, en cambio, defendieron que el fenómeno podía explicarse mediante micro-movimientos inconscientes, amplificados por la sugestión colectiva. Es lo que se conoce como efecto ideomotor.

El principal escollo de esta explicación era justificar los aciertos tan precisos atribuidos a la mesa. Para unos, se trataba de memoria selectiva. Para otros, había algo más difícil de encajar.

Hasta que llegaron unos parapsicólogos con el arma definitiva contra los misterios domésticos: el talco. Espolvorearon el tablero y, según recoge el Diari de Tarragona, las huellas delataron que alguien tocaba la mesa mucho más de lo que decía. Mosén Esplugues, un sacerdote aficionado a la parapsicología, convenció al capellán del pueblo de que todo era pura ilusión, y el prodigio, que apenas duró unos meses, se fue apagando: la mesa dejó de andar y de contestar, como quien se jubila sin avisar.

La mesa de Nulles hoy: memoria y leyenda

Hoy la mesa sigue en Nulles, en casa de un primo de la familia, pegada a la pared como una mesita cualquiera. Según él, hace cincuenta años que nadie la toca. No se exhibe en ningún museo ni forma parte de una colección oficial.

La mesita de nogal de Nulles, hoy, apoyada contra una pared de piedra en el interior de una casa
La mesa de Nulles, hoy

Casi medio siglo después, la niña que parecía activar la mesa ha reconocido que no quiere volver a poner las manos sobre ella. El episodio quedó atrás, pero la huella emocional permanece. Y aunque el talco dejó la explicación muy a la vista, queda una pregunta que nadie ha resuelto del todo: si quien empujaba lo hacía a sabiendas o arrastrado, como los demás, por las ganas de creer.

Quien vaya hoy a Nulles no verá muebles subiendo escaleras, pero sí encontrará a gente que se acuerda de cuando una mesita de nogal llenó el pueblo de autocares y ayudó a pagar unas cuantas obras municipales.

En ese mismo catálogo de prodigios patrios cabría Moro, el perro de Fernán Núñez que anticipaba los entierros. Y las mesas que contestan a golpes ya habían tenido entretenido un siglo antes a Víctor Hugo durante su exilio en Jersey.

Si James Randi se hubiera enterado a tiempo, quizá la mesita habría optado a uno de sus premios Pigasus, y el talco, que ya había dado mucho juego en las elecciones de Picoazá, se habría apuntado otro tanto. Muy cerca, en el vecino Bráfim, había nacido más de un siglo antes otro personaje de leyenda: Daniel Freixa, el primer detective privado de España, que seguramente habría pedido ver las manos de todos los presentes.

Vídeo: el misterio de la mesa de Nulles

Este vídeo repasa el caso de la mesa de Nulles:

El Misteri de la Taula de Nulles

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