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Estatua de bronce de un perro sentado sobre un pedestal de ladrillo, en un parque con palmeras

Más de seiscientos entierros, según algunas cuentas, y ni una sola boda. Moro, un perro callejero, negro y flaco, apareció en Fernán Núñez (Córdoba) a comienzos de los años setenta y se ganó fama de adivino: se plantaba delante de las casas donde alguien iba a morir y después seguía el cortejo hasta el cementerio. Salió en El Caso, vino a verlo la televisión alemana y una noche de junio de 1983 lo mataron a palos. Doce años después, el pueblo le levantó una estatua.

De dónde salió Moro

Nadie sabe cómo llegó. Unos dicen que lo abandonaron unos camioneros en un bar de la carretera; otros, que lo encontraron debajo de un olivo, junto al cadáver de un vagabundo que bien podía ser su dueño. La primera versión tiene a su favor la geografía: hasta 2006, los coches que iban de Córdoba a la Costa del Sol pasaban por la carretera de Málaga, y Fernán Núñez era el primer pueblo a la salida de la capital. «Perro que en Navidades regalaban en Córdoba o Madrid, en verano aparecía abandonado en Fernán Núñez», cuenta Francisco Manuel Espejo, historiador del pueblo, que de chico vio unos cuantos casos.

Espejo tiene una tercera teoría: que Moro hubiera sido el perro de un anciano. En los pueblos, muchos hombres no entraban en la iglesia y esperaban fuera al féretro para dar el pésame e ir al cementerio, y el perro pudo heredar la costumbre del amo.

Un perro que solo iba a los entierros

Lo que cuentan todas las versiones es lo que hacía. Cuando alguien estaba a punto de morir, Moro se sentaba delante de su puerta y ahí se quedaba; a las pocas horas, según cuentan, había un muerto en la casa. Luego iba al velatorio, seguía el cortejo por las calles como un pariente más y esperaba en el cementerio a que terminaran de enterrar al difunto. Si un vecino moría fuera, se apostaba a la entrada del pueblo para recibir al coche fúnebre. A bodas y bautizos, en cambio, no se le vio nunca.

Interior del cementerio de Fernán Núñez, con tumbas y nichos blancos bajo un cielo azul
El cementerio de Fernán Núñez, hasta donde Moro seguía los cortejos. Foto: CFA1877, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

En el pueblo había opiniones para todo. Unos le daban de comer y le agradecían la compañía en el peor momento; otros lo tenían por mensajero de la muerte, y no pocos lo echaban a patadas en cuanto asomaba por su calle. Los escépticos le buscaban una explicación más terrenal: en los entierros había mucha gente, y con la gente, caricias y comida; o quizá había aprendido a reconocer una casa en duelo, con médicos que entran y salen y más visitas de la cuenta. La pega es que en las bodas también había gente y comida, y allí no aparecía.

Foto antigua en blanco y negro de un entierro por una calle del pueblo, con monaguillos y vecinos, y un perro negro a la izquierda
Moro, a la izquierda, junto a un entierro en Fernán Núñez. Foto: Ayuntamiento de Fernán Núñez

De El Caso a la televisión alemana

La fama le llegó en vida. El semanario de sucesos El Caso y el Diario Córdoba le dedicaron sus páginas, y un equipo de la televisión alemana pasó varios días en el pueblo para hacerle un reportaje. Se le atribuyen más de 600 entierros en algo más de una década, una cifra imposible de comprobar.

El nombre se lo puso una vecina, Carmela, que fue de las pocas que lo cuidaron. Lo llamó Moro por el color: en los pueblos se bautizaba a los perros por el pelo, y uno marrón era Canelo y uno blanco, Copito o Paloma.

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Una paliza en el Llano de las Fuentes

Una noche de junio de 1983, una pandilla de desalmados lo mató a palos en la calle del Llano de las Fuentes. Carmela, que vivía al final de esa calle, oyó los aullidos y llegó a tiempo de darle agua y abrazarlo antes de que muriera. Espejo da hasta la fecha, el 14 de junio, y la encaja en la historia grande del pueblo: cuatro días antes se había hecho el inventario para cerrar el Palacio Ducal, lo último que quedaba del ducado de Fernán Núñez.

Sobre lo que vino después hay dos versiones. En la de los vecinos, unos cuantos le cavaron una fosa junto a unos paredones, en las Huertas Perdidas, y poco después la pared se vino abajo sobre la tumba. En la de la mujer que lo cuidaba, nadie lo enterró: tiraron el cuerpo junto a un paredón, y al día siguiente el paredón se le cayó encima. El perro de los entierros, en cualquier caso, acabó bajo un muro.

Una estatua frente al palacio

Doce años después, el 25 de abril de 1995, Fernán Núñez le inauguró un monumento a la entrada del parque del Llano de las Fuentes, frente al Palacio Ducal y cerca de donde lo apalearon. Los vecinos hicieron una colecta, el Ayuntamiento colocó la estatua y el escultor local Juan Polo Velasco lo dejó sentado sobre un pedestal de ladrillo, con una placa que dice «El Moro, perro de los entierros». Al año siguiente, el académico Rodrigo Pozo Lora le dedicó un artículo en el Boletín de la Real Academia de Córdoba: «Estatua singular, una: la de «El Perro de los Entierros»».

En 2022, Espejo, que es doctor en Patrimonio, publicó un cuento ilustrado con dieciséis acrílicos suyos, Moro, el perro de los entierros, que empieza así: «Bien sé que esta historia pasará a leyenda y, como fue real, quiero contárosla para que no caiga en el olvido».

Un gato con el mismo oficio

Quien quiera despacharlo como superstición tiene un problema: Moro tiene un colega con papeles. Óscar, uno de los gatos de una residencia de Providence (Rhode Island), se echaba a dormir junto a los enfermos que iban a morir en las horas siguientes. Lo contó en 2007 el geriatra David Dosa en el New England Journal of Medicine, y en 2015 ya le atribuían cien aciertos. Las hipótesis van de que notaba que el enfermo había dejado de moverse a que olía las sustancias que liberan las células al morir. A Moro nadie lo estudió, pero casos no le faltaban.

No es el único animal con fama de saber más de la cuenta: en Escocia, el puente de Overtoun arrastra la leyenda de los perros que se tiran al vacío, aunque la explicación tiene menos de fantasmas que de nariz. A una canción, Gloomy Sunday, la culparon de una ola de suicidios. Y por los mismos años, en Tarragona, una mesita de nogal subía escaleras y contestaba preguntas a cincuenta pesetas la sesión.

Vídeo: la historia de Moro

El canal Veterinario Gratis cuenta la historia de Moro en seis minutos:

💘 LA HISTORIA DEL PERRO MORO EL PERRO DE LOS ENTIERROS DE FERNAN NUÑEZ 💘

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