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Alan Price, The Animals y la gresca de The house of the rising sun

Alan Price, con gorra y un cigarrillo en la boca, toca el piano en una foto en blanco y negro de los años sesenta

Tradicionalmente se considera a Zenódoto de Éfeso, gramático entre otras muchas cosas, el inventor del orden alfabético como método sistemático de clasificación, tras aplicar por primera vez este criterio para organizar por autor el vasto y caótico contenido de los cientos de miles de rollos de papiro que custodiaba la legendaria Biblioteca de Alejandría.

¿Qué tiene qué ver el bueno de Zenódoto, una banda de Rhythm and Blues del norte de Inglaterra y una primitiva canción con aires de folk y blues sin padre conocido?

Mucho, ya verán.

Un organista, un nombre que empieza por A y una canción

Hay decisiones que se toman por desidia o porque alguien tiene prisa por irse al pub. Una de ellas cambió la vida de un hombre y condenó a sus compañeros a décadas de rencor y de cheques que nunca llegaron.

La historia comienza con una canción que hoy suena en películas, anuncios y documentales: The House of the Rising Sun. Y con una banda que, para la posteridad del rock británico, resultó ser más famosa que la mayoría de sus contemporáneos: The Animals.

El protagonista de esta historia, sin embargo, es Alan Price, el organista, que se embolsó durante décadas los derechos de la canción por un detalle en los créditos que todavía hoy escuece a sus antiguos compañeros.

Canción tradicional, músicos peludos, órgano abrasador

The House of the Rising Sun no fue escrita por The Animals, ni por Alan Price, ni por nadie con cuenta bancaria moderna. La canción es de origen incierto, una especie de balada folklórica y tristona que se cantaba en los burdeles de Nueva Orleans (si nos ceñimos a la leyenda más sabrosa), aunque su génesis se pierde entre el folk británico, las cárceles americanas y los cantares populares.

Como ocurre con muchas canciones tradicionales, su autoría es difusa y, por tanto, susceptible de ser registrada por cualquiera que la “arregle” mínimamente. Ahí entra la magia y la picardía de los sesenta.

En 1964, The Animals grabaron su ya mítica versión que no fue ni mucho menos la primera ni sería la última (Joan Baez y Bob Dylan, entre otros, ya la habían adaptado previamente en sus respectivos álbumes de debut). Eran tiempos en los que un buen productor podía cambiar la historia del rock en una tarde, como bien sabía Glyn Johns.

Pero sí era diferente: la banda alumbró una joya de rock sombrío y envolvente, impulsada por el órgano de Price, la voz cavernosa de Burdon y un crescendo que aún hace estremecer al más curtido. Todo esto grabado en una sola toma tan magnífica que el productor tardó menos de un cuarto de hora en dar por terminado su trabajo; era perfecta.

Fue un éxito inmediato: número uno en Estados Unidos y Reino Unido. Pero no todo era miel sobre hojuelas…

Vídeo: The House of the Rising Sun, de The Animals

Esta es la versión de 1964, la que llegó al número uno a los dos lados del Atlántico:

The Animals - House Of The Rising Sun (Music Video) [4K HD]
Alan Price, el afortunado, a los teclados

Cinco minutos de órgano, voz y fatalismo que siguen poniendo la piel de gallina. Y que, cada vez que suenan, siguen haciendo un poco más rico a un solo miembro del grupo.

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El abecedario, ese juez implacable

Todas las versiones coinciden en que, cuando llegó el momento de registrar los créditos de The House of the Rising Sun, apareció un obstáculo de lo más prosaico: en la etiqueta del single no cabían los cinco miembros de la banda como arreglistas. Según la dirección del grupo, que entonces llevaba Mike Jeffery —el mismo que años después manejaría las finanzas de Jimi Hendrix, con resultados igual de discutibles—, «Trad. arreglada por» seguido de cinco nombres no entraba. Había que quedarse con uno.

Y para elegirlo se aplicó un criterio que, aunque pueda sonar frío y académico, resultó extremadamente funcional: el orden alfabético. Eso sí, por el nombre de pila: Alan, Chas, Eric, Hilton y John. Por apellido, Price habría quedado tercero, detrás de Burdon y Chandler, y esta historia sería otra. Valentine, por cierto, siempre reivindicó como suyo el famoso arpegio de guitarra con el que arranca la canción, lo que hace todavía más doloroso que su nombre no apareciera por ningún lado.

Detalle burocrático, casi trivial, que marcaría para siempre quién vería caer los cheques y quién seguiría mirando desde la barrera.

Alan Price. A de Alan. Y de ahí a la B. B de banco.

Como resultado, durante décadas, Price fue el único miembro de The Animals en cobrar los derechos de autor por la versión que los cinco versionaron. Un goteo constante de royalties que, según estimaciones nada desdeñables, le habría proporcionado millones. Muchos.

Mientras, los demás… pues bien, gracias.

Eric Burdon lo ha contado sin ningún estoicismo:

«Yo era el líder de una banda que me la estaba metiendo por detrás. Estuvimos de gira casi dos años sin parar, casi sin un día libre… por cero».

Eric Burdon, en Uncut
Foto en blanco y negro de los cinco miembros de The Animals posando junto a un muro de piedra en el castillo de Newcastle, en 1964
The Animals en 1964: Eric Burdon, Alan Price, Chas Chandler, Hilton Valentine y John Steel. Foto: Richard William Laws, Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Con los años, la herida no se cerró. Según contó el batería John Steel a la revista Uncut, Price procura no hablar del asunto de los derechos, que para el grupo sigue siendo «una herida abierta».

Un órgano, un nombre y una jugada maestra

No se sabe a ciencia cierta si Price lo planeó o si simplemente tuvo un golpe de suerte. Lo cierto es que poco después dejó la banda. Algunos dicen que por tensiones internas. Otros apuntan a que sabía que ya no necesitaba seguir girando en autobuses llenos de humo para ganarse la vida. Tenía un ingreso perpetuo, pasivo, y perfectamente legal.

Ni las quejas en entrevistas ni las biografías han cambiado aquel detalle burocrático. The Animals pasaron a la historia del rock, pero solo uno de ellos con la cuenta saneada.

Y mientras tanto, la canción sigue sonando…

Tras abandonar The Animals en 1965, Alan Price emprendió una carrera en solitario que combinó éxitos pop con incursiones en el cine y la televisión británica. Su talento como teclista y compositor le permitió grabar discos aclamados, colaborar con orquestas y bandas de jazz, y crear bandas sonoras para películas, consolidándose como una figura respetada y polifacética en la música británica, lejos del bullicio y los conflictos de su etapa en la banda.

Y cada vez que la canción suena en una película, en un anuncio o en un documental sobre los sesenta, el dinero sigue llegando a la cuenta de Alan Price.

El resto del grupo permanece, por supuesto, en la memoria colectiva: Eric Burdon y compañía cuentan con un robusto reconocimiento y prestigio más allá de toda duda gracias a su sólida carrera. Aunque no todos han llegado a verlo: Chas Chandler murió en 1996, no sin antes descubrir a un tal Jimi Hendrix, y Hilton Valentine falleció en 2021.

El cheque sigue llegando a un solo buzón. No es el único grupo británico que acabó a la gresca por los derechos: que se lo pregunten a Spandau Ballet, que llegaron a los tribunales por algo muy parecido. Y en aquel Londres de los sesenta había oficios para todo: Tony Sánchez fue durante ocho años chófer, fotógrafo y camello de Keith Richards, y luego lo contó en un libro.

Al final, en la trastienda de la música popular no siempre gana el talento: a veces gana el nombre que tuvo la suerte de ir el primero en la fila.

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Alan Price: House of the Rising Sun

Y para terminar, el propio Alan Price, el hombre al que el abecedario sonrió:

Alan Price: House of the Rising Sun

Fuentes consultadas