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Las teorías sobre la autoría de Shakespeare

Grabado coloreado del siglo XIX de William Shakespeare, pensativo, con la cabeza apoyada en la mano

A principios del siglo XX, un médico estadounidense llamado Orville Ward Owen se puso a dragar el río Wye, junto al castillo de Chepstow, convencido de que allí estaba enterrada la prueba de que Shakespeare era en realidad Francis Bacon. No encontró nada, pero no le faltó compañía: desde mediados del siglo XIX, un filósofo, varios condes, un dramaturgo supuestamente muerto y hasta una condesa han sido propuestos como el verdadero autor de Hamlet. Los especialistas, casi sin excepción, siguen apostando por el actor de Stratford.

El germen de la duda

A mediados del siglo XIX, unos cuantos escritores y aficionados empezaron a sospechar de William Shakespeare. ¿Cómo podía un hombre de formación modesta, nacido en Stratford-upon-Avon, una villa de provincias con mercado, e hijo de un guantero que llegó a concejal, haber escrito un universo dramático tan vasto, tan lleno de referencias clásicas y tan certero con las miserias humanas? En la Inglaterra isabelina, tan amiga de las jerarquías, la pregunta tenía público.

La falta de diarios, cartas o borradores atribuidos sin sombra de duda al Bardo ha dado alas a los escépticos, y el resultado es un catálogo de candidatos digno de una novela de misterio.

Conviene decirlo antes de seguir: según la Wikipedia en inglés, salvo unos pocos, los especialistas en Shakespeare consideran todo esto una teoría marginal. Las pruebas a favor del hombre de Stratford son muchas: su nombre en las portadas; el Primer Folio de 1623, que reunieron sus compañeros de compañía, con un poema de Ben Jonson que lo llama «dulce cisne del Avon»; el monumento funerario de Stratford, que lo muestra pluma en mano; las obras que, según los estudios de estilo, escribió a medias con John Fletcher. Y una pulla de 1592 en la que el dramaturgo Robert Greene, universitario, despreciaba a un «cuervo advenedizo, embellecido con nuestras plumas», un actor que se creía capaz de escribir versos como los mejores. Lo que demuestra que el esnobismo antistratfordiano es más viejo que la propia teoría.

La teoría baconiana: un filósofo enmascarado

Francis Bacon, estadista, filósofo, jurista y escritor, fue el primer gran candidato. Sus defensores sostienen que su dominio del latín y el griego, su formación en retórica, su familiaridad con las intrigas de palacio y su trato con los círculos más eruditos de Europa encajan con las obras mucho mejor que la biografía de un comerciante de Stratford metido a dramaturgo.

Grabado coloreado de Francis Bacon, con sombrero de ala ancha y gorguera de encaje
Francis Bacon, el primer gran candidato de los antistratfordianos.

Aquí empieza el desfile de pistas ocultas: acrósticos que formarían su nombre, juegos de palabras dignos de un criptógrafo y alusiones filosóficas que, según sus partidarios, solo podía hacer alguien con la biblioteca mental de Bacon. Al propio Bacon le gustaban los códigos cifrados, algo habitual entre diplomáticos y cortesanos, y eso les dio munición de sobra: la obra completa de Shakespeare convertida en un gigantesco acertijo renacentista, con segunda lectura en cada soneto. Imaginarlo riéndose para sus adentros mientras la posteridad levantaba estatuas a un actor de provincias tiene, eso sí, su gracia.

Los baconianos se tomaron la caza del código muy en serio. Según la Wikipedia en inglés, la idea la lanzó en 1856 la estadounidense Delia Bacon, sin parentesco con Francis; en 1888 el político Ignatius Donnelly publicó The Great Cryptogram, un tocho dedicado a descifrar mensajes ocultos en las obras, y en 1907 el también estadounidense Orville Ward Owen aseguró haber descifrado instrucciones que llevaban a una caja con las pruebas, enterrada en el río Wye, junto al castillo de Chepstow. Dragó el río. No encontró nada.

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La teoría oxfordiana: el noble con disfraz popular

Edward de Vere, XVII conde de Oxford, tenía todo lo que a Shakespeare se le reprocha no tener: educación clásica, varios idiomas, viajes por Europa y acceso a las bambalinas del poder. Para los oxfordianos, eso explica el conocimiento de la etiqueta cortesana y de las intrigas de palacio que asoma en las obras, y también el seudónimo: un noble no podía firmar comedias sin manchar su linaje.

Retrato de Edward de Vere, XVII conde de Oxford, fechado en 1575, con jubón dorado y gorra negra con pluma
Edward de Vere, XVII conde de Oxford, el candidato favorito del siglo XX.

La estampa tiene su encanto: un conde escribiendo escenas de bufones, princesas y marineros mientras su nombre quedaba a salvo de los carteles y de las murmuraciones de la corte. Los paralelismos entre las obras y su vida, con sus viajes por Italia y Francia, sus intrigas cortesanas y su temperamento melancólico, alimentan la teoría desde hace un siglo.

La teoría tiene padre conocido y apellido desafortunado: según la Wikipedia en inglés, la lanzó en 1920 un maestro de escuela británico, J. Thomas Looney, con su libro «Shakespeare» Identified. En inglés, looney quiere decir «chiflado», lo que sus rivales no han dejado de recordar durante un siglo. Tuvo seguidores ilustres, Sigmund Freud entre ellos. Su gran escollo es la cronología: De Vere murió en 1604, y según la datación más aceptada varias obras, como La tempestad, son posteriores. Los oxfordianos sostienen que las dejó escritas en un cajón.

La teoría marloviana: un muerto muy vivo

Christopher Marlowe, el niño terrible del teatro isabelino, fue un dramaturgo tan brillante como pendenciero. Oficialmente, murió en 1593 apuñalado por Ingram Frizer en una casa de Deptford, propiedad de la viuda Eleanor Bull, en una pelea que, según la investigación oficial, empezó por la cuenta. Para los marlovianos, en cambio, aquella fecha no fue el final sino el principio de la gran farsa: Marlowe habría fingido su muerte para escapar de un juicio por herejía y habría seguido escribiendo con el nombre de William Shakespeare, quizá desde Italia, enviando manuscritos a través de contactos de confianza.

Retrato de 1585 de un joven de 21 años de melena castaña, conservado en el Corpus Christi College de Cambridge, que se cree que es Christopher Marlowe
El retrato del Corpus Christi College de Cambridge (1585), que se cree que representa a Marlowe.

Los paralelismos estilísticos entre la obra temprana de Marlowe y los primeros textos atribuidos a Shakespeare, así como la repentina irrupción de este último en la escena londinense poco después de la supuesta muerte del primero, son utilizados como prueba por quienes creen que el genio no desapareció, sino que simplemente cambió de máscara. Para ellos, no es coincidencia que las obras shakesperianas posteriores a 1593 mantengan un pulso dramático y un uso del verso blanco tan característico de Marlowe.

Si fuera cierto, sería su mejor papel: el del muerto ilustre que sigue escribiendo desde la penumbra.

La versión moderna de la teoría la popularizó, según la Wikipedia en inglés, el agente de prensa de Broadway Calvin Hoffman, que en 1955 publicó The Murder of the Man Who Was «Shakespeare» y al año siguiente viajó a Inglaterra en busca de pruebas documentales. No volvió con ninguna, pero el título era estupendo.

Otros candidatos

Hay quien apunta a William Stanley, sexto conde de Derby; a Roger Manners, quinto conde de Rutland; o incluso a un colectivo de autores trabajando en secreto, como una especie de taller literario clandestino. Más recientemente, según la Wikipedia en inglés, han sumado defensores Mary Sidney, condesa de Pembroke, y la poeta Emilia Bassano (Emilia Lanier).

En esta versión coral, Shakespeare sería poco más que un testaferro literario, el hombre que ponía la cara (y la firma) mientras otros le pasaban manuscritos frescos. Entre los escépticos ilustres, siempre según la Wikipedia en inglés, figuran Walt Whitman, Helen Keller, Henry James, Charlie Chaplin y Mark Twain, que en 1909 dedicó al asunto un librito con título de pregunta retórica, Is Shakespeare Dead? («¿Ha muerto Shakespeare?»).

Curiosidades que alimentan el misterio

  • Vacíos documentales: no hay cartas personales ni diarios. Sí se conservan seis firmas, su testamento y, según buena parte de los especialistas, tres páginas de su puño y letra en el manuscrito de la obra colectiva Sir Thomas More (la llamada «Mano D»). Y, según la Wikipedia en inglés, de Shakespeare hay más documentación que de la mayoría de dramaturgos de su tiempo, que tampoco dejaron diarios.
  • Costumbre de los seudónimos: En la Inglaterra del XVI y XVII, publicar bajo otro nombre era más común de lo que hoy se piensa, ya fuera para esquivar la censura o para evitar la vergüenza familiar.
  • Autorreferencias sospechosas: Algunos pasajes de las obras parecen guiños crípticos sobre el propio autor, como si éste se divirtiera sembrando migas de pan para que los curiosos nunca lleguen al final del camino. Eso sí, los juegos de palabras más claros, los de los sonetos 135 y 136 con la palabra «Will», apuntan precisamente a un tal William.
  • Escepticismo tardío: en vida del dramaturgo no dudó nadie. Según la Wikipedia en inglés, antes de mediados del siglo XIX solo hubo un puñado de alusiones satíricas, y el supuesto primer baconiano del siglo XVIII, James Wilmot, resultó ser un manuscrito falsificado. Hasta las dudas tienen su propio fraude.

La solución más aburrida

Cada teoría dice más de quien la defiende que del propio dramaturgo. Porque, para casi todos los especialistas, la solución del enigma es la más aburrida y, a la vez, la más asombrosa: que un chico de provincias sin estudios universitarios, actor de oficio, escribió lo que escribió.

A Mark Twain, uno de los escépticos ilustres, le dedicamos sus propias curiosidades y anécdotas, y del teatro inglés, aunque tres siglos después y sin dudas sobre la autora, hablamos en La ratonera de Agatha Christie, la obra más representada de la historia.

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Vídeo: ¿fue Bacon el verdadero Shakespeare?

Para quien prefiera verlo contado, este vídeo del canal Aprendizaje Digital repasa la teoría baconiana. Conviene verlo con el mismo escepticismo que recomiendan los especialistas: la pregunta del título tiene respuesta, y es bastante menos novelesca.

¿Fue Shakespeare el Verdadero Autor de sus Obras? La Teoría Baconiana

Fuentes consultadas