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Pórtico de columnas de la entrada principal del cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires

Un cristal blindado de 170 kilos, doce cerraduras y un ataúd en una bóveda del cementerio de la Chacarita. Nada de eso impidió que, a finales de junio de 1987, alguien entrara en la tumba de Juan Domingo Perón, le cortara las manos al cadáver y se llevara también su sable, su gorra militar y un poema enmarcado de su viuda. Los profanadores pidieron ocho millones de dólares de rescate, no los cobraron y no volvieron a dar señales de vida. Las manos nunca aparecieron. Lo que sí apareció fue una cadena de muertes extrañas alrededor de la investigación y un puñado de teorías, de la venganza masónica a la cuenta suiza, que convirtieron el caso en uno de los grandes misterios de la Argentina democrática.

La tumba de un presidente

Perón, tres veces presidente de Argentina, murió en Olivos el 1 de julio de 1974. Su cuerpo fue embalsamado y, tras varios años de idas y venidas y de un mausoleo para los próceres que nunca llegó a construirse, acabó en la bóveda familiar del cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires. Allí reposaba, protegido por un vidrio blindado de nueve centímetros de grosor que solo se podía abrir con doce llaves, cuando ocurrió la profanación.

Retrato oficial de Juan Domingo Perón durante su tercera presidencia, en 1973
Retrato de Juan Domingo Perón en 1973, al empezar su tercera presidencia (dominio público).

A finales de junio de 1987, el presidente del Partido Justicialista, Vicente Saadi, y el secretario general de la CGT, Saúl Ubaldini, recibieron una carta firmada por un grupo que se hacía llamar «Hermes IAI y los 13». Decía que tenían las manos, la gorra y el sable de Perón y pedía ocho millones de dólares por devolverlos. Como prueba, cada carta iba acompañada de una mitad de un poema que Isabel Perón había dejado enmarcado junto al cadáver. Saadi se negó a pagar.

Lo que encontraron en la bóveda

El juez Jaime Far Suau ordenó abrir la tumba. Los investigadores, dirigidos por el comisario Carlos Zunino, encontraron la claraboya rota, cristales por el suelo y un agujero en el vidrio blindado. Al levantar la tapa del ataúd comprobaron que al cadáver le faltaban las manos, cortadas pocos días antes con una sierra quirúrgica, según los primeros informes (los posteriores hablaron de una sierra eléctrica), y que también había desaparecido el poema. Dentro quedaba un objeto inquietante: el dedo de un guante de goma. Se cree que la profanación se produjo el 29 de junio.

Se detuvo a seis personas y se procesó a cinco, pero nadie llegó a ser acusado formalmente. Las cerraduras no estaban forzadas, lo que hizo pensar desde el principio en algún tipo de ayuda desde dentro.

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Una cadena de muertes

Lo que más se recuerda del caso, sin embargo, es lo que pasó después. En febrero de 1988 murió en su despacho el jefe de la Policía Federal, Juan Ángel Pirker, que estaba investigando el asunto, al parecer de un ataque de asma. El 22 de noviembre de ese año, el juez Far Suau y su pareja, Susana Guaita, murieron cuando su coche volcó en un tramo recto de carretera al volver de Bariloche, sin que se hiciera un peritaje del accidente (ni, según Infobae, una autopsia). Poco después desapareció del juzgado una carpeta negra con la transcripción de su conversación con Isabel Perón.

Paulino Lavagna, un cuidador del cementerio que había denunciado varias veces que querían matarlo, apareció muerto cerca de la Chacarita: primero se habló de un paro cardíaco, pero la autopsia demostró que lo habían matado a golpes. También murió a golpes María del Carmen Melo, una mujer que llevaba flores a la tumba de Perón y que poco antes se había ofrecido al juzgado para describir a un sospechoso. El comisario Zunino sobrevivió a un asalto en su casa en el que recibió un disparo en la cabeza. Ninguna de esas muertes se ha esclarecido.

Las teorías

La propia Isabel Perón señaló cinco posibles responsables: la logia P2, un grupo de antiguos represores de la dictadura que se habían quedado sin trabajo, un resto de los Montoneros, la masonería inglesa y los servicios de inteligencia argentinos. La pista esotérica la desarrollaron Damián Nabot y David Cox en su libro Perón, la otra muerte (1997), que apunta a la logia Propaganda Due de Licio Gelli, de la que Perón habría sido miembro, y a algún tipo de ritual. Otros miraron hacia José López Rega, el antiguo ministro conocido como «el Brujo» por su afición al ocultismo.

La pista económica sostenía que las manos o el anillo que llevaba el cadáver daban acceso a una supuesta caja fuerte en Suiza; esa línea se dio por agotada en 1996. La que sigue en pie es la política. En 1987 la democracia argentina tenía apenas cuatro años, el Gobierno de Raúl Alfonsín acababa de superar el primer levantamiento de los militares carapintadas y la profanación se interpretó como un intento de desestabilizar el país. La antropóloga Rosana Guber la leyó como un ataque simbólico: las manos de Perón eran para muchos argentinos la imagen de su poder.

Mausoleo de Juan Domingo Perón en la quinta de San Vicente, un edificio blanco de líneas sencillas rodeado de césped
El mausoleo de la quinta de San Vicente, donde descansan hoy los restos de Perón. Foto: Roberto Fiadone (CC BY-SA 4.0).

Un caso sin cerrar

Tras la muerte de Far Suau la causa quedó paralizada y acabó archivada. En septiembre de 1994 el juez Alberto Baños la reabrió después de que aparecieran duplicados de las llaves del cementerio en la comisaría 29, y en 2008 le robaron el expediente: de su casa, según la Wikipedia; en un portafolio, según Clarín. Hoy los restos de Perón descansan en un mausoleo en la quinta de San Vicente. Sus manos siguen sin aparecer.

El medio argentino Filo News repasa en unos diez minutos el caso y sus teorías.

Quién y por qué se robó las manos de Juan Domingo Perón: historia de misterio y mafia | Filo.explica

Unas manos que no aparecen

Casi cuarenta años después, los profanadores no han vuelto a dar señales de vida, las manos no han aparecido y ninguna de las muertes que rodearon la investigación se ha esclarecido. La hipótesis que sigue en pie es la de un intento de desestabilizar una democracia que acababa de nacer.

Otras historias del blog: el robo del cadáver de Charles Chaplin, nueve años antes; los ataúdes de seguridad contra el miedo a ser enterrado vivo; la del inventor de las Pringles que quiso ser enterrado en una lata, y la de Jeremy Bentham, el padre del utilitarismo, que eligió quedarse a la vista. Y el hombre que conservó el cuerpo de Evita con parafina: Pedro Ara, el embalsamador de la Cabeza de Viejo.

Lee también: Deuda Eterna, el Monopoly comunista contra el FMI y Blasco Ibáñez, la anécdota del pistolero de la Patagonia

Fuentes consultadas

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