El café de la historia - La broma de Berners Street

La legendaria broma de Berners Street

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La épica broma de Theodore Hook

Theodore Hook

Theodore Hook fue un conocido personaje del Londres del siglo XIX que destacó como compositor y escritor.

También fue conocido por ser un famoso bon vivant y un bromista legendario cuya extensa y movida biografía merecería un libro por sí sola.

Se codeó con lo más granado de la sociedad de su tiempo y en su faceta de compositor tenía fascinado al príncipe y futuro rey Jorge IV, el cual ordenó que se le diese alguna facilidad para ganarse holgadamente la vida.

Siguiendo las instrucciones del príncipe, se le nombró contable general de la Isla Mauricio con un sueldo anual de 2.000 libras al año, pero a los cuatro años de idílica y desahogada vida en la isla del Índico, se detectaron graves deficiencias contables que finiquitaron su carrera como funcionario de la corona y Hook fue detenido e investigado.

Theodore Hook
Theodore Hook

Tras su etapa mauriciana, se instala de nuevo en Londres y funda el periódico semanal John Bull, que muy pronto fue un éxito devolviendo el alto nivel de vida a Hook hasta que otro tropiezo con la justicia, esta vez una deuda con el fisco, hizo que le arrestaran por segunda vez.

En su estancia entre rejas aprovechó el tiempo libre para empezar una carrera como escritor que incluiría numerosos libros en los que vertería su particular sentido del humor.

La postal de Theodore Hook

Theodore Hook también merece un lugar en la historia por ser la primera persona en haber recibido una postal.

Aunque lo más probable es que se la enviara a sí mismo, ya que la tarjeta era una caricatura de los trabajadores de correos y el humor era precisamente la marca de la casa característica de Hook.

Esa postal de 1840, hubiera sido enviada por el propio Hook o no, consta en los registros como la primera de la historia, y como tal fue vendida en una subasta por la bonita cifra de 31.750 libras esterlinas en el año 2002.

La postal más antigua del mundo
La postal de 1840

El asunto que hoy traemos y por el cual -más allá del tema de la primera postal, la música, sus numerosos libros, su fama de play boy, sus periódicos o tropezones varios con la justicia- es más recordado, es por una de las bromas pesadas más brillantes, sonadas, elaboradas y a la vez despiadadamente épicas de las que hay registro histórico.

Y todo empieza con una apuesta cruzada con su amigo Samuel Beazley.

Samuel Beazley

Samuel Beazley era también un personaje con vida novelesca.

Luchó en España en la Guerra de la Independencia contra los franceses, y sus innumerables anécdotas al respecto entusiasmaban y alegraban la sobremesa de las reuniones de la alta sociedad londinense.

Acabada la guerra, y tras múltiples aventuras a caballo entre Francia y España con episodios épicos dignos de comandos especiales y película de aventuras, se estableció en Londres donde desarrollaría una brillante carrera como arquitecto y dramaturgo.

Pero, al igual que ocurre con Theodore Hook, más allá de sus múltiples logros en las disciplinas a las que dedicó su vida profesional, si por algo ha pasado a la historia es por su involucración en el asunto conocido como el Berners Street Hoax o La broma de Berners Street.

La gran broma de Theodore Hook

Hook le propuso la siguiente apuesta a Beazley: Se jugaba con él una guinea a que era capaz de que un domicilio de Londres cualquiera sería la dirección más famosa de la ciudad durante al menos una semana.

Es difícil de calcular, pero una guinea de 1809 -que es cuando pasó toda esta historia- podría equivaler actualmente a una cifra que estaría en la horquilla de entre 500 y 1500 euros.

Beazley aceptó el envite (el dinero era lo de menos para este par, lo importante era pasar un buen rato), y las condiciones del trato estipulaban que Hook se reservaba los métodos que considerase más oportunos para lograr el objetivo.

La dirección elegida fue el 54 de Berners Street, domicilio de la señora Tottenham, una acaudalada viuda.

Nunca se supo si realmente Hook escogió esta dirección por azar, venganza personal por algún asunto pendiente con la señora Tottenham, o quizás porque confluían las circunstancias de que se trataba de una calle del Soho londinense no especialmente ancha pero altamente concurrida y, muy importante, en la acera de enfrente había disponible un piso para alquilar desde el que ver el “espectáculo” en primera fila llegado el gran día.

Empieza el espectáculo en Berners Street

Y el espectáculo empezó temprano; así, a las cinco de la mañana del 27 de noviembre de 1809, llamaba a la puerta del 54 de Berners Street un deshollinador.

La criada, extrañada ya que nadie había pedido sus servicios, lo despachó alegando que allí nadie había pedido deshollinador alguno.

El timbre sonó a los pocos minutos y al abrir se encontró con otro deshollinador que también fue despachado.

Pocos minutos después volvió a aparecer otro deshollinador, y otro, y otro… hasta doce.

Cuando dejaron de llamar deshollinadores, aparecieron por la estrecha calle Berners multitud de carros cargados de carbón con el mismo destino: el número 54.

Carros de empresas de muebles trayendo sus encargos se sumaron a los de los carboneros haciendo de la circulación un infierno.

Tras la oleada de ebanistas y carboneros, llamaron a la puerta empleados de pompas fúnebres con un ataúd para la “difunta” señora Tottenham.

Rechazados los funerarios, aparecieron carros cargados con trabajos de tapicería.

La broma de Berners Street

Tras los funerarios y los tapiceros, empezó a llegar un ejército de cocineros y pasteleros con sus encargos: unos cincuenta enormes pasteles de boda y dos mil quinientas tartas de frambuesa.

Como se pueden imaginar, el trasiego de gente llamando al número 54 era tal que la calle quedó colapsada, pero sólo se trataba del principio.

Empezaron a llegar abriéndose paso entre la multitud una legión de dentistas, abogados, médicos, zapateros, joyeros, fabricantes de pelucas, escultores, jardineros, subasteros, ópticos, cerveceros, pescaderos, vendedores de gallinas, cirujanos, boticarios, pintores, y repartidores varios de tiendas de toda la ciudad cargados de paquetes.

La broma de Berners Street

Cuando la confusión parecía máxima, una horda de curas que venían a dar la extremaunción a la viuda se sumaron a la fiesta, que llegó a su punto álgido de apelotonamiento humano cuando, por la bocacalle, empezaron a desfilar grandes carros para entregar quince pianos que se encontraron de frente con un grupo de hombres que con gran esfuerzo llevaban al número 54 un gigantesco órgano de iglesia.

Pero la cosa no acabó aquí porque llegaba la hora VIP.

Comenzaron a desfilar nobles, lores y personas poderosas e importantes con los más peregrinos encargos; por ejemplo, el Gobernador del Banco de Inglaterra venía para gestionar una generosa donación que la señora Tottenham quería efectuar.

También apareció el presidente del Tribunal Supremo y el mandamás de la todopoderosa Compañía de las Indias Orientales, varios ministros y múltiples miembros del gobierno.

Hasta el arzobispo de Canterbury y el mismísimo Duque de York hicieron acto de presencia aquella mañana en Berners Street citados por la señora Tottenham.

La guinda a aquel barullo fue cuando llegó el propio alcalde de Londres, también citado por la viuda Tottenham.

El alcalde fue consciente que aquello no sólo era una broma de dimensiones descomunales, sino que se estaba escapando a todo control, y mandó llamar a la policía, cosa que no hizo más que aumentar la tensión, la confusión y el desbarajuste ya que a toda la multitud reunida ante el número 54 hay que sumar a los curiosos que, atraídos por la situación, se arremolinaban alrededor de la calle añadiendo al caos la confusión, organizándose un pifostio de tal magnitud que la policía, desbordada por completo, era incapaz de poner orden.

A media mañana y debido a la cantidad de personas que se agolpaban en las inmediaciones del domicilio de la señora Tottenham, se había colapsado toda la zona y en medio de una gran confusión, la mecha de la violencia prendió al correr la voz entre los cientos de profesionales y comerciantes de que la dueña de la casa no iba a pagar ningún pedido.

Los acalorados enfrentamientos verbales desembocaron en empujones, y éstos en puñetazos en una espiral que ya no tenía vuelta atrás.

Los carros volcaron y sus cargamentos fueron pisoteados o directamente robados añadiendo más confusión a aquel galimatías incontrolable de codazos, gritos y peleas que la policía era incapaz de solucionar.

Cuando, ya entrada la noche, se restableció la normalidad, Beazley pagó la guinea de la apuesta a Hook y ambos dieron por concluido el excelso, sublime y magnífico espectáculo que habían presenciado durante aquel 27 de noviembre de 1809 desde el privilegiado balcón de la acera de enfrente del número 54 de la calle Berners.

La estratagema de Hook

Para ganar la apuesta y organizar aquel descomunal caos ante el domicilio de la señora Tottenham, Hook había enviado entre mil y cuatro mil cartas (las fuentes varían al respecto) requiriendo servicios, compras y productos de lo más variopinto con instrucciones para que confluyeran en aquella calle el mayor número de personas.

En el caso de las personas influyentes, trabajó especialmente bien los escritos para ser irresistiblemente convincente y asegurarse la presencia de la flor y nata de la alta sociedad inglesa en Berners Street como así fue.

El contenido exacto de las cartas se desconoce a excepción de unas pocas; por ejemplo, al alcalde le “rogaba” la señora Tottenham, que estando al borde de la muerte, acudiera a su domicilio para hacerle el testamento.

Aunque la policía ofreció una recompensa, la travesura de Hook nunca fue descubierta, ahorrándole ser juzgado y encarcelado de nuevo por estos hechos, y si sabemos de su autoría fue porque años después, Hook confesó haber sido el autor de lo que se pasó a la posteridad como La broma de Berners Street.


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12 comentarios

    1. Muchas gracias a ti Juana por comentar, leernos y seguirnos.

  1. Jaja jaja, leyéndolo me venía a la mente el famoso momento del camarote de los Marx.
    Gracias por publicar estas maravillas

    1. Ja, ja, pues sí, a nosotros un poco también.
      Gracias Cayetano.

  2. Los inicios del humor inglés, en esto sí que son insuperables.
    Saludos cántabros

    1. En cosas de humor son bien peculiares estos ingleses.
      Gracias por el comentario.

  3. Siempre magníficos los post que publica, es muy interesante la web, gracias por compartir.

    1. Muchas gracias a ti por leernos y seguirnos.
      ¡Saludos!

  4. Legendaria se queda corto!! Felicidades una vez más, nunca defraudan sus artículos!!

    1. Muchas gracias por tu comentario, esperamos seguir viéndote por aquí.
      Saludos cordiales.

  5. Conocía la historia. Genial. Que digo genial, ASOMBROSA.
    Esperando ya la próxima entrada…

    1. Muchas gracias por tu comentario. Todos los lunes por la tarde, hora española, sale artículo nuevo.
      ¡Hasta el próximo lunes!

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