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Schöne Náci, el pobre que paseaba en frac por Bratislava y acabó convertido en estatua

Estatua de Schöne Náci levantando la chistera junto al letrero del café Mayer, en la Rybárska brána de Bratislava

Durante casi cuarenta años, un hombre menudo en frac y chistera recorrió el centro de Bratislava saludando a las señoras en tres idiomas. Ignác Lamár, nacido en Petržalka en 1897, era pobre de solemnidad, pero la ciudad lo bautizó Schöne Náci, «el guapo Náci». Murió en 1967 en un hospital para tuberculosos, y treinta años después Bratislava le dedicó una estatua que todavía se quita el sombrero junto al café Mayer.

Nieto de payaso, hijo de zapatero

Ignác Lamár nació el 11 de agosto de 1897 en Petržalka, hoy un barrio de Bratislava y entonces un pueblo austrohúngaro que en alemán se llamaba Engerau. Su padre era zapatero y su abuelo, el payaso Lamár, había sido famoso; el niño soñaba con imitarlo. La familia se deshizo pronto. La madre se fue a Viena con otro hombre y el padre se dio a la bebida y murió al poco tiempo. El hermano pequeño, con parálisis cerebral, acabó en una institución benéfica.

Tras probar como aprendiz de pastelero y perder la casa por las deudas del padre, entró de tramoyista y ayudante de atrezo en los talleres del teatro municipal. Allí se enamoró de una compañera, Žaneta, que lo dejó por otro; la tradición oral añade que lo plantó casi ante el altar y que él no se rehízo del todo. La Primera Guerra Mundial vació el teatro y lo dejó sin empleo. Desde entonces vivió de sacudir alfombras y subir carbón para viudas que conocía de aquellos años.

Un frac de conde y tres maneras de besar la mano

El vestuario le llegó en una maleta negra: según se cuenta, la condesa Náriová había regalado al padre la ropa de su difunto marido, frac y chistera incluidos. Ignác ensayó sonrisas delante del espejo y salió así al Korzo, el paseo que iba de la Puerta de San Miguel al Danubio. Siguió con aquel atuendo décadas después de que la moda lo jubilara, siempre con guantes blancos y bastón; en invierno añadía una bufanda blanca.

Ignác Lamár, Schöne Náci, con abrigo y bastón en el puente de la Puerta de San Miguel de Bratislava, nevado, en 1960
Ignác Lamár en el puente de la Puerta de San Miguel de Bratislava, un día de nieve de 1960. Foto: Pavol Poljak, archivo familiar (CC BY-SA 3.0), vía Wikimedia Commons.

A las señoras las saludaba con una reverencia, chistera en mano: «Ruky bozkávam, Küss die Hand, Kezét csókolom». Es «le beso las manos» en eslovaco, alemán y húngaro, las tres lenguas de la Bratislava de entonces. También cantaba en los patios de las casas, y a quien se reía de él no le contestaba: lo miraba y sonreía.

Luego estaban los dulces. En las pastelerías Stürzer, Mayer y Myšák le daban pasteles gratis y, a veces, un café solo. Comer, lo que se dice comer, comía poco. Hacia 1947, el dietista Imrich Sečanský lo encontró delgadísimo y desnutrido: vivía casi de dulces, que llamaba «šuteméne», a la húngara. Le recetó tres o cuatro comidas al día con proteínas y verdura, y a los dos meses había recuperado el ánimo.

Cuando «Náci» empezó a sonar a otra cosa

La Segunda Guerra Mundial lo puso en peligro. Según el estudio sobre Petržalka de los historiadores Ľuboš Kačírek y Pavol Tišliar, editado por la biblioteca del barrio, hubo entonces «celosos» que propusieron mandarlo al Reich por su origen alemán. Para un hombre al que se tenía por enfermo mental, habría sido una muerte casi segura.

El tropiezo llegó con la paz, cuando Checoslovaquia expulsaba a los alemanes. Los mismos autores cuentan que algunos interpretaron mal Náci, diminutivo de Ignác, y el «guapo Ignác» se convirtió en el «guapo nazi». Pasó varios meses en un campo de internamiento de Petržalka hasta que se aclaró aquel «rompecabezas lingüístico» y un médico logró sacarlo. Lo alojaron en un asilo de ancianos.

Una cruz de tubos en Lehnice

Con la vejez le fallaron las piernas y se pasaba las horas en los bancos del Korzo. La tuberculosis lo llevó de hospital en hospital hasta el sanatorio antituberculoso de Lehnice, donde murió el 23 de octubre de 1967, a los 70 años. No tenía familia ni dinero, así que el municipio lo enterró como a un indigente, en una tumba sin nombre marcada con una cruz de tubos de andamio.

Lápida de Ignác Lamár en el cementerio de Ondrejský de Bratislava, con su saludo en eslovaco, alemán y húngaro
La tumba de Ignác Lamár en el cementerio de Ondrejský, con el saludo que repetía por la calle, en 2012. Foto: Karl Gruber (CC BY-SA 3.0 AT), vía Wikimedia Commons.

Él había pedido descansar en Bratislava, y tuvo que esperar cuarenta años. En septiembre de 2007, la Sociedad Ferdinand Martinengo trasladó sus restos al cementerio de Ondrejský, donde lo despidió el sacerdote Anton Srholec. Allí estaba también el doctor Sečanský, ya nonagenario, y el grupo folk Lojzo tocó la canción que le había dedicado en 1989. La lápida dice «…som Bratislavčan, Ruky bozkávam…»: soy de Bratislava, le beso las manos.

Una chistera de aluminio en la Rybárska brána

El 26 de julio de 1997, treinta años después de su muerte, se inauguró la figura de tamaño natural, algo caricaturesca, que le dedicó el escultor Juraj Meliš en la esquina de la calle Rybárska brána con la plaza Mayor, junto al café Mayer. Es de aluminio sobre piedra y mide casi dos metros con la chistera, que levanta con la mano izquierda.

Ha sobrevivido a varios ataques de vándalos y a algún cambio de sitio dentro de la misma calle. Los turistas se colocan bajo la chistera para la foto, y a pocos metros asoma de una alcantarilla Čumil, el operario de bronce que, con el soldado napoleónico, le hace la competencia ante las cámaras. La Sociedad Martinengo entrega cada año una estatuilla de Náci a un vecino como premio a la buena educación.

No es el único personaje de la calle adoptado por su ciudad. Barcelona tuvo a la Monyos, que ofrecía canciones por las Ramblas con sus moños llenos de flores, y en el Madrid del siglo XIX el perro Paco entraba en cafés y teatros como un parroquiano más. Náci, por lo menos, entraba saludando. A un paseo de su estatua, la misma ciudad levantó un vecino de acero mucho más discutido: la pirámide invertida de la Radio Eslovaca, que tardó dieciséis años en emitir. Eslovaquia tiene además una historia de amor convertida en atracción: el Banco del Amor de Banská Štiavnica, que guarda recuerdos de parejas en cien mil cajas bajo la casa de la musa del poeta Sládkovič.

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