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El vudú asesino: la insólita teoría de que François Duvalier mató a Kennedy

François Duvalier con casco militar y gafas de pasta, en una fotografía en blanco y negro

Cuando Kennedy murió en Dallas el 22 de noviembre de 1963, un dictador caribeño se atribuyó el mérito. François Duvalier, «Papa Doc», presidente de Haití, presumió de haberlo matado con un ritual vudú, y hasta tenía una prueba a su manera: él había llegado al poder un día 22, y el 22 era su número de la suerte. Detrás de la anécdota estaba un régimen que gobernó con el miedo, a medias entre los machetes de los Tonton Macoute y la supuesta magia negra de su jefe.

Un magnicidio a distancia

Entre todos los desmanes de su régimen hay una historia que brilla con luz propia, como un fuego fatuo en un cementerio caribeño: su supuesta implicación en la muerte de John F. Kennedy mediante un ritual vudú. Un magnicidio a distancia, sin balas, sin mafia y sin francotirador en Dallas: solo un dictador convencido de su propio poder sobrenatural. ¿Ridículo? Todo indica que sí. ¿Fascinante? Sin la menor duda.

François Duvalier, con sombrero y traje oscuro, sentado en un coche con un arma junto a las piernas
François Duvalier, «Papa Doc», con sombrero y traje oscuro, en un coche

Médico, dictador y supuesto brujo supremo

Para entender cómo alguien llega a proclamarse el autor intelectual de uno de los asesinatos más analizados del siglo XX sin mover un solo dedo (al menos físicamente), hay que retroceder a la Haití de mediados del siglo XX, un país convulso, sacudido por dictaduras, golpes de Estado y una pobreza crónica que parecía enquistada en sus calles polvorientas.

François Duvalier, nacido en 1907, no parecía, en principio, destinado a convertirse en un tirano con aspiraciones de brujo supremo. Al contrario, su periplo universitario lo pintaba como un profesional respetable: estudió Medicina en la Universidad de Haití y llegó a especializarse en salud pública, participando en campañas sanitarias financiadas por Estados Unidos contra el tifus, la malaria y, sobre todo, el pian, una infección tropical que desfiguraba a miles de campesinos. De ahí le vino el apodo cariñoso de «Papa Doc», que con los años sonaría a todo menos a cariño.

En 1957, tras una carrera política tejida con populismo y promesas de estabilidad en un país sumido en décadas de golpes militares y caos institucional, ganó las elecciones presidenciales. Lo que nadie imaginó fue que esa estabilidad se traduciría en represión brutal, persecución a opositores, un control férreo de los medios y una reinterpretación bastante creativa del vudú como herramienta de gobierno y como espectáculo de manipulación colectiva. En 1964, tras un referéndum amañado, se proclamó presidente vitalicio.

Baron Samedi con banda presidencial

Duvalier no solo gobernó, sino que se erigió en una figura mística, una especie de enviado directo de los loas (espíritus del vudú), al que atribuía poderes más allá de lo terrenal. Para blindar su aura sobrenatural se rodeó de los temidos Tonton Macoute, su milicia paramilitar personal, que más que policías parecían espectros salidos de una pesadilla tropical: hombres vestidos de manera irregular, casi siempre con gafas de sol, sombreros de ala ancha y machetes, que patrullaban las calles con salvajismo medieval.

Hombres con la cara pintada de negro, dientes postizos y ropa oscura, disfrazados en un desfile en Haití
Disfraces del carnaval haitiano que evocan a los Tonton Macoute

Y lo más importante: cultivó con disciplina la imagen de ser inmortal, invulnerable y con la capacidad de matar a sus enemigos únicamente con la mente, lo cual era un recurso propagandístico mucho más barato que mantener arsenales llenos de balas.

Para rematar la escenografía, Duvalier copió a conciencia la imagen de Baron Samedi, el espíritu vudú de los muertos y guardián de los cementerios: traje negro, sombrero y gafas oscuras. El mensaje no necesitaba traducción: el presidente y el señor de las tumbas eran, más o menos, la misma persona.

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La conspiración imposible

Así, cuando el mundo entero quedó conmocionado por el asesinato de Kennedy, Papa Doc no dejó escapar la oportunidad de colocarse en el centro de la escena.

Fue, viene a decir la leyenda, su maldición la que había acabado con Kennedy. No consta en ningún documento una frase textual, pero sí, según la Wikipedia en inglés y el diario argentino La Nación, que Duvalier se jactó de ello. Y tenía, a su manera, una prueba: había sido elegido presidente un 22 de septiembre, Kennedy murió un 22 de noviembre y el 22 era, según se cuenta, su número de la suerte.

El asesinato de JFK según Papa Doc

La versión oficial del asesinato de Kennedy es de sobra conocida y ha sido diseccionada hasta la saciedad. Lee Harvey Oswald, el eterno sospechoso; la teoría de la bala mágica; la Comisión Warren con sus páginas y páginas de burocracia; y un abanico de teorías alternativas que incluyen a la mafia, a la CIA, a Fidel Castro e incluso a visitantes interplanetarios.

Pero para Duvalier, todo aquello era paja: según él, la verdad radicaba en que su magia negra había fulminado al presidente estadounidense desde la distancia, con la precisión de un francotirador espiritual instalado cómodamente en Puerto Príncipe.

Su razonamiento (si se le puede conceder tal categoría) partía de una lógica muy básica: Kennedy, con su política exterior intervencionista, era un obstáculo para su régimen. La Casa Blanca observaba con lupa y con indignación la manera en que Papa Doc manejaba Haití como su feudo personal, con prácticas represivas y un desprecio absoluto por los derechos humanos. De hecho, la administración de JFK llegó a suspender la ayuda económica a Haití, un golpe durísimo para las finanzas de la dictadura y, sobre todo, para la imagen de invulnerabilidad que Duvalier cultivaba con tanto esmero.

Alfileres, cánticos y propaganda

En lugar de recurrir a métodos convencionales como el envenenamiento selectivo, el golpe de Estado de manual o el clásico «accidente de tráfico» oportunamente provocado, Papa Doc aseguró que la mejor manera de resolver el problema era mediante el vudú. Según el relato que circula desde entonces, nunca confirmado, organizó un ritual en el que utilizó figuras de cera y alfileres, recitando cánticos en creole mientras pedía a los loas que debilitaran a Kennedy y lo dejaran a merced de la fatalidad.

En otras palabras, no hicieron falta ni Oswald, ni mafia italiana, ni la CIA: bastaron un dictador haitiano convencido de su divinidad, una muñeca claveteada y un puñado de cánticos rituales.

Lo más sorprendente del asunto es que, según La Nación, Duvalier presumió de ello hasta el último día de su vida, y la historia acabó formando parte de la leyenda que su régimen alimentaba. En el universo paralelo que construyó, su conexión con los espíritus le confería el poder de decidir la vida y la muerte de líderes mundiales.

¿Alguien se tomó en serio la historia?

En el mundo real, por supuesto, nadie en Washington creyó ni por un segundo que un brujo haitiano había derribado a Kennedy a distancia. Si los informes de inteligencia estadounidenses llegaron a registrar la ocurrencia, cabe imaginar en qué cajón la archivaron.

Pero en Haití la recepción fue muy diferente. Allí, una población aterrorizada, adoctrinada y sometida a la constante presión de los Tonton Macoute no tenía más remedio que asentir, hacer como que creía o, simplemente, no arriesgarse a dudar públicamente de que su presidente tuviera acceso a fuerzas sobrenaturales capaces de decidir el destino del planeta.

Este tipo de relatos reforzaban su imagen de líder intocable y omnipotente. Si podía matar al presidente de la nación más poderosa del mundo sin siquiera levantarse de la silla, ¿qué no podría hacerle a un simple campesino haitiano que se atreviera a desafiarlo o a murmurar en su contra en el mercado?

El legado de Duvalier: magia negra, represión y un país en ruinas

François Duvalier murió en 1971 sin que ningún espíritu le concediera la inmortalidad que tanto predicaba. El fin de su reinado no llegó por una rebelión ni por la intervención de potencias extranjeras, sino simplemente por la biología que ni el vudú pudo alterar. Le sucedió su hijo, Jean-Claude «Baby Doc» Duvalier, quien continuó con la dictadura, aunque con menos teatralidad mística y con más inclinación hacia el lujo, el derroche y los excesos propios de una élite desconectada de la miseria de su pueblo.

El balance de su régimen no tiene nada de pintoresco: según La Nación, más de 30.000 personas fueron asesinadas durante la dictadura de Papa Doc (otras estimaciones elevan la cifra a 60.000), y miles de haitianos tuvieron que huir del país.

El poder de Papa Doc no se sostuvo solo con armas, cárceles y milicias, sino con la idea de que su presidente tenía línea directa con el más allá. Lo de Kennedy, con alfileres y conjuros, fue la exhibición más descarada de ese truco.

No es el único caso en que lo sobrenatural se puso al servicio de la política: durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos llegaron a contratar a un astrólogo, Louis de Wohl, para adivinar lo que Hitler leía en las estrellas. Y en lo de atribuirse poderes imposibles, pocos han llegado tan lejos como Kim Jong-il, al que la propaganda norcoreana atribuía, entre otras proezas, once hoyos en uno en su primera partida de golf.

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Fuentes consultadas