“Hecha la ley, hecha la trampa. Y si no hay ley, no hay trampa. Lo que hay es espacio. Mucho espacio.”
En el vasto catálogo de genialidades humanas que se pasean por el borde del absurdo con una elegancia que roza el arte, hay una historia que brilla más que el propio satélite que nos alumbra las noches. Es la aventura de Jenaro Gajardo Vera, un chileno que, armado únicamente con una pluma, un sello notarial y una imaginación jurídica del tamaño del sistema solar, se convirtió —al menos sobre el papel— en el propietario legal de la Luna.
Ni cohetes, ni astronautas, ni telescopios de la NASA: bastó con un poco de burocracia, un necesario toque de humor y una saludable dosis de poesía.
Un abogado con alma de poeta y mirada astronómica
Jenaro Gajardo Vera nació el 18 de noviembre de 1919 en Traiguén, en el sur de Chile, en el seno de una familia tan numerosa como paciente: fue el sexto de diez hermanos, lo que ya explicaría cierta inclinación a destacar. Hijo de médico, optó por estudiar Castellano en el Instituto Pedagógico, quizá buscando refugio en las palabras antes de enfrentarse al universo del Derecho, que estudió después en la Universidad de Chile.
Con los estudios terminados, se instaló en Talca, una apacible ciudad del sur chileno donde ejerció como abogado. Pero su espíritu soñador no tardó en mirar más allá de las fronteras terrestres. Allí fundó en 1951 la Sociedad Telescópica Interplanetaria, una institución cuya misión —tan seria como extravagante— era “formar un comité de recepción para los primeros visitantes extraterrestres”. En su directiva figuraba nada menos que el obispo de Talca, Manuel Larraín, por si los visitantes venían con ganas de confesarse.

Y es que, en 1954 (o eso decía él, porque la fecha fue bailando según quién preguntara), esa mezcla explosiva de legalismo creativo y humor poético lo llevó a protagonizar una de las escenas más inverosímiles y deliciosamente absurdas del siglo XX: presentar ante notario una reclamación formal de propiedad sobre la Luna.
Un acto que, visto desde hoy, parece una sátira del papeleo humano, pero que en su momento fue tan válido como registrar un huerto… salvo por el detalle de que su terreno estaba a 384.400 kilómetros de distancia.
¿Cómo se compra la Luna?
La epopeya lunar de Gajardo comenzó, paradójicamente, por una cuestión de lo más terrenal. Según cuentan las crónicas locales, nuestro protagonista quiso ingresar en un distinguido club social de Talca, pero fue rechazado por no poseer bienes raíces. Puro clasismo de manual. Cualquier otro habría aceptado el desaire o, en un arrebato de pragmatismo, habría comprado un pequeño terreno en las afueras. Pero Jenaro no era “cualquier otro”. Donde otros veían humillación, él vio oportunidad. Y no apuntó bajo: decidió convertirse en propietario de la Luna entera.
Así que, según su propio relato, ni corto ni perezoso, acudió al Conservador de Bienes Raíces para preguntar cómo se registraba una propiedad sin dueño aparente. Le explicaron, con la naturalidad de quien atiende una consulta rutinaria, que debía publicar su reclamación tres días seguidos en un periódico local y esperar. Si nadie la impugnaba, el bien quedaría registrado a su nombre.
Gajardo cumplió el trámite al pie de la letra. Mandó publicar su anuncio y aguardó con la calma de un visionario que sabe que está haciendo historia. Pasaron los tres días. Nadie dijo nada. Ni la NASA, ni la Unión Soviética, ni toros enamorados bajo su resplandor. Ni una sola objeción. El silencio administrativo más hermoso de la historia: la Luna acababa de tener dueño, y era chileno.
El documento notarial, digno de una antología del surrealismo legal, rezaba lo siguiente:
“Jenaro Gajardo Vera, abogado, poeta, es dueño desde antes del año 1857, uniendo su posesión a la de sus antecesores del astro, satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475,99 kilómetros, denominado Luna, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, oriente y poniente: espacio sideral.”
Así, con toda la seriedad que permite un lenguaje florido y geométricamente poético, se convirtió en el primer terrícola que hizo de la Luna un bien raíz. Y todo ello sin necesidad de traje espacial.

Ahora bien, conviene no echar las campanas al vuelo: la historia tiene más poesía que papeleo. Gajardo dio fechas distintas para la inscripción según el año en que se lo preguntaran (1954, 1956…), y en el Conservador de Bienes Raíces de Talca nadie ha encontrado nunca el asiento. Tampoco lo sabía casi nadie hasta que, en octubre de 1968, con la carrera espacial en plena ebullición, lo publicó el diario La Nación. A partir de ahí, la Luna chilena dio la vuelta al mundo.
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Declaración de bienes y otros líos con Hacienda lunar
Como era de esperar, semejante proeza notarial no tardó en generar situaciones tan absurdas como memorables. Según se cuenta (y aquí ya entramos en terreno legendario), en cierta ocasión el Servicio de Impuestos Internos de Chile se presentó ante Gajardo exigiendo que incluyera su flamante propiedad lunar en la declaración de bienes. Pero el poeta-abogado, con su habitual flema interplanetaria, les invitó amablemente a subir a la Luna para hacer la tasación en persona. Desde luego, una réplica imposible de aplicar en la declaración de la renta corriente.

Con el tiempo, empezaron a circular anécdotas que rozaban lo mitológico. Una de las más célebres asegura que Richard Nixon, en plena fiebre del programa Apollo, habría enviado una carta oficial solicitando permiso a Gajardo para que Armstrong, Aldrin y Collins pudieran aterrizar en su propiedad privada. Por supuesto, la historia tiene el mismo fundamento que un ovni en la playa de Vigo: ninguno. Para empezar, la supuesta carta pedía permiso para que «bajaran» Armstrong, Aldrin y Collins, cuando Collins se pasó el alunizaje dando vueltas en órbita. Hasta las leyendas tienen letra pequeña.
Dennis Hope, el agente inmobiliario del más allá
El legado del chileno no cayó en el olvido. Años después, en 1980, un estadounidense de espíritu emprendedor llamado Dennis Hope decidió seguir sus pasos, aunque con un propósito menos poético y bastante más rentable. Se autoproclamó dueño de la Luna y fundó la empresa Lunar Embassy, desde la cual comenzó a vender parcelas lunares al por menor. Y lo sorprendente no fue el disparate, sino el éxito: miles de personas compraron sus títulos, entre ellos, según Hope, algún expresidente, varios actores de Hollywood y un buen puñado de terrícolas deseosos de tener vistas a la Vía Láctea desde su “propiedad”.
Hope se amparó en una interpretación más que creativa del derecho internacional. Pero, claro, ¿quién puede resistirse a un título de propiedad adornado con coordenadas ficticias y un sello dorado que certifica tu trozo personal de cráter? El marketing espacial tiene su encanto: vende sueños, brilla con la luz reflejada de la Luna y, sobre todo, no necesita mantenimiento…
Todo este asunto del señor Hope lo contamos con detalle en cómo comprar una parcela en la Luna.
El Tratado del Espacio Exterior: abogados mirando al cielo
Con tanto entusiasmo inmobiliario, era inevitable que la comunidad internacional pusiera orden. Así nació en 1967 el Tratado del Espacio Exterior, una joya del derecho cósmico con más lógica que poesía. Firmado por más de 100 países, este tratado establece, entre otras cosas:
- Que ningún Estado puede reclamar soberanía sobre la Luna ni ningún otro cuerpo celeste.
- Que el espacio exterior debe ser utilizado únicamente para fines pacíficos.
- Que está prohibido instalar armas nucleares en órbita o en cuerpos celestes.
- Que los Estados son responsables de todas las actividades espaciales llevadas a cabo por entidades privadas dentro de sus jurisdicciones.
- Que debe evitarse la contaminación del espacio y de otros planetas.
Este tratado vino a poner fin, al menos legalmente, a las aspiraciones expansionistas de los terrícolas con ínfulas astrales. A pesar de ello, sigue habiendo quienes venden parcelas de Marte, la Luna o Titán, amparados en la ambigüedad y en la credulidad de ciertos compradores.
Por si quedaba alguna duda, en 1979 la ONU remató la faena con el Acuerdo de la Luna, en vigor desde 1984, que declara nuestro satélite patrimonio común de la humanidad. Eso sí, lo han ratificado poquísimos países y ninguna de las grandes potencias espaciales, así que la Luna sigue siendo de todos… y, en Talca, un poquito de Jenaro.
La Luna, el notario y la poesía
Lo realmente cautivador del caso de Jenaro Gajardo no es —seamos sinceros— la validez jurídica de su hazaña, hoy tan frágil como un castillo de arena en medio de un vendaval de tratados internacionales. Lo que lo hace inolvidable es su carga simbólica, su mezcla de humor, desafío y lirismo administrativo. Para Gajardo, la Luna no era una inversión ni un capricho inmobiliario: era una metáfora brillante, una burla elegante al formalismo social y, al mismo tiempo, una oda al derecho universal a soñar con papeles en regla.
Su acto no buscaba enriquecerse, sino demostrar lo ridículo de las normas cuando se aplican sin imaginación. Fue un gesto poético disfrazado de trámite legal, un recordatorio de que el ingenio puede burlar la solemnidad más rancia con un simple sello y media sonrisa.
Claro que, puestos a reclamar trozos del cosmos, hay quien prefirió conmemorar una visita: en Suecia, Gösta Carlsson levantó un monumento a un platillo volante en el mismo claro donde decía haberlo visto aterrizar.
Gajardo no fue el único en adueñarse de lo que no era de nadie: en 1971, el israelí Eli Avivi declaró independiente su casa en la playa y fundó Akhzivland, una micronación con bandera, himno y sellos para el pasaporte.
Desde la Luna, por cierto, a veces caen visitas: hay quien ha recibido en casa meteoritos de verdad, y alguno en plena siesta.
Gajardo murió el 3 de mayo de 1998 en Santo Domingo, en la costa central chilena, y ni siquiera entonces se olvidó de su finca. En el testamento dejó escrito: «Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas». No consta que el pueblo chileno haya tenido que pagar el impuesto de sucesiones.
Porque, al fin y al cabo, Jenaro Gajardo Vera logró lo que millones de terrícolas solo han intentado con canciones, poemas o telescopios: apropiarse de un pedazo de Luna.
Y lo hizo sin traje espacial, sin bandera, sin cohetes… solo con un notario, una pluma y la certeza de que a veces, para alcanzar lo imposible, basta con rellenar el formulario adecuado.
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Vídeo: Jenaro Gajardo en Sábado Gigante
Y para quien prefiera oírselo contar a él mismo, aquí está Gajardo en Sábado Gigante, explicándole a Don Francisco cómo se hizo dueño de la Luna:
Fuentes consultadas
- Departamento de Derechos Intelectuales (DIBAM). (s.f.). Historia de Jenaro Gajardo Vera, el poeta chileno «dueño de la luna». https://www.propiedadintelectual.gob.cl/historia-de-jenaro-gajardo-vera-el-poeta-chileno-dueno-de-la-luna
- Radio Bío-Bío. (2023, 18 de septiembre). ¿Es verdad que un chileno inscribió la Luna y luego la «heredó» a Chile? https://www.biobiochile.cl/noticias/sociedad/curiosidades/2023/09/18/es-verdad-que-un-chileno-inscribio-la-luna-y-luego-la-heredo-a-chile.shtml
- Muy Interesante. (2023, 28 de noviembre). La increíble historia del chileno que se convirtió en el propietario de la Luna. https://www.muyinteresante.com/ciencia/62374.html
- Pantaleoni, A. (2001, 12 de diciembre). Un vecino de Nevada vende por Internet terrenos en la Luna. El País (CiberPaís). https://elpais.com/diario/2001/12/13/ciberpais/1008211229_850215.html
- Boletín Oficial del Estado (BOE). (1969). Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes. https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1969-151
- United Nations Office for Outer Space Affairs (UNOOSA). (s.f.). Tratados y principios relativos al espacio ultraterrestre (ST/SPACE/11). https://www.unoosa.org/pdf/publications/STSPACE11S.pdf
- Wikipedia: Jenaro Gajardo Vera
- Wikipedia: Tratado sobre el espacio ultraterrestre
- Wikipedia: Tratado de la Luna
- Wikipedia: Dennis Hope
- Wikipedia: Traiguén

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.
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