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Santiago Ramón y Cajal culturista, científico y premio Nobel

Santiago Ramón y Cajal, con barba, gorro y bata, apoya la cabeza en la mano junto a varios microscopios en su laboratorio

Todo empezó con un pulso perdido. Hacia 1871, un compañero de Medicina en Zaragoza, harto de oír a Santiago Ramón y Cajal presumir de ser el más fuerte de la clase, le retó a echar un pulso y le ganó. Cajal le prometió que antes de seis meses le vencería, se apuntó al gimnasio de la plaza del Pilar y en menos de un año era el campeón del local: ancho de espaldas, «con pectorales monstruosos», según escribió él mismo, y con un bastón de hierro de 16 libras. Treinta y cinco años después le dieron el Nobel de Medicina.

Un pulso perdido

A los 18 años, Cajal era un muchacho criado en los pueblos de Aragón, curtido al sol y convencido de ser el más forzudo de su clase. No lo era. José Moriones, un compañero de porte distinguido y pocas palabras, sobrino del general del mismo nombre, le retó a echar un pulso, muy de moda entre los jóvenes de entonces, y le ganó. Cuando Cajal le preguntó de dónde sacaba aquella fuerza, le confesó que llevaba años haciendo gimnasia y esgrima. «Si en hacer gimnasia consiste el tener fuerza, continúa preparándote, porque antes de seis meses habrás sido vencido», le contestó Cajal, que para estas bravatas tenía, según él mismo, «un amor propio enorme».

Al día siguiente, sin decir nada a su padre, se presentó en el gimnasio de Poblador, en la plaza del Pilar. Tras algún regateo, cerraron un trato muy de estudiante: Cajal le daría clases de fisiología muscular, que Poblador quería para dar a sus lecciones «cierto tono científico», a cambio de clases de desarrollo físico. Así su padre no tuvo que pagar un cuarto, y ni se enteró.

Santiago Ramón y Cajal de joven, con barba corta, sentado en un sillón ante una estantería llena de libros y un microscopio
Santiago Ramón y Cajal de joven, en Zaragoza, en un autorretrato de los años setenta del siglo XIX. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Dos horas diarias en el gimnasio

Se entregó a ello «con ardor extraordinario», dos horas diarias. Además de los ejercicios oficiales, se impuso un programa progresivo: cada día añadía peso a las bolas o más repeticiones en la barra y las paralelas, y cultivó los saltos de profundidad y «toda clase de volatinerías» en las anillas y el trapecio.

No solo venció a Moriones: antes de que acabara el año era «el campeón más fuerte del gimnasio». Poblador estaba orgulloso de su alumno, y el alumno, de sí mismo. Así se describió años después en sus memorias:

«Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112 centímetros. Al andar, mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico característicos del Hércules de feria».

Santiago Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, capítulo XXI

A modo de zarpas, sus manos estrujaban sin querer las de los amigos, y el bastón le parecía de paja, así que lo cambió por una barra de hierro de 16 libras, unos siete kilos, que pintó al óleo para que pareciera una funda de paraguas. Iba por la calle, en sus propias palabras, «orgulloso y hasta insolente», con ganas de probar los puños con cualquiera.

Duelo a orillas del Huerva por la Venus de Milo

Con tanto músculo ocioso, los líos llegaron solos. En la calle del Cinco de Marzo vivía una señorita tan guapa que los estudiantes la llamaban la Venus de Milo. Cajal la admiraba de lejos, con «devoción y entusiasmo de artista», y nunca se atrevió a escribirle: como mucho, le mandó por correo un álbum de fotos del Monasterio de Piedra, sin dedicatoria.

Una noche le salió al paso otro pretendiente, un estudiante de Ingenieros al que en sus memorias llama M., y le prohibió volver a pasar por aquella calle so pena de una paliza monumental. Se citaron esa misma noche en los sotos del Huerva. Cajal tuvo el detalle de decirle «Pegad primero, caballero M.», como los ingleses en la batalla de Fontenoy, y aguantó tres o cuatro puñetazos en la cabeza. Luego lo levantó en vilo y lo abrazó hasta que se desmayó. Muerto de miedo, lo reanimó, le limpió la ropa y lo acompañó a casa.

Quedaron en que ella eligiera. Pero días después M. le contó, consternado, que la señorita tenía una dote de 50.000 duros y que no quería que nadie pensara que la cortejaba por interés. Cajal le dio la razón, y los dos se retiraron. Ella no llegó a casarse y murió joven, de tuberculosis, y el futuro Nobel lo resumió a su manera: «¡Convengamos en que los microbios saben escoger!». Los dos rivales acabaron siendo buenos amigos, y M. también se apuntó al gimnasio de Poblador. En una nota de sus memorias, Cajal desveló quién era: Alejandro Mendizábal, que llegó a ser uno de los jefes más prestigiosos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos.

La «manía gimnástica»

Con los años, Cajal llamó a aquella época su «manía gimnástica» y se juzgó sin piedad: escribió que había estado «a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento atlético». Sacó de ella dos lecciones. La primera, que el exceso de músculo en los jóvenes lleva «casi indefectiblemente a la violencia y al matonismo». La segunda, que el ejercicio de quien vive del estudio debe ser moderado y breve, porque después del deporte violento el cerebro cae sobre los libros «con la inercia de un pisapapeles».

Aunque también reconocía lo que le había dado. Ya en el colegio, frente a los matones de clase, había comprobado que «la gimnasia forzada y el amor propio exasperado hicieron milagros». Y de niño, en los juegos de su pueblo, había visto cómo en esos «certámenes de la agilidad y de la fuerza» se templaba el cuerpo y se preparaba el espíritu «para la ruda concurrencia vital de la edad viril».

Una fortaleza puesta a prueba

Las enfermedades llegaron después. En 1874 se fue a Cuba como médico militar y volvió con paludismo, flaco y debilitado; según él, aquello le quitó el músculo sobrante y le hizo ver la fuerza con más cordura. Años más tarde cayó enfermo de los pulmones, con fiebre y esputos de sangre, y su padre lo mandó a reponerse al balneario de Panticosa y a San Juan de la Peña. Cajal se curó a su manera:

«Mi plan curativo consistía en hacer todo lo contrario de lo aconsejado por los médicos. Y, sin embargo, y contra mis esperanzas, semanas después, cesaron las hemoptisis; disminuía la fiebre; abonanzaba el estado general; en fin, mis pulmones y músculos, sometidos a pruebas bárbaras, funcionaban de cada vez mejor».

Santiago Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, capítulo XXVII

Subía renqueando y con fiebre a los picos cercanos y, como dejó escrito, «cuantas más atrocidades cometía menos grave me encontraba».

Más allá del culturismo

El músculo fue solo una de sus muchas manías. Cajal fue también fotógrafo aficionado, dibujante y escritor: en 1905 publicó los «Cuentos de vacaciones», unas narraciones seudocientíficas entre las que está «El fabricante de honradez». Y en 1906 le dieron el Premio Nobel de Medicina, compartido con Camillo Golgi, por sus estudios sobre el sistema nervioso.

Vídeo: Ramón y Cajal, el culturista

Este vídeo del canal Historia en 5 minutos repasa en siete minutos la etapa forzuda del futuro premio Nobel.

💪Santiago Ramón y Cajal, el culturista 🏋️‍♀️🏋️‍♂️

Las fotos que no son suyas

Las fotos de forzudos con bigote que circulan por internet como «Ramón y Cajal culturista» no tienen nada que demuestre que sean suyas. Las únicas pruebas de aquellos años de músculo son sus propias palabras: los 112 centímetros de tórax, la barra de hierro pintada como un paraguas y la certeza, ya de mayor, de que había estado a punto de ser «víctima irremediable del embrutecimiento atlético».

Más premios Nobel con aficiones inesperadas: aquí contamos la cara B de los Premios Nobel.

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Fuentes consultadas

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