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Caja de tipógrafo de madera con tipos de metal: las mayúsculas arriba y las minúsculas abajo

«Si tiene una fotografía de San Serriffe, a Kodak le gustaría verla». El anuncio, publicado en The Guardian el 1 de abril de 1977, pedía a los lectores que llamaran «antes del mediodía», y no era por casualidad: en el Reino Unido, las bromas del 1 de abril solo valen hasta las doce. Aquel día, el periódico dedicó siete páginas a una república del océano Índico con forma de punto y coma, con su general presidente, su capital y sus anunciantes. Muchos lectores se la creyeron.

Un país inventado para vender anuncios

La idea fue de Philip Davies, el responsable de los suplementos especiales del periódico. «El Financial Times siempre estaba haciendo informes especiales sobre países pequeños de los que yo nunca había oído hablar», contó en 2007. Pensando en el 1 de abril, se preguntó: «¿Por qué no nos inventamos uno?». Al director, Peter Preston, le pareció una buena forma de aligerar un menú de noticias deprimente, y lo que iba a ser una página acabó ocupando siete: un suplemento con anuncios a juego daba bastante más dinero.

El nombre lo propuso Stuart St Clair Legge, editor de esos suplementos, y Geoffrey Taylor coordinó los textos y dibujó el mapa, para el que usó una Nueva Zelanda encogida. Al principio, la isla iba a estar en el Atlántico, cerca de Canarias. Pero el 27 de marzo, cinco días antes de la fecha, dos Boeing 747 chocaron en el aeropuerto de Tenerife y murieron 583 personas. Preston estuvo a punto de retirar la broma; al final, San Serriffe se mudó a toda prisa al Índico, cerca de las Seychelles.

Primera página del suplemento de The Guardian sobre San Serriffe, con fotos y el mapa de las islas
La primera página del suplemento de The Guardian del 1 de abril de 1977, con el mapa de las islas.

En 1977, sin ordenadores en casa ni programas de maquetación, la jerga de la imprenta solo la entendían impresores y tipógrafos, y muchos chistes pasaron de largo. Muchos lectores picaron; otros entendieron la broma y se sumaron a ella.

Una república hecha de letras

Según el suplemento, San Serriffe celebraba aquel día el décimo aniversario de su independencia. Tenía dos islas principales, Upper Caisse y Lower Caisse: en la jerga de imprenta inglesa, «upper case» y «lower case» son la caja alta y la caja baja, es decir, las mayúsculas y las minúsculas. Y el propio nombre del país jugaba con «sans serif», las letras de palo seco, sin remates.

La capital, Bodoni, se llamaba como un tipo de letra. En los textos y los anuncios aparecían también el puerto de Port Clarendon, la ópera de Cap Em, el aeropuerto de Villa Pica y una cala llamada Gill Sands, por la Gill Sans, otra tipografía.

En el mapa, las islas formaban un punto y coma. Y, además, se movían: el mar se comía la costa occidental y la arena se acumulaba en la oriental, así que avanzaban hacia el este, unos 1400 metros al año, rumbo a Sri Lanka, con la que chocarían en 2011. La idea nació del traslado de última hora: ya que había que mover la isla, mejor que se moviera sola.

El general Pica y sus antecesores

El suplemento le inventó una historia completa: colonización española y portuguesa en el siglo XV, anexión británica en el XVII e independencia en 1967. Luego llegaron los dictadores, el coronel Hispalis y el general Minion, hasta que en 1971 el general M.-J. Pica tomó el poder en un golpe casi incruento. Su nombre tampoco era casual: la pica es una unidad tipográfica de 12 puntos, una sexta parte de pulgada.

El general M.-J. Pica, presidente de San Serriffe, con gafas de sol y uniforme de gala
«El presidente, el general M.-J. Pica», según el pie del suplemento.

Los habitantes originarios eran los flongs, que hablaban ki-flong (un flong, explica el propio periódico, es un molde para hacer tipos), y en el teatro se usaban el inglés, el ki-flong y el caslon, otra tipografía. La moneda era la corona, la población rondaba 1.782.000 habitantes y el petróleo había aparecido en 1971, justo a tiempo para dar a los isleños la renta por habitante más alta del mundo.

Un país de mentira con anunciantes de verdad

Cuatro de las siete páginas eran publicidad, contratada a través de la agencia J. Walter Thompson, y las marcas se apuntaron a la broma. Texaco sorteaba dos semanas en San Serriffe como invitado del piloto James Hunt durante la semana del Gran Premio. El vodka Vladivar enviaba saludos desde la «República Popular de Warrington», la ciudad inglesa donde se destilaba.

El de Guinness era una pequeña obra maestra. Contaba que, tras una extraña cosecha de cebada en 1956, la cerveza de San Serriffe salía al revés, con la espuma negra y el cuerpo blanco. Los culpables eran unos jornaleros novatos que, de vacaciones en la isla, habían sembrado la cebada boca abajo.

Anuncio de Guinness en el suplemento de San Serriffe, con una copa y una botella de cerveza
El anuncio de Guinness: en San Serriffe, la cerveza salía con la espuma negra y el cuerpo blanco.

Kodak, por su parte, buscaba fotos de las islas para una exposición, siempre que se llamara antes del mediodía. Y el propio periódico publicó una oferta de empleo para un profesor de espectroscopia lunar en la universidad de San Serriffe, especializado en sacar energía de los rayos de luna, con casa gratis y uso de canoa. Hubo quien mandó su currículo.

Anuncio de Kodak en el suplemento: «If you've got a photograph of San Serriffe, Kodak would like to see it»
El anuncio de Kodak: había que llamar antes del mediodía, la hora a la que caducan las inocentadas en el Reino Unido.

Lectores crédulos, editores encantados

Aquel día, la centralita de The Guardian no paró de sonar, y después llegaron cientos de cartas, muchas de lectores que se sumaron al juego contando las maravillosas vacaciones que habían pasado en las islas. Otros no se enteraron de nada: agencias de viajes y aerolíneas se quejaron al director porque tenían clientes que no se creían que aquel país no existiera.

Hubo hasta oposición política: un «Frente de Liberación de San Serriffe» protestó por el tono favorable al Gobierno del suplemento. La BBC entrevistó a un portavoz del general Pica, y un estadounidense al que iban a deportar pidió que lo mandaran a San Serriffe. El periódico vendió pegatinas de «He estado en San Serriffe» y 12.000 camisetas, todo un récord.

Lo que quedó de San Serriffe

El periódico volvió a la isla en 1978, en 1980 y en 1999. En la última visita, los lectores se enteraron de que Pica había caído en un golpe palaciego (en 1990, según el propio periódico; en 1989, según el Museum of Hoaxes) y de que unas elecciones libres habían llevado al poder a Antonio Bourgeois.

La república siguió viva por su cuenta. Brian Green fundó un club de Amigos de San Serriffe y se nombró presidente vitalicio, cargo desde el que escribía al periódico. Henry Morris, de la pequeña editorial estadounidense Bird & Bull Press, publicó libros sobre los libreros o la moneda de la isla, e incluso un muestrario de «los peores papeles jaspeados del mundo». Desde octubre de 2008, el informático Donald Knuth paga a quien encuentra una errata en sus libros con certificados del Banco de San Serriffe. Y el 1 de abril de 2026, el juego de geografía Worldle puso a sus jugadores a adivinar un país con forma de punto y coma.

Vídeo: la isla de San Serriffe

Para quien se defienda en inglés, el diseñador Doug Wilson contó la historia del suplemento en una charla de 18 minutos en el congreso de tipografía TypeCon de 2015, en Denver:

The Beautiful Island of San Serriffe — Doug Wilson

Una broma que caducaba a mediodía

Casi medio siglo después, San Serriffe sigue sin existir, pero tiene club de admiradores, banco propio y una pequeña biblioteca. Y, según el Museum of Hoaxes, su éxito animó a la prensa británica a llenarse de inocentadas cada 1 de abril.

No era la primera vez que los británicos picaban un 1 de abril: veinte años antes, en 1957, la BBC había enseñado a una familia suiza cosechando espaguetis de los árboles. Y lo de inventarse un país tampoco era nuevo, aunque a veces tuvo mucha menos gracia: en 1822, el escocés Gregor MacGregor vendió tierras y bonos del Reino de Poyais, que no existía, y los colonos que se lo creyeron lo pagaron muy caro. Y si de la prensa británica hablamos, pocas historias tan novelescas como la muerte de Robert Maxwell, el dueño del Daily Mirror, que apareció flotando frente a Gran Canaria.

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Fuentes consultadas

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