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Joan Sanxo Farrerons: el sardanista pornógrafo que desafió la censura en la Barcelona de los años 20

Caricatura de Joan Sanxo Farrerons con sombrero de ala ancha, entre un fauno y una mujer desnuda, firmada por Tonet

Joan Sanxo Farrerons organizó en 1907 el primer aplec de sardanas de Vallvidrera, tradujo a Shakespeare al catalán y fue mánager de boxeadores. También llenó los quioscos de la Barcelona de los años veinte de novelitas eróticas a 30 céntimos, salidas de una imprenta de la calle Bou de Sant Pere que la policía conocía de memoria. Hoy hay quien lo llama «el primer pornógrafo de Barcelona», un título que él, desde luego, no puso en ninguna tarjeta de visita.

El hombre detrás del mito

Nacido en 1887 y fallecido en 1957, Sanxo Farrerons fue mucho más que un simple impresor; fue un ferviente catalanista, traductor de Hamlet, impulsor del teatro en lengua catalana y promotor del nudismo, sin olvidar su papel como manager de renombrados boxeadores. Ah, y anticlerical. Su gran rescatador es el historiador Jean-Louis Guereña, de la Universidad de Tours, autor de El sardanista pornógrafo (Renacimiento, 2019), el libro de referencia sobre él.

En una época en la que la censura y el control moral parecían gobernar la vida social, su imprenta se transformó en el escenario ideal para desafiar el status quo. No en vano hay quien lo ha llamado el «Larry Flynt catalán».

De la cultura tradicional a la subversión erótica

Antes de que la sombra del autoritarismo se cerniera sobre Cataluña, Sanxo Farrerons mostró un profundo compromiso con la cultura local. Fue impulsor del primer ‘aplec’ de la sardana en Vallvidrera, el 14 de abril de 1907. Fundador de la compañía teatral Johannus, su pasión por las artes se evidenciaba en la audaz traducción, en 1915, de un fragmento de Hamlet, obra que pretendía elevar el catalán a la categoría de lengua culta frente a una sociedad que aún oscilaba entre el regionalismo y el centralismo.

Portadas de tres novelitas eróticas de los años veinte: La Novela del Día, La Novela Galante y Pasatiempos
Portadas de novelitas eróticas de los años veinte

Su giro hacia el erotismo llegó antes de lo que suele contarse. En 1918 ya publicaba su primera novela picante desde un local de la Rambla de les Flors, y en 1920 trasladó el negocio al número 9 de la calle Bou de Sant Pere. La dictadura de Primo de Rivera, a partir de 1923, no le hizo cambiar de rumbo. Adoptó diversos seudónimos —Víctor Ripalda para las novelas y Laura Brunet para los asuntos nudistas— y convirtió su imprenta en una respuesta mordaz a la moral burguesa. El sardanista, ya se ve, sabía cambiar de baile.

La imprenta como arma subversiva

En aquel número 9 de Bou de Sant Pere, la Impremta Layetana fue mucho más que un taller: fue una fábrica de pecado de bolsillo. Con cinco o seis operarios sacó unas treinta colecciones —algunas con más de cien entregas— y unos doscientos títulos firmados por medio centenar de autores, casi todos inventados. Eran librillos de 10 por 15 centímetros, de no más de 60 páginas, con portada en color y a 30 céntimos: el erotismo al alcance de cualquier bolsillo, y nunca mejor dicho. Los nombres de las colecciones tampoco dejaban mucho a la imaginación: «Biblioteca Fauno», «Literatura afrodisíaca» o «Biblioteca Lesbos».

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Incautaciones y episodios de censura

Se cuentan anécdotas que rozan lo cinematográfico: en una sola redada la policía le requisó 37.000 novelas, y en 1933 una operación contra el género acabó con más de un millón de libros y revistas destruidos, ocho toneladas de papel valoradas en millón y medio de pesetas. Mercado marginal, lo que se dice marginal, no era.

En la Estación de Francia, se detuvieron a pasajeros con maletas repletas de material erótico; en Correos, los paquetes destinados a América se acumulaban como si se tratase de envíos masivos de sacos de patatas. Y en la calle Lleida, se erigieron cines clandestinos que proyectaban porno al módico precio de tres pesetas.

Portada de La Novela Divertida n.º 1, «Unos gemelos de oro», junto a cuatro viñetas eróticas de la época
«La Novela Divertida» y viñetas eróticas de la época

La represión se hizo tan intensa que, en la primavera de 1931, Lluís Companys, recién nombrado gobernador civil de Barcelona, desplegó medidas dignas de un “Eliot Ness en misión contra la pornografía”. Con instrucciones precisas al jefe superior de la policía, se emprendió una cacería de los publicadores de erotismo, catalogándolos de “atentados contra el arte y el buen gusto”. Aun así, la respuesta de la sociedad fue la contraria a la deseada por las autoridades: cada incautación y multa –de hasta 500 pesetas por cada nueva publicación– sólo alimentaba la fama y el misterio en torno a la imprenta.

Portadas provocativas y seudónimos burlones

Las portadas de sus obras, a menudo denominadas “rosquillas” por la crítica y el público, eran un escaparate de lo que la moral oficial prefería no ver. Bajo la firma de nombres tan dispares —como el propio Joan Sanxo Farrerons, Víctor Ripalda o Laura Brunet— se publicaban textos que iban desde la literatura erótica “picante” hasta propuestas de sadomasoquismo “light”.

UFA, Riefenstahl y Mein Kampf

Por si la lista se quedaba corta, fue también representante en Barcelona de la UFA, los grandes estudios de cine alemanes, y adaptó Der heilige Berg (1926), la película de montaña protagonizada por una joven Leni Riefenstahl. Y, según VilaWeb, en 1935 publicó la primera traducción española de Mein Kampf, un libro del que hasta el sobrino de Hitler acabó renegando. Hay que reconocerle una cosa: sectario, lo que se dice sectario, en lo editorial no era.

Tres portadas eróticas barcelonesas, entre ellas una de Laura Brunet, seudónimo de Sanxo, y dos de «Los bajos fondos de Barcelona»
Portadas eróticas barcelonesas; la del centro, firmada por Laura Brunet, uno de los seudónimos de Sanxo

Telón: de la imprenta al banquillo

Las multas acabaron con sus publicaciones eróticas en 1935, la última salió en 1936 y la Guerra Civil cerró la imprenta. La victoria franquista cerró todo lo demás: el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo lo procesó por «auxilio a la rebelión», y en los informes del régimen figuraba como uno de los elementos más bajos «en cuanto a inmoralidad y pornografía». Sanxo pasó sus últimos años en el negocio familiar de lámparas de cristal de la calle del Carme y murió en 1957, dos años después de que un ictus lo dejara paralizado.

Aquella Barcelona daba para mucho: en esa misma ciudad, según se cuenta, se rodaron las películas picantes que encargaba Alfonso XIII, y en 1927 Santiago Rusiñol y Joaquim Ciervo fundaron el Arca de Noé, una sociedad cuyo único requisito era llevar un apellido de animal. La policía barcelonesa, además, tenía tradición en eso de perseguir pícaros: unas décadas antes, Daniel Freixa había pasado de sus filas a fundar la primera agencia de detectives privados de España. Y medio siglo antes, la pornografía con vocación de crítica ya había tenido un episodio memorable: Los Borbones en pelota, un álbum de acuarelas que desnudaba a Isabel II y su corte y que algunos atribuyen, entre grandes polémicas, a los hermanos Bécquer.

Así acabó el hombre que hizo bailar sardanas en Vallvidrera y sonrojarse a media Barcelona. Hoy lo recuerdan una placa en Montserrat, por su papel en aquel primer aplec de 1907, y la biblioteca del monasterio, que guarda un libro de Laura Brunet, De com s’escriuen les cartes d’amor, sin permitir que salga en préstamo. Hasta en el olvido, Sanxo consiguió quedarse en la estantería de lo prohibido.

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Vídeo: presentación del libro «El sardanista pornógrafo», de Jean-Louis Guereña

Para quien quiera saber más, aquí está la presentación del libro de Guereña, el historiador que rescató a Sanxo del olvido.

Presentación del libro 'El sardanista pornógrafo', de Jean Louis Guereña

Fuentes consultadas